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PRESENTACIÓN

Estas páginas desean ofrecer luces a quienes predican o asisten a unos días de retiro. También las ponemos en manos de aquellas personas que, por diversas circunstancias, no pueden acudir a una casa de retiros, para facilitarles así que puedan practicar en su propio hogar esta tradicional práctica cristiana, ya sea en días seguidos, ya discontinuos. Además, los diversos capítulos del libro se pueden escoger de acuerdo con las circunstancias propias, para hacer oración personal en cualquier tiempo y lugar. Por último, el texto puede utilizarse como lectura espiritual.

Los retiros espirituales son tan antiguos como el mismo cristianismo. Jesús los inauguró con sus cuarenta días en el desierto; y con frecuencia solía retirarse a despoblado para orar (cf. Lc 5, 16). Los Evangelios nos muestran cómo el Señor a veces se alejaba con sus discípulos para abrirles su corazón y darles a conocer con más profundidad el amor de Dios que salva. Después de su Resurrección se les apareció durante «cuarenta días hablando de lo referente al reino de Dios» (Hch 1, 3), en unos coloquios inolvidables. Tras su Ascensión al cielo, se recogieron en el Cenáculo «en oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos» (Hch 1, 14); y así, perseverando en la oración, prepararon la venida del Espíritu Santo.

A lo largo de los siglos, aisladamente o en grupos, algunos conservaron la práctica de retirarse para conocer mejor a Jesucristo y conocerse mejor a sí mismos.

Desde los tiempos en que san Ignacio de Loyola difundió sus Ejercicios Espirituales, es fácil imaginar la pluralidad de formas con las que los pastores de almas han impartido estos retiros.

He preparado esta obra para quienes procuramos amar a Dios, pero nos consideramos siempre principiantes en este empeño. «La naturaleza humana, en su esencia más profunda, consiste en amar. En definitiva, a cada ser humano se le encomienda una sola tarea: aprender a querer, a amar de modo sincero, auténtico y gratuito. Pero solo en la escuela de Dios se realiza esta tarea y el hombre puede alcanzar el fin para el que ha sido creado»[1]. Por eso, las ideas aquí recogidas tienen como núcleo fundamental el amor misericordioso de Dios a cada persona y la correspondencia amorosa de cada persona a ese amor que Dios tiene.

El Espíritu Santo, Amor recíproco entre el Padre y el Hijo, es el principal maestro del amor a Dios, pero se sirve también de los santos, sus mejores alumnos, para ayudarnos a quererle más.

He acudido de modo especial a dos grandes santos contemporáneos: Juan Pablo II y Josemaría Escrivá, sin omitir otros que, en épocas anteriores, han profundizado en el tema, como Agustín, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Francisco de Sales, Alfonso María de Ligorio, Teresa de Lisieux... Además, he tenido muy presente la riquísima doctrina de Benedicto XVI en sus encíclicas, homilías y audiencias generales, y las sugerentes enseñanzas del Papa Francisco.

Confía, lector, en la intercesión de todos estos maestros de vida cristiana, y pídeles que la meditación de tan maravillosos misterios te ayude a encender más y más tu corazón y a transmitir ese fuego a muchas almas.

1 Benedicto XVI, Audiencia General, 2-XII-2009.

PRIMERA PARTE

DIOS ME AMA PRIMERO

I. LA CONVERSIÓN DEL CORAZÓN

TRANSFORMAR NUESTRO CORAZÓN

En los retiros espirituales suele darse un triple consejo, válido también para cualquier rato de oración mental: «Entra del todo, permanece solo, sal otro». Son como los tres momentos del retiro. Primero entrar, después permanecer y luego salir: tres verbos a los que se añaden unos adjetivos.

Entra del todo. Cuesta vencer la inercia de las preocupaciones que hemos dejado. ¡Señor, ayúdame a incorporarme cuanto antes! Podríamos decir que comenzamos el retiro cuando afirmamos con el profeta Samuel: «Habla Señor, que tu siervo escucha» (1 R 3, 10), cuando nos disponemos a oír su Palabra y a hacerla propia en nuestra vida.

«Permanece solo, ven conmigo tú solo». Dios y yo, un encuentro personalísimo. Subir junto a Jesús con Pedro, Santiago y Juan al monte (cf. Mt 17, 1) con cierto esfuerzo para luego bajar con más fe, con más esperanza y con más amor. ¡Señor, que entre Tú y yo no haya nada ni nadie. Que me aleje del ruido diario para sumergirme en Ti! Como enseña Benedicto XVI, «el hombre, retirándose en el silencio y en la soledad, por así decirlo, se “expone” a la realidad de su desnudez (...) para experimentar en cambio la Plenitud, la presencia de Dios, de la Realidad más real que existe, y que está más allá de la dimensión sensible»[2]. Guardar el silencio por fuera, para poder mantener por dentro el diálogo con el Señor.

Sal otro. Chesterton, el famoso escritor inglés convertido al catolicismo, se preguntaba: «¿Qué anda mal en el mundo?» y contestaba: «Yo mismo». Para cambiar el orbe tenemos que cambiar nosotros primero. Cada uno podría hablar largamente de lo que va mal en la Tierra; ¿pero nos damos cuenta de que nosotros también somos causa de que las cosas no vayan bien? No somos suficientemente buenos. Necesitamos mejorar, tenemos que convertirnos. Este es siempre el objetivo de todo retiro. Para cambiar el mundo empecemos por cambiar nosotros.

En cada alma, la primera gran conversión llega cuando se la busca con humildad, pues, entonces, Dios se la da. Cada uno de nosotros tiene su historia particular, pero todos somos conscientes de que también ahora necesitamos una conversión. No será, quizá, la primera, pero sí una conversión nueva, pues siempre podemos amar más a Dios.

DESCUBRIR EL INMENSO AMOR DE DIOS Y NUESTRAS MISERIAS

Santa Catalina de Génova estuvo casada con un rico comerciante, quien le incitaba a llevar una vida mundana. Su conversión se inició el 20 de marzo de 1473, gracias a una insólita experiencia. Captando el vacío de su vida, «Catalina fue a la iglesia de san Benito para confesarse y, al arrodillarse ante el sacerdote, recibió una herida en el corazón del inmenso amor de Dios, y tuvo tan clara visión de sus miserias y defectos, y, a la vez, de la bondad de Dios, que casi se desmaya. Fue herida en el corazón con el conocimiento de sí misma, de la vida que llevaba y de la bondad de Dios (...). Catalina, entonces, se fue, dejando interrumpida la confesión. Cuando volvió a casa, entró en la habitación más apartada y pensó durante mucho tiempo. En ese momento fue instruida interiormente sobre la oración y tuvo conciencia del amor de Dios hacia ella, que era pecadora: una experiencia espiritual que no conseguía expresar en palabras. Pocos días después, volvió al sacerdote para realizar, finalmente, una buena confesión»[3]. Su conversión la llevó a trabajar en el conjunto del hospital más grande de Génova, del que llegó a ser su directora, su alma. También consiguió que su marido dejase su vida disipada y trabajara con ella en el hospital.

En esta conversión distinguimos tres momentos: descubrir con asombro el gran amor que Dios le tenía; ver a la luz de Dios las grandes miserias personales; y, finalmente, el cambio de vida, que lleva consigo corresponder al amor de Dios con obras.

«Dios es Amor» (1 Jn 4, 16). Es la verdad más maravillosa que la Sagrada Escritura nos ha revelado; es la gran aportación del Nuevo Testamento, que completa la autorrevelación del Señor a Moisés: «Yo soy el que soy», es decir, el que tiene en sí mismo la razón de su existencia.

El hombre, por el contrario, no tiene en sí la razón de su existencia. Desde la nada, por su Misericordia, el Señor nos crea a imagen suya; más aún, nos eleva a la condición de hijos suyos, y como herencia nos tiene preparado un hogar en el cielo. Y para darnos todo eso, el Dios grandioso se abaja hasta hacerse Hombre, y muere en la Cruz por cada uno de nosotros.

«Nosotros amamos a Dios porque Él nos amó primero» (1 Jn 4, 10). Hacemos unos días de retiro para aumentar el amor a Dios, del que tanta necesidad tenemos.

LA HUMILDAD NOS CAMBIA

Dice el adagio latino: «Quodquod recipitur ad modum recipientem recipitur»: lo que se recibe, se recibe según el recipiente que lo acoge. La humildad hace que nuestra alma sea el receptáculo adecuado para que la Palabra de Dios la cambie.

Convertirse «significa seguir a Jesús, de manera que su Evangelio sea guía concreta de la vida; significa dejar que Dios nos transforme, dejar de pensar que somos nosotros los únicos constructores de nuestra existencia; significa reconocer que somos criaturas, que dependemos de Dios, de su amor, y solo perdiendo nuestra vida en Él podemos ganarla. Esto exige tomar nuestras decisiones a la luz de la Palabra de Dios (...). Cada uno de nosotros debería preguntarse: ¿qué puesto tiene Dios en mi vida? ¿Es Él el Señor o lo soy yo?»[4].

Le pedimos al Espíritu Santo: «Ven, Padre de los pobres; ven, Dador de las gracias; ven, Luz de los corazones» (Secuencia de la Misa de Pentecostés). Haznos humildes. Ayúdanos para que en este retiro, cada uno, cada una, desde el comienzo tenga esta aspiración: «Que me conozca, Señor, y te conozca y no desee otra cosa sino a Ti»[5].

El conocimiento propio se consigue examinando nuestra vida y nuestra conciencia. Es esta una tarea propia de los días de retiro, que requiere la ayuda del Espíritu Santo, porque hemos de vernos como nos ve Dios.

La oración nos ayuda a conocer mejor a nuestro Dios, a penetrar en su intimidad, y eso supone descalzarnos de nuestras sandalias —símbolo de humildad—, como Moisés en el episodio de la zarza ardiente que no se consumía (cf. Ex 3, 5). Señor, estás aquí, a nuestro lado, para anunciar maravillas a los que reconocen su pobreza espiritual, su indigencia (cf. Lc 10, 21).

2 Benedicto XVI, Homilía, 10-X-2011.

3 Idem, Audiencia General, 12-XII-2011.

4 Idem, Homilía, 13-II-2013.

5 San Agustín, La santa virginidad, 51.

II. DIOS CREÓ TODO CON SABIDURÍA Y AMOR

CÓMO ES EL AMOR DE DIOS

«Oye, ¿qué hace Dios todo el día?», le preguntó un niño de siete años, con el desparpajo propio de su edad, al capellán de su colegio, mientras almorzaban en el comedor.

¿Es posible responder a esta pregunta si nunca hemos visto a Dios? (cf. Jn 1, 18). Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, nos ha dado a conocer que Dios es Amor, como hemos recordado; y con ello hace posible que podamos responder a este interrogante. Un principio filosófico dice «que según se es, así se actúa» (la mayoría de las aves, por tener alas, pueden volar); en las criaturas el ser no está siempre en acción (nosotros no estamos continuamente pensando); en cambio, en Dios sí se da lo que en las criaturas no: «No duerme ni reposa el Guardián de Israel», dice la Sagrada Escritura (Sal 121, 3-4) ; y el mismo Jesús nos comunicó: «Mi Padre está siempre actuando» (Jn 5, 17). Si Dios es Amor, pasa todo el día amando —si podemos hablar de días en Dios—, amándonos a ti y a mí. En cada instante y siempre, eternamente. Lo enseña la Biblia: «Con amor eterno te amé» (Jer 31, 3). Ya antes de la creación del mundo (cf. Ef 1, 4), previamente a que nuestros padres nos engendraran, Señor, Tú nos conocías y amabas (cf. Jer 1, 5).

Saber que Dios nos ama es trascendental; y lo es más conociendo que es omnipotente. ¡Cómo acrecienta nuestra esperanza saber que «Dios ha puesto su omnipotencia al servicio de nuestra salvación»[6], y qué alegría y fuerza proporciona a nuestra existencia!

La Teodicea nos enseña, con argumentos que aquí sería largo detallar, que cada cualidad de Dios se identifica con su ser, que es infinito y, por tanto, su Amor es infinito. Por eso, Jesús, Tú nos manifiestas que, aunque seamos miles de millones los seres humanos, eres el Buen Pastor que conoces a cada una de tus ovejas, nos conoces por nuestro nombre y nos quieres con un amor personal infinito.

Además, nos amas sin condiciones, como somos, con nuestras flaquezas y debilidades. En efecto, «Dios nos demuestra su amor en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5, 8). Aunque a veces te ofendemos, no dejas de amarnos, y disuelves nuestros pecados como pequeñas gotas en el océano infinito de tu Misericordia.

Santa Faustina Kowalska recoge en su diario estas palabras que Jesús le dirigió: «Proclama que la Misericordia es el atributo más grande de Dios. Todas las obras de mis manos están coronadas por la Misericordia»[7]. Así lo podemos comprobar en multitud de ocasiones en el Evangelio. Por ejemplo, en el pasaje de la mujer adúltera a la que presentaron a Jesús para que diera su parecer sobre su lapidación, castigo mandado por la ley de Moisés para la mujer que cometiera adulterio. Después de decirles: «Quien esté sin pecado arroje la primera piedra» (Jn 8, 7), todos los acusadores abandonaron el lugar y se quedaron solos ella y Jesús, «la miserable y la Misericordia»[8]. «Entonces, Jesús se incorporó y le dijo: “Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te condenó?” Ella contestó: “Ninguno, Señor”. Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y no peques más”» (Jn 8, 10-11).

¡Cuánto hemos de agradecer a san Juan Pablo II la fuerza con que difundió el amor misericordioso de Dios! Lo hizo, de forma especial, a través de su segunda encíclica Dives in misericordia, e instituyendo la fiesta litúrgica del domingo de la Divina Misericordia, que se celebra el segundo domingo de Pascua. El Papa Francisco, por su parte, ha continuado esa labor con continuas alusiones al tema y con la convocatoria de un año jubilar extraordinario de la Misericordia.

Señor, nos quieres con un amor personal, eterno, infinito, incondicional y misericordioso.

¿Cómo es posible que nos quieras tanto? ¿Quiénes somos para que te acuerdes de nosotros? ¿Acaso nos necesitas? No, al contrario; tu amor es el único en el mundo absolutamente gratuito. No obstante, es un misterio al que solo podemos responder con la fe, ya que «si la verdad fuera solo una fórmula matemática, en cierto sentido se impondría por sí misma. Pero si la Verdad es Amor, pide la fe, el “sí” de nuestro corazón»[9].

DEJARSE AMAR POR DIOS

«Esto puede sonar como una herejía, ¡pero es la verdad más grande! Más difícil que amar a Dios es dejarse amar por Él. La manera de devolver tanto amor es abrir el corazón y dejarse amar. Dejar que Él esté cerca de nosotros y sentirlo cerca. Permitirle que sea tierno, que nos acaricie. “Señor, yo quiero amarte, ¡pero enséñame la difícil ciencia, el difícil hábito de dejarme amar por Ti, de sentirte cercano y tierno!”»[10]. No hemos de portarnos como algunos adolescentes inmaduros, a quienes molesta que su madre les dé un beso, o les haga una caricia. Procuremos vivir la infancia espiritual, que supone paradójicamente una gran madurez interior.

Pensemos en la ternura de Cristo con nosotros cuando le recibimos en la Comunión. ¿Cómo nos dejamos amar por Él en ese momento? ¿Le dejamos que nos bese, que nos acaricie? ¿O escapamos corriendo a hacer otras cosas que nos interesan más en esos minutos en que está sacramentalmente con nosotros?

Sentirnos amados es fundamental para nuestra salud física, psíquica y espiritual. Tú y yo existimos por dos actos de amor: el de Dios y el de nuestros padres. Cuando éramos niños necesitábamos de modo radical el cariño de nuestros padres. A una persona adulta también le ayuda mucho experimentar el amor humano: sentirse amada por los demás, por su cónyuge, hijos, padres, amigos... El amor hace a una persona consciente de su propio valor y reafirma su autoestima. Sin embargo, el amor humano no es suficiente; «por sí solo, no soluciona el problema de nuestra vida. Es un amor frágil. Puede ser destruido por la muerte. El ser humano necesita un amor incondicional. Necesita esa certeza que le hace decir como a san Pablo: “Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8, 38-39). Si existe este amor absoluto con su certeza absoluta, entonces —solo entonces— el hombre es “redimido”, suceda lo que suceda en su caso particular. Esto es lo que se ha de entender cuando decimos que Jesucristo nos ha “redimido”. Por medio de Él estamos seguros de Dios, de un Dios que no es una lejana “causa primera” del mundo, porque su Hijo unigénito se ha hecho hombre y cada uno puede decir de Él: “Me amó hasta dar su vida por mí” (Ga 2, 20)»[11].

Demos el paso de dejarnos querer por Él; y este es el objetivo principal de la oración. Un gran contemplativo, san Juan Pablo II, enseñó que «a la oración vamos a mostrar al Señor nuestro amor, pero sobre todo a dejarnos amar por Él».

A lo largo de las próximas meditaciones nos detendremos en las manifestaciones más importantes de su Amor por nosotros, que nos estimularán, con la gracia del Espíritu Santo, a corresponderle. Ahora comenzamos por la primera: nuestra creación.

LA CREACIÓN, MUESTRA DEL AMOR DE DIOS

En una estación de metro de Milán apareció esta pintada: «¡Dios es la respuesta!». Al cabo de unos días otra mano añadió debajo: «¿Y cuál es la pregunta?»[12]. Esta segunda pintada, que aparenta cierto sentido del humor, podría encerrar, sin embargo, una de las tragedias del hombre de hoy: no se hace preguntas trascendentes, se queda solo en lo superficial y efímero. Aun así, como sabemos por propia experiencia, todo ser humano, en algún momento de su vida desea saber si existe Dios, cuál es el origen del mundo, qué es el hombre (¿quién soy yo?), cuál es el sentido y finalidad de su existencia, cuál es el origen y el fin del dolor, qué ha de hacer para ser feliz, qué hay después de esta vida...

Las preguntas anteriores no son fáciles de responder. Los filósofos han dado distintas respuestas, no pocas veces insuficientes y hasta contradictorias entre sí. Ha sido necesario —como decía la primera pintada—, que Dios, que es la Verdad, nos revelara las respuestas que el ser humano no alcanza —o difícilmente lograría— con su sola razón: primero, a través de los profetas enviados en su nombre, y finalmente por medio de su Hijo, que se hizo hombre para salvarnos mediante su muerte, y, además, para comunicarnos la plenitud de la verdad que buscamos. En el momento en que la Humanidad de Jesús se transfigura en el Tabor, se oye la voz de Dios Padre que dice: «Este es mi Hijo amado en quien me he complacido: escuchadle» (Mt 17, 5). Más tarde, Jesús indicará a Pilatos: «Yo para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad» (Jn 18, 37).

Los dos primeros capítulos del Génesis nos relatan la creación del universo y del hombre por Dios. No pretenden ser una explicación científica de su desarrollo. Transmiten, mediante un lenguaje simbólico profundamente verdadero, unos contenidos religiosos.

En primer lugar nos explican que el universo (el macrocosmos y el microcosmos), regido por leyes que la inteligencia humana puede descubrir, está creado por la Razón, que es Dios, no por la irracionalidad del azar.

La historia del amor de Dios al hombre comienza con la Creación. La Sagrada Escritura, después de decir «en el principio Dios creó el cielo y la tierra» (Gn 1, 1), añade más adelante: «Y dijo Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, según nuestra semejanza. Que domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, sobre todos los animales salvajes y todos los reptiles que se mueven por la tierra”. Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó» (Gn 1, 26-27). Y agrega: «Y vio Dios que era muy bueno lo que había hecho» (Gn 1, 31). Es lo que afirma todo enamorado: «Es muy bueno que tú existas». Y eso se aplica a cada ser humano, a ti y a mí. Así que podemos decir: «Existo, luego soy amado».

El concilio Vaticano II, siguiendo la doctrina de santo Tomás, enseña que el hombre es el único ser de la creación visible al que Dios quiere por sí mismo. Todos los demás seres los ha querido en función del hombre. Entonces, ¿para qué ha creado Dios un universo tan grande? ¿No parece esto un derroche? Algún economista respondería que tiene que haber otros hombres o seres similares en otros planetas; lo contrario sería una falta de productividad. Un científico evolucionista afirmaría: para que se haya originado un planeta —la Tierra—, que reúna todas las condiciones para producir al hombre mediante la evolución. El poeta pensaría: para que los enamorados puedan ver las estrellas de noche y contemplen en ellas un reflejo de la hermosura de su mutuo amor. Esta última respuesta es la que más se acerca a la realidad. Así lo explica Benedicto XVI: «Todo es creado por la Palabra y todo está llamado a servir a la Palabra. Esto quiere decir que toda la creación, en definitiva, está pensada para crear el lugar de encuentro entre Dios y su criatura [la persona humana]; un lugar donde el amor de la criatura responda al amor divino, un lugar en el que se desarrolle la historia del amor entre Dios y su criatura. “Omnia serviunt tibi” —todas las cosas están a tu servicio— (Sal 118, 91). La historia de la salvación no es un acontecimiento insignificante, en un planeta pobre, en la inmensidad del universo. No es una cosa mínima, que sucede por casualidad en un planeta perdido. Es el móvil de todo, el motivo de la creación»[13].

Cada uno de nosotros debe estar persuadido de que Dios considera más importante nuestra existencia que la de todas las estrellas. Para Él somos el centro del universo. Por eso decimos con la Plegaria Eucarística IV de la Santa Misa: «Te alabamos, Padre Santo, porque eres grande y porque hiciste todas las cosas con sabiduría y amor. A imagen tuya creaste al hombre y le encomendaste el universo entero, para que, sirviéndote solo a ti, su Creador, dominara todo lo creado».

CREÓ AL HOMBRE A SU IMAGEN Y SEMEJANZA

Los fariseos y herodianos preguntaron a Jesús si era lícito pagar el tributo al César. El Señor les pidió una moneda y les dijo: «¿De quién es esta imagen y está inscripción?». Le contestaron: «Del César». Entonces, Él les respondió: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21). San Jerónimo comenta: «Tenéis que dar forzosamente al César la moneda que lleva impresa su imagen; pero vosotros entregad con gusto todo vuestro ser a Dios, porque impresa está en nosotros la imagen de Dios, no la del César»[14].

Podemos preguntarnos: ¿Es Dios el centro de mi vida o lo soy yo? Probablemente hemos de reconocer que giramos demasiado alrededor de nuestro yo y que necesitamos dar un giro copernicano a nuestra existencia. Procuremos poner en el centro a Dios, que es el Sol de los soles. Y eso no significa empequeñecernos, sino al contrario. «De hecho, el hombre, al abandonar a Dios a cuya semejanza fue creado, se hunde en la zona de la desemejanza, en un alejamiento de Dios en el que ya no lo refleja, y así se hace desemejante no solo de Dios, sino también de sí mismo, del verdadero ser hombre»[15].

Dios no es soledad, sino, por ser Trinidad, es constante relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: una relación infinita e ininterrumpida. Y el hombre, imagen de Dios, es también relación. «Ningún hombre está cerrado en sí mismo, nadie puede vivir solo de sí y para sí; nosotros recibimos la vida de otro y no solo en el momento del nacimiento, sino cada día. El ser humano es relación: yo soy yo mismo solo en el tú y a través del tú, en la relación del amor con el Tú de Dios y el tú de los demás»[16].

Con la venida de Cristo damos un paso adelante en el conocimiento del hombre. «La primera creación encuentra su sentido y su cumbre en la nueva creación en Cristo, cuyo esplendor sobrepasa el de la primera»[17]. Los Padres de la Iglesia han comparado a Jesús con Adán, hasta definirle «segundo Adán» o el Adán definitivo, la imagen perfecta de Dios. Con la Encarnación del Hijo de Dios tiene lugar una nueva creación, que proporciona la respuesta completa a la pregunta: «¿Quién es el hombre?». «En el Hijo de Dios hecho hombre podemos reconocer el rostro auténtico, no solo de Dios, sino el auténtico rostro del ser humano. Solo abriéndonos a la acción de su gracia y buscando seguirle cada día, realizamos el proyecto de Dios sobre nosotros, sobre cada uno de nosotros»[18].

Jesucristo, imagen perfecta del Padre, haznos reflejar tu rostro. Queremos, con la ayuda de nuestra Madre Santa María, parecernos cada día más a Ti, y respetar la dignidad de cada hombre, derivada de su condición de criatura hecha a tu imagen.

6 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, Rialp, Madrid 1977, n. 190.

7 Santa Faustina Kowalska, Diario: La Divina Misericordia en mi alma. Editorial de los Padres Marianos, Stockbridge, Massachusetts, 1996, p. 153.

8 San Agustín, Comentario al Evangelio de San Juan, 33, 5.

9 Benedicto XVI, Mensaje de Navidad, 25-XII-2010.

10 Papa Francisco, Homilía 7-VI-2013.

11 Benedicto XVI, Encíclica Spe Salvi, n. 26.

12 Cf. Angelo Comastri, Dios es amor. Ejercicios espirituales, San Pablo, Madrid 2004 p. 34.

13 Benedicto XVI, Meditación, 6-X-2008.

14 San Jerónimo, Comentario al evangelio según san Marcos, 12, 17.

15 Benedicto XVI, Discurso, 12-IX-2008.

16 Idem, Audiencia general, 6 -II-2013.

17 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 349.

18 Benedicto XVI, Audiencia general, 9-I-2013.