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Timothy Keller

con Katherine Leary Alsdorf

Toda buena obra

Conectando tu trabajo
con la obra de Dios








Al equipo y los líderes voluntarios

del Center for Faith & Work

[Centro para la Fe y el Trabajo]

de Redeemer, que han ayudado

a nuestra congregación a ver

que el evangelio lo transforma

verdaderamente todo.

Publicaciones Andamio 

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Publicaciones Andamio es la editorial de los Grupos Bíblicos Unidos en España, que a su vez es miembro del movimiento estudiantil evangélico a nivel internacional (IFES), cuya misión es hacer discípulos y promover el testimonio de Jesús en los institutos, facultades y centros de trabajo.

Toda buena obra

© Publicaciones Andamio, 2017

1ª edición septiembre 2017

Every Good Endeavor

© Tim Keller con Katherine Leary Alsdorf, 2012

Copyright © 2012 de Redeemer City to City,
Redeemer Presbyterian Church y Timothy Keller

Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial sin la autorización de los editores.

Traducción: Noa Alarcón

Diseño cubierta e interior: Sr. y Sra. Wilson

Maquetación ebook: Sonia Martínez

Depósito Legal: B. 19374-2017

ISBN: 978-84-947907-1-3

Impreso en Ulzama

Impreso en España

Índice

Prólogo de Katherine Leary Alsdorf

Introducción

Primera parte - El plan de Dios para el trabajo

1. El diseño del trabajo

2. La dignidad del trabajo

3. El trabajo como cultivo

4. El trabajo como servicio

Segunda parte - Nuestros problemas con el trabajo

5. El trabajo se vuelve infructuoso

6. El trabajo deja de tener sentido

7. El trabajo se vuelve egoísta

8. El trabajo revela nuestros ídolos

Tercera parte - El evangelio y el trabajo

9. Una nueva historia para el trabajo

10. Una nueva concepción del trabajo

11. Una nueva brújula para el trabajo

12. Un nuevo poder para el trabajo

Epílogo

Agradecimientos

Acerca de los autores

Prólogo
Katherine Leary Alsdorf

En 1989 una compañera de trabajo me animó a acompañarla a su iglesia, una comunidad recién establecida en Manhattan llamada Redeemer Presbyterian Church. Años atrás me había vacunado a conciencia en contra de la iglesia, y había llegado a la firme conclusión de que la religión que fomentaba la congregación de mi familia tenía mucho más de forma que de contenido. Había decidido además que cualquier predisposición que pudiera tener hacia la fe sería fácilmente superada gracias al pensamiento ilustrado. Pero Redeemer cautivó mi atención por varios motivos: el pastor era inteligente y hablaba como una persona normal, daba la impresión de tomarse la Biblia en serio e intentaba aplicarla a diferentes aspectos de la vida que eran importantes para mí, como mi trabajo.

Unos años después decidí que ya era hora de comprometerme con mi fe y “entregar mi vida” a la verdad y las promesas de la Biblia. Admito que me preocupaba que este nuevo compromiso acabara con mis aspiraciones profesionales y con el confort de mi vida, puesto que, de hecho, dos de mis hermanos que se habían convertido habían sido “llamados” a las misiones en el extranjero. Uno de ellos vivía en el África rural sin agua corriente ni electricidad. Si de verdad iba a poner a Dios en primer lugar, iba a tener que estar abierta a que él me llamase a servirle en cualquier lugar. Y lo hizo. Unas semanas después de haber tomado esa decisión, me pillaron por sorpresa tanto la repentina enfermedad de mi jefe, el director de la compañía, como su petición de que me pusiera al mando de la empresa. Dadas las circunstancias, me lo tomé como una señal de que Dios quería que hiciese mi parte, no en el tercer mundo, sino en el mundo de los negocios.

A lo largo de la siguiente década trabajé como directora de varias empresas de tecnología en Nueva York, Europa y Silicon Valley. Cada día, en cada uno de mis trabajos, lidié con lo que significaba ser “llamada a servir a Dios” como líder en el mundo de los negocios. Redeemer y su pastor principal, Tim Keller, me habían provisto de unos buenos cimientos. Había aprendido que, supuestamente, el evangelio de Jesucristo me había cambiado y que, por lo tanto, Dios iba a “usarme” en mis relaciones con los demás. Quizá incluso hasta transformaría completamente la manera en la que yo lideraría estas compañías. Sobre el papel, todo era muy bonito, pero ¿qué significaba esto en la práctica?

Apenas había modelos a los que mirar, y a menudo estos no eran más que vestigios de una época en que gran parte de América asistía a la iglesia. El director de una empresa contaba que siempre tenía una Biblia en la mesa de su despacho, y que a veces algún empleado le preguntaba por ella. Otro decía que él oraba y su compañía prosperaba. Muchos veían su trabajo corporativo como una manera de hacer mucho dinero para donarlo a las organizaciones benéficas que más les interesaran. Cuando le preguntaba a pastores y gente de negocios cómo entendían su fe en relación con el trabajo, solían responderme que la misión primordial, si no la única, del cristiano, era evangelizar a sus colegas. Sin embargo, la mayoría de los empresarios añadiría enseguida que el evangelizar no era uno de sus dones. Y ninguno de estos enfoques abordaba la cuestión de cómo debería la fe cristiana afectar al modo en que trabajaban.

El mundo de las empresas de tecnología era bastante presuntuoso, especialmente en los noventa. Los empresarios e ingenieros eran considerados en nuestra cultura como una especie de dioses, y la tecnología era vista como la respuesta a todos los problemas del mundo. Mis empleados tenían más fervor evangélico en la visión (y las tecnologías) de la empresa que los fieles de cualquier iglesia que yo conociera. Y la esperanza en una OPA era mucho más tangible y motivadora que las etéreas figuraciones del cielo tal y como las representaba el mundo cristiano. Yo trabajaba casi siempre con muy buena gente –gente madura, con un carácter admirable, que se esforzaba en su trabajo para contribuir en todo lo posible con el mundo, y que no parecía tener necesidad ni de la iglesia, ni de Jesús, ni de la Biblia para conseguirlo. Aprendí grandes lecciones sobre gozo, paciencia y esperanza, trabajo en equipo y honestidad de gente que no compartía mi fe. Cuando parte de mi equipo se iba a meditar un fin de semana entero, parecían volver más renovados que quienes se reunían para alabar a Dios el domingo en alguna iglesia evangélica. Empecé a ver mi trabajo más como un crisol donde Dios me martilleaba, forjaba y refinaba que como un lugar donde servirle activa y eficazmente.

Yo creía en la verdad del evangelio: que Dios es el Creador de todas las cosas; que había creado al hombre a su imagen y semejanza y que después había enviado a su hijo para redimir todo lo que se había estropeado. También creía que Dios tenía un propósito para mí, como trabajadora y como líder, igual que tenía un plan para mucha otra gente cuyas vidas podían suponer una diferencia positiva para el mundo. Pero no tenía ni idea de cómo poner en práctica el plan de Dios en el ambiente laboral marcado por la competitividad y el afán de ganar a toda costa que me había tocado gestionar y liderar.

Más allá de Redeemer, las iglesias con las que me topé no parecían ofrecer demasiada dirección sobre el tema. A la mayoría de los pastores les preocupaba más ayudarnos a servir dentro de la iglesia que discipularnos y equiparnos para servir en el mundo. A finales de los noventa, en la época del auge de Silicon Valley, eran muchas las congregaciones que parecían ignorar cualquier sufrimiento, tanto fuera en el mundo como dentro en la iglesia. Muchos de los que se preocupaban de verdad por los pobres no se paraban a pensar en cómo los sistemas, las estructuras y los modos de nuestras industrias podían estar contribuyendo a la fractura de nuestra cultura. Vivir mi fe en el trabajo parecía haber quedado relegado a pequeños gestos simbólicos, a una piadosa abstinencia de ciertas conductas, y a un determinado posicionamiento político en todo lo relacionado con las principales cuestiones culturales y legales del momento.

La última compañía que dirigí me proporcionó una experiencia de liderazgo excepcional. Heredé el mando de manos del fundador, que había atraído a la mayor parte de su equipo y primeros clientes gracias a una maravillosa visión de innovación de productos y riqueza proveniente de OPAs. A principios del 2000 se peleaban por nosotros toda una serie de bancos de inversión que nos cortejaban con potenciales OPAs valoradas entre 200 y 350 millones de dólares. Todavía no teníamos ningún producto, aunque ya había varios en versión beta utilizados por los clientes más innovadores. Mi trabajo era ganarme la confianza del equipo, de los inversores y de los compradores a la vez que desarrollábamos los productos con que satisfacer nuestras promesas y conseguíamos nueva financiación con la que alcanzar la rentabilidad. La presión para avanzar en cada una de estas áreas era diaria. En medio del proceso, yo pensaba a la desesperada en cómo podría el evangelio irrumpir en medio de todo esto. Aquí están algunas de las observaciones que hice entonces:

Tras dieciocho meses de incansable trabajo, la empresa quebró. Formábamos parte de la burbuja de Internet, y cuando explotó, nos arrastró consigo. Aunque conseguimos colocar nuestro producto en el mercado según estaba previsto, no fuimos capaces de reunir los fondos adicionales necesarios tras agotar el capital inicial. Pudimos conservar algunos banqueros que nos ayudaran a adquirir un comprador que nos permitiera, al menos, mantener el producto en marcha, conservar parte de los trabajadores y devolver algún beneficio a nuestros inversores. Sin embargo, unos días antes de cerrar el trato, los temores del mercado ahuyentaron al comprador. Al día siguiente tuve que despedir a cien personas y vender nuestra propiedad intelectual.

¿Cómo pudo acabar tan mal tanto y tan duro trabajo? Me quejaba e interrogaba a Dios a nivel personal, de la compañía y de la industria. ¿Por qué no permitió Dios que tuviéramos éxito si había sido él quién me había “llamado” tan claramente a ejercer este trabajo? Yo había intentado hacer lo correcto por nuestros empleados, y resulta que ahora se encontraban en la calle en un mercado hundido. Me preguntaba si yo misma no habría alimentado la explosión de esa burbuja de Internet con la visión de nuestra propia empresa, basada en unos beneficios y valores exorbitados. ¿Qué responsabilidad tenía yo ante nuestros accionistas, ante el mundo en general? Los únicos cristianos dedicados al mundo de los negocios que yo había oído hablar eran aquellos que hacían a Dios responsable de sus éxitos; ¿cómo iba yo a gestionar el fracaso? Quería un evangelio que tuviera buenas noticias incluso en estas circunstancias.

Algo asombroso ocurrió cuando anuncié que el día siguiente sería nuestro último día, aunque me llevó tiempo apreciar completamente la magnitud de su belleza y el don que supuso. Todo el personal, completamente por su cuenta, quedaron en venir al día siguiente —sin cobrar nada— para festejarse los unos a los otros y el trabajo que habían hecho. Aunque la celebración fue agridulce, unos trajeron instrumentos musicales y tocaron para los demás, otros, que iban a clases de tai chi por las tardes, hicieron una demostración de sus habilidades y todos se rieron recordando los buenos tiempos pasados juntos. Yo estaba asombrada. Estaban honrando una cultura, una organización, en la que habían encontrado algo de gozo en su trabajo y en sus relaciones con los demás, incluso a pesar del resultado final. Con el tiempo llegué a ver aquel día como un destello de lo que significa Dios en el trabajo, haciendo justo lo que Dios hace: sanando, renovando y redimiendo.

Supongo que podría llamarse justicia poética que la respuesta a todo mi desencanto por la falta de apoyo de las iglesias fuera que seis meses más tarde, Redeemer Presbyterian Church me invitara a mudarme a Nueva York para ayudarles a comenzar un ministerio para gente del mundo de los negocios. Tras una década de luchar contra Dios, sopesar el poder transformador del evangelio y quejarme de la falta de dirección y apoyo de la iglesia con respecto al trabajo, se me estaba dando la oportunidad de ayudar a otros a vivir la esperanza y la verdad del evangelio en sus llamados vocacionales.

Este libro recoge algunas perspectivas fundamentales sobre Dios, Jesús y el Espíritu Santo; quiénes somos en relación con esa Trinidad y cómo afecta todo esto al trabajo para el que hemos sido creados. Cómo trabajamos —en el contexto de nuestra cultura particular, el momento histórico en que vivimos, nuestra vocación y organización —es algo que todos debemos de pensar detenidamente en nuestras comunidades. Pero las respuestas van a depender de esta teología esencial: el conocimiento de quién es Dios, su relación con el ser humano, su plan para el mundo y cómo las buenas noticias (o el evangelio) de Cristo ponen nuestras vidas y el modo en que trabajamos patas arriba.

Quiero agradecer a Tim Keller cómo ha aplicado el evangelio a nuestra vida laboral en sus predicaciones y su liderazgo a lo largo de los últimos veinticinco años. Le agradezco también el que se haya tomado el tiempo necesario para poner esos fundamentos por escrito en este libro, para que todos podamos profundizar en la manera en la que Dios nos está llamando a vivir fielmente mientras trabajamos.

Katherine Leary Alsdorf

Directora ejecutiva, Centro para la Fe y el Trabajo de Redeemer.


1. El reverendo C. John “Jack” Miller fue pastor principal en la New Life Presbyterian Church, a la que la familia del autor asistió a mediados de los ochenta. Aunque esta cita, hasta donde sabemos, no aparece publicada en ningún libro de Jack, se decía frecuentemente en sus predicaciones y enseñanzas.