Elena de Toro Jaime

 

 

 

 

 

 

NO BUSQUES
MI MIRADA

 

 

 

 

Primera edición: septiembre de 2020

 

©Grupo Editorial Max Estrella

©Editorial Calíope

©Elena de Toro Jaime

©No busques mi mirada

 

 

ISBN: 978-84-122178-7-2

 

 

 

Grupo Editorial Max Estrella

Calle Doctor Fleming, 35

28036 Madrid

 

Editorial Calíope

editorial@editorialcaliope.com

www.editorialcaliope.com

 

 

 

 

A María, por ser siempre la primera.

 

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Epílogo

Agradecimientos

 

Prólogo

¡Hugo!

Siento cómo mi voz desgarra mis cuerdas vocales al gritar. Vuelvo a llorar, desconsolada, a la vez que la camillera de la ambulancia aprieta con fuerza mi ensangrentada mano. No me atrevo a abrir los ojos. Por miedo. Por puro miedo a saber qué está pasando. El zumbido de mi cabeza no ha cesado desde que me sacaron de la iglesia en la misma camilla en la que me encuentro ahora, y de la que deseo salir lo antes posible.

—Respire hondo, necesito que se tranquilice —escucho a lo lejos la dulce voz de la chica que me acompaña, pero lo único que consigue es que empiece a hiperventilar descontroladamente—. ¿Dónde está la doctora Mahedero?

Su grito de desesperación provoca que mis alarmas se activen y que todo mi cuerpo se tense aún más si es posible. Como si de un impulso se tratase, abro los ojos. La blanca luz del hospital me ciega durante unos segundos, pero rápidamente soy capaz de diferenciar a las distintas personas que se encuentran a mi alrededor. Distingo a mi madre entre los casi diez profesionales que me rodean mientras corren todos por un largo pasillo, transportándome con ellos.

—Mamá —susurro entre lágrimas, pero no consigo que mi voz llegue a ella —¡Mamá!

Mi madre se gira, alterada, y es entonces cuando soy capaz de ver su rostro, lleno de lágrimas y totalmente desencajado. Apresurada, se esfuerza por esbozar una tierna sonrisa, a la vez que aprieta con fuerza la mano que tengo libre.

—Mi niña, mi niña… Tranquila, todo va a salir bien.

¿Qué está pasando, mamá?

—Todo va a salir bien. Vamos a quirófano ahora. Los médicos van a cuidar muy bien de ti. Mi niña…

Su voz se rompe, y yo comienzo a temer lo peor. Instintivamente, llevo mi mirada hacia abajo, y mi rostro se transforma en una mueca de horror al observar cómo todo mi cuerpo se encuentra cubierto por un manto de sangre fresca. Siento que mi corazón se detiene y mi respiración se acelera, no sin antes dejar que las lágrimas se derramen por mis mejillas.

Y entonces grito. Grito de pánico, de angustia, de desesperación. Grito como jamás he gritado.

Y dejo de sentir mi cuerpo, como si mi alma lo hubiese abandonado. Cierro los ojos, exhausta, y permito que se apodere de mí un profundo sueño que me hunde en la inconsciencia.

 

Capítulo 1

El fuerte sonido del claxon de uno de los taxis me saca de mi ensoñación. Sacudo la cabeza, en un intento de despejar mi mente y volver a la realidad. Introduzco la primera marcha del coche para reanudar mi viaje. La carretera parece estar más congestionada de lo que de verdad está. Como un resfriado a los ojos de una madre.

Un semáforo en rojo vuelve a paralizar mi vehículo, y, por un momento, me permito el lujo de escuchar la canción que escapa por los altavoces del coche. Siento cómo mi pulso se altera cuando reconozco el ritmo de Love runs out. Apago la radio con un rápido y certero movimiento a la vez que un bufido sale de mis labios. Cierro los ojos, apoyando la cabeza en el respaldo del asiento. Suspiro y, de repente, soy consciente de que este es el primer momento en meses en el que me hallo, realmente, cerca de estar relajada.

Y, como si ese pensamiento hubiera despertado una parte de mi memoria que permanecía oculta, los recuerdos de ese terrible día vuelven a mi mente, llenando mis oídos de gritos y mi mirada de sangre. Y entonces siento que me falta el aire. Abro los ojos desmesuradamente e intento con todas mis fuerzas que el oxígeno vuelva a entrar en mis pulmones, pero lo único que consigo es comenzar a respirar sin control. El semáforo cambia de color y los coches inician una estruendosa orquesta de bocinas y silbidos. Pero yo soy incapaz de moverme. El pecho me arde y, cuando intento agarrar de nuevo el volante, el temblor de mis manos me lo impide.

Una lágrima desciende por mi mejilla. Sin poderlo evitar, lloro. Lloro como si no tuviese ningún poder sobre mi cuerpo, sobre mis emociones. Lloro como un niño pequeño llora cuando pierde de vista a su madre. Lloro como una madre cuando pierde a su hijo.

Lloro como lloro todas las noches desde ese día.

—Señorita.

El retumbar de unos dedos en mi ventana provoca que, como si de magia se tratase, mi cuerpo vuelva a su estado normal y el aire retorne a mis pulmones. Giro violentamente la cabeza hacia el policía que reclama mi atención y, rápidamente, bajo el cristal que me separa de él.

¿Sí? —consigo decir, no sin un ligero temblor en mi voz. El policía frunce el ceño considerablemente, lo que ocasiona que me muerda el labio con fuerza.

¿Es usted consciente de que está obstaculizando el tráfico? En hora punta, por si fuera poco. Necesito que siga su camino, por favor.

—Sí —respondo, claramente avergonzada—, por supuesto. Perdón.

Puedo ver cómo el policía niega con la cabeza a la vez que masculla algo entre dientes antes de hacerme una señal con el brazo para indicarme que continúe circulando. Abochornada, nerviosa y un tanto alterada, restablezco mi camino hacia la comisaría de policía desde la que me han llamado esta mañana para reclamar mi presencia.

Unos minutos más tarde, aparco sin problema en el estacionamiento que me han indicado a la entrada. Antes de salir del vehículo, decido echar un vistazo al estado de mi rostro. Resoplo cuando el pequeño espejo del parasol de mi asiento me devuelve una imagen que no me agrada en absoluto. Los continuos llantos han provocado que mis ojos, ya acostumbrados, no bajen la hinchazón que las lágrimas causan en ellos. Parece que llevo semanas sin dormir si sumamos las pronunciadas ojeras que adornan la parte superior de mis mejillas. Abro con cierto pesar la pequeña guantera del asiento del copiloto, esperando encontrar mi estuche de maquillaje de emergencia, y no puedo evitar que un gruñido brote de mis labios cuando no lo localizo en su sitio.

¿Dónde...? —murmuro a la vez que me inclino un poco más para poder rebuscar entre las profundidades de la guantera. Saco una ya gastada caja de toallitas y prosigo mi búsqueda, hasta que, por fin, me doy por vencida. Frustrada, golpeo con fuerza el volante— ¡Joder!

Dos policías que pasean cerca de donde me encuentro se giran para observar la escena, curiosos, y yo me esfuerzo por calmarme. Es cierto que, desde hace unos meses, estoy siendo más desordenada de lo habitual. Es posible que haya cambiado el pequeño bolso de sitio y después no lo haya devuelto al coche. Suspiro y vuelvo a echar un rápido vistazo a mi rostro antes de abandonar mi deportivo. Peino con los dedos mi ya largo cabello y me apresuro a llegar a la puerta de cristal que me separa del interior de la comisaría.

Saludo con amabilidad a los agentes que guardan la entrada y ellos me devuelven el gesto con un fugaz movimiento de cabeza. Ajusto con rapidez los blancos pantalones que cubren mis piernas antes de buscar con la mirada al culpable de que haya tenido que salir de casa tan apresuradamente.

¡Señorita Gutiérrez!

Me giro enérgicamente, sorprendida, y me empeño en esbozar una amable sonrisa.

—Inspector Ruiz.

—Me alegro de que haya podido venir —confiesa, a la vez que me da dos besos. La gravedad que advierto en su voz provoca que me estremezca casi imperceptiblemente—. Hemos encontrado algo que le va a interesar.

Hace un gesto para que le acompañe y yo le sigo hasta un pequeño despacho que —lo adivino en seguida— es el suyo. En la mesa, una bonita foto de él con una mujer adorna el vacío espacio. No tarda en acomodarse en el gran sillón de cuero, colocado de forma que sea el centro de la habitación, y yo hago lo mismo en una pequeña silla al otro lado del escritorio. Observo cómo saca una voluminosa carpeta de uno de los cajones de la mesa y, mientras, no puedo evitar pensar en lo mucho que se parece a Oliver, el director de la editorial con la que trabajo. Siento un fuerte pinchazo en el pecho al recordar cuánto tiempo hace que no visito la empresa. Instintivamente, llevo mi mano al bolsillo de mi pantalón, donde un pequeño objeto descansa con paciencia.

—Bien —comienza él, y yo clavo mi mirada en los papeles que ha esparcido por toda la mesa, a la vez que intento comprender qué quiere indicarme. Después de unos segundos, levanto la mirada, confusa, y observo que él se encuentra con los ojos entrecerrados, a la espera de que yo capte los pequeños detalles de cada folio. Me muerdo el labio cuando un punzante dolor en mi sien provoca que me desconcentre momentáneamente. El inspector, después de unos instantes más en los que yo no he articulado palabra, suspira y da por terminada su espera—. Señorita Gutiérrez, creemos que hoy puede salir de aquí el nombre de la persona que la atacó.

Mi corazón parece detenerse y, de nuevo, las imágenes y sensaciones de ese horrible momento inundan mi mente. Siento que vuelve a faltarme el aire y que mis manos comienzan a temblar. Agacho la cabeza, aturdida.

—Señorita Gutiérrez, ¿se encuentra bien?

El inspector Ruiz, al ver que yo no reacciono a su llamada, no tarda en levantarse y acercase a mí, no sin antes coger uno de los vasos de agua que descansan en una cercana mesa de madera. Me aferro con fuerza a los reposabrazos de la silla, temiendo que, si los suelto, pueda precipitarme hacia el suelo.

—Natalia, respire hondo, por favor. No pasa nada, nos aseguraremos de que todo vaya bien, no debe sentir miedo. Beba un poco de agua.

Trago saliva y, cuando mis músculos empiezan a obedecer mis órdenes de nuevo, levanto la mirada. Tardo unos segundos más en alagar la mano para coger el vaso que me tiende el inspector y, al rodear mis dedos el fino cristal, percibo cómo él suspira, aliviado. Y yo, sin tan siquiera percatarme de ello, dejo salir lentamente el aire de mis pulmones.

—Lo siento —susurro, un tanto avergonzada. Aprieto los labios, frustrada, y me reprendo a mí misma por no ser capaz de controlar mis emociones.

—No se preocupe, señorita Gutiérrez. Es algo normal en situaciones como esta.

Asiento lentamente y espero a que él regrese a su cómodo sillón. Vuelvo a examinar con la mirada los numerosos folios que se encuentran esparcidos por el amplio escritorio. Me esfuerzo por encontrar un vínculo, por pequeño que sea, entre las imágenes que llegan a mi retina en ese momento y las que tengo en mi mente grabadas para toda la vida.

Y entonces lo veo.

En una de las fotografías que fueron tomadas de la escena del crimen, una un tanto borrosa y, aparentemente, no muy valiosa ni admirable para la investigación, se puede apreciar un pequeño destello dorado en el ensangrentado suelo de la iglesia.

Con un leve temblor en las manos, dejo el vaso de agua en el escritorio ante la atenta mirada del inspector Ruiz. Y, entonces, procedo a tomar la fotografía entre mis dedos. Lentamente, la acerco a mi rostro a la vez que entrecierro los ojos, en un intento de concentrar totalmente mi atención en ese pequeño detalle que el fotógrafo ha conseguido captar y al que, quizás, no haya dado ni la más mínima importancia en ese momento.

Mis ojos comienzan a abrirse desmesuradamente al recordar el origen de ese objeto, y no puedo evitar que un grito de ahogo surja de mis labios. Automáticamente, mis dedos se abren, dejo caer la fotografía al suelo, y clavo mis pupilas en las del inspector Ruiz, que me observa impasible y prudente desde el otro lado de la mesa, como si contemplara una escena que se desarrolla a cámara lenta.

El horror que desprende mi mirada le hace reaccionar y, en menos de un segundo, consigue sacar de uno de los cajones del escritorio una pequeña bolsa de plástico perfectamente sellada. Rápidamente me vienen a la mente las numerosas series de televisión que me encantaba ver con Noa, esas que tratan sobre asesinos en serie y policías de organizaciones importantes que siempre resuelven los casos. Pero esto no es una serie. Yo tengo delante de mí una prueba de un intento de homicidio. O, desde mi punto de vista, un verdadero asesinato.

Puedo sentir cómo mi labio inferior tiembla notablemente cuando cojo la pequeña bolsa.

—Puede abrirla, si quiere. Tengo entendido que le pertenece.

Asiento, a la vez que observo con estupefacción la dorada pulsera, que aún se encuentra embolsada.

—Sí. Es mía.

Tardo unos minutos más en atreverme a sacarla del pegajoso plástico para sostenerla directamente en mis manos. El baño de oro ha comenzado a desprenderse de los detalles que cuelgan de las manillas, dejando ver un oscuro y apagado color gris. Los minutos pasan. No soy consciente del tiempo que he estado examinando la pulsera hasta que el inspector Ruiz tose, con lo que consigue llamar mi atención.

¿Recuerda usted haberla llevado puesta el día de la ceremonia? —pregunta, directo, con sus curiosas pupilas clavadas en cada poro de mi piel. Siento cómo un apretado nudo se instala en mi garganta.

—No… No —tartamudeo—. Yo no la llevaba.

—Entonces, ¿sabe cómo ha llegado hasta la iglesia?

Mi expresión se endurece. Comienza a dolerme la cabeza. Me obligo a mí misma a cerrar los ojos y a respirar con profundidad.

—No lo sé —respondo, veloz.

¿No lo sabe? —pregunta el inspector, a la vez que se cruza de brazos. De reojo, observo cómo se deja caer en el respaldo de la silla, sin apartar su mirada de mí ni un segundo —Si dice que usted no llevaba puesta esa pulsera, entonces ha sido otra persona la que la llevó a la iglesia.

Asiento, aún con los ojos cerrados.

—Bien. Bien. ¿Recuerda cuándo fue la última vez que vio la pulsera? ¿O si se la prestó a alguien?

Gruño, en un intento de dejar mi mente en blanco. El inspector suspira y apoya las manos en la mesa, pero antes de que pueda pronunciar palabra, levanto la cabeza y clavo mis pupilas en sus oscuros y expertos ojos.

—Sí que recuerdo a quién se la presté —anuncio, y el inspector abre los ojos, sorprendido. Se limita a asentir con la cabeza, a la espera de que yo continúe hablando—. Bueno, en realidad, no fue un préstamo.

¿Se la robaron?

—No —respondo, despacio, al tiempo que intento ordenar mis pensamientos—. No, no.

Dejo caer la pesada pulsera en la fría superficie del escritorio, para luego comenzar a masajear mi sien con la yema de mis dedos. El inspector Ruiz continúa en silencio.

—Yo… —carraspeo, un tanto incómoda—. Se la tiré a Óscar Llorente.

El inspector entrecierra los ojos, confuso.

¿Se la tiró?

—Sí, bueno. Sí. Se la lancé, arrojé, como quiera llamarlo. Fue en un momento de rabia.

—Y, ¿cuánto tiempo hace de eso?

—Pues, no sé. Unos años ya.

Observo cómo el inspector Ruiz deja que su espalda descanse en el respaldo de su cómodo asiento, para luego comenzar a frotar su mentón con aire pensativo.

—Entonces, ¿eso significaría que Óscar Llorente estuvo en la iglesia en ese momento? Creo recordar que no estaba en la lista de invitados que usted nos facilitó —pregunta después de unos segundos, y yo me encojo de hombros a la vez que aprieto los labios.

—No, no estaba invitado. Pero no puedo afirmar nada, sería acusarle de intento de asesinato —frunzo el ceño al ser consciente de que mi cerebro me ha jugado una mala pasada, y me apresuro a corregir mi error—. De un homicidio, quiero decir.

El inspector asiente, comprensivo, para luego coger uno de los folios de la mesa, aquél en el que se encuentra la fotografía en la que se ve la pulsera. Casi puedo escuchar cómo su cerebro piensa y enlaza acontecimientos.

—Usted me comentó que no ocurrió nada fuera de lo normal la última vez que habló con Óscar Llorente.

—Exacto.

—Entonces, no cree que sea capaz de intentar matarla.

Mi mirada se endurece.

—Yo no he dicho eso. He dicho que la última vez que le vi se comportó como una persona normal. En teoría, el día de mi boda debería haber estado ya fuera de la ciudad.

¿Cómo sabe que debería haber estado fuera de la ciudad? —pregunta, y no puedo evitar que un suspiro salga de mis labios. Estoy cansada de hablar.

—Porque era su plan. Irse con Inés.

—La hija de su padre.

—Sí —mascullo, no muy contenta con su comentario.

¿Fue por eso por lo que le lanzó la pulsera?

¡No! —grito, molesta— Le he dicho que eso fue hace años. Y esto es ahora, ¡ahora! No entiendo qué tiene que ver esto con el chalado que les ha quitado la vida a mis hijos.

La mirada del inspector se endurece, y me obligo a mí misma a calmarme. Las horas de sueño que me faltan están comenzando a hacer efecto en mi estado de ánimo.

—No estoy en contra de usted, Natalia. Estoy aquí para encerrar a quien sea que haya intentado matarla. Y, por ahora, el primer sospechoso es Óscar Llorente.

Una mueca de disgusto se instala en mi rostro al tiempo que vuelvo a clavar mis pupilas en la dorada pulsera. La simple idea de que uno de los dos hermanos vuelva a destrozarme la vida me provoca náuseas.

—Está bien —digo, después de unos segundos. Levanto la mirada, decidida—. Deberían hablar con Inés. Si no se ha ido con ella, entonces… Pueden dar la orden.

El inspector asiente, satisfecho con mi propuesta.

—Eso haremos. También quería informarle de que vamos a interrogar a Javier Llorente para asegurarnos de que no estaban compinchados. Tenga en cuenta que usted se quitó un gran peso de encima cuando lo ingresaron. No podemos descartar que forme parte de un plan.

Percibo cómo cada músculo de mi cuerpo se tensa y una horrible sensación de odio envuelve cada poro de mi piel.

¿Van a sacar a ese psicópata? —pregunto, entre dientes. Cierro mis puños con fuerza, intentando controlar mi rabia. El inspector parece percatarse de mi cambio de humor porque se levanta, despacio, y se acerca hasta uno de los muebles de madera que adornan el despacho. Le observo, atenta, mientras abre las puertas del mueble, para dejar ver una admirable colección de botellas de whisky.

—No vamos a sacarle, señorita Gutiérrez —expone a la vez que coge una de las botellas. Vierte un poco de su contenido en un pequeño vaso de cristal que descansa en una moderna estantería, justo a la derecha del mueble anterior—. Vamos a interrogarle. Y, para ello, necesitamos que venga a comisaría. Aquí tenemos polígrafo y todos los utensilios necesarios.

¿Y no podrían llevar todos esos utensilios al psiquiátrico? —pregunto, desesperada. El inspector me tiende el vaso de cristal con el fuerte licor. El olor del alcohol llega a mis fosas nasales. Con un rápido movimiento, me lo bebo de un trago y cierro los ojos con fuerza cuando comienza a quemar mi garganta.

—Es más seguro si lo hacemos aquí.

—Eso no tiene sentido —reclamo, y observo al inspector arquear una de sus cejas—. ¿Me está usted diciendo que es más seguro trasladar a un psicópata desestabilizado en un furgón hasta aquí para interrogarle en esta comisaría, que trasladarse usted hasta allí para interrogarle en su propia habitación con rejas y seguridad y miles de agentes que están acostumbrados al comportamiento de los hospitalizados?

El inspector vuelve a apretar los labios, pensativo. La intensidad de mi mirada provoca que carraspee, incómodo, y, finalmente, suspire, dándose por vencido.

—Está bien. Iremos nosotros.

Asiento, con una pequeña sonrisa en los labios.

—Gracias.

—No tiene que darme las gracias, señorita Gutiérrez. Es mi trabajo.

—Lo sé. Pero que se esfuerce en hacerlo ya es motivo suficiente para que se lo agradezca.

El inspector sonríe, y con una mirada me indica que es hora de que me marche. Me levanto, aún un tanto alterada por el repentino cambio que han causado en mí las recientes noticias. El inspector me acompaña hasta la puerta de su despacho y, antes de que me dé tiempo a atravesarla, me coge del brazo para detener mi marcha.

—Deje que le dé un consejo, Natalia —me pide, con profunda severidad en sus palabras—. No deje que esto afecte a su día a día. Es lo que él, o ellos, quieren. No debe darles esa satisfacción.

Sus palabras provocan que un escalofrío recorra mi cuerpo. Puedo escucharme a mí misma, un tiempo atrás, diciéndole a Hugo un consejo similar.

—Lo intentaré —respondo, un tanto cohibida.

—Y, Natalia —continúa, aún sin soltar mi brazo—. Debería mantener a las personas que le quieren a su alrededor. Es lo único que nos salva de la desesperación.

Sostengo su mirada unos segundos más hasta que mis labios esbozan una leve sonrisa, con lo que doy por terminada la conversación. El inspector deja que me marche, no sin antes volver a guardar la pulsera en un sitio seguro, a salvo de cualquiera que quisiera deshacerse de ella. Y estoy segura de que él no descarta que yo sea una de esas personas.

Mi camino hasta el coche es silencioso y rápido, como el de una serpiente que se mueve entre las hojas. No llamo la atención de nadie, pero, al mismo tiempo, me siento observada por todos. Como si fuese la protagonista de las noticias más jugosas de las revistas. Y lo cierto es que lo fui durante un periodo de tiempo. No fueron más que unos días, pero a mí se me antojaron eternos. Mis redes sociales echaban humo, y mi teléfono móvil no me daba ni un segundo de paz. Me encargué personalmente de bloquear todas las llamadas entrantes que no fuesen de unos determinados contactos, y fue Noa la que se ocupó de silenciar a todas las fanáticas de mis novelas cuyos mensajes formaban una amalgama de condolencias, ruegos, impaciencia, ánimos e insultos.

Al llegar a mi vehículo, me dejo caer con pesadez en el asiento y apoyo la cabeza, cansada, en el volante. Cierro los ojos y suspiro con debilidad. El bulto que descansa en mi bolsillo trasero impide que me relaje por completo, por lo que me decido a incorporarme y sacarlo de su escondite.

Observo el pen drive entre mis dedos. Es uno de los que me regaló Diego cuando empecé a escribir breves e inexpertos relatos, hace ya varios años, para terminar con mi cabezonería de que nunca iba a perder mis archivos por un fallo del ordenador. Me resultó útil cuando ocurrió exactamente lo que él me advertía.

Frunzo el ceño, aún con la mirada clavada en el pequeño objeto que sostengo en mi mano y, en menos de un segundo, tomo la decisión que lleva dando vueltas en mi cabeza desde hace semanas. Dejo el pen drive en el asiento del copiloto y pongo el coche en marcha. No tardo más de diez minutos en llegar a mi destino y es entonces, en el momento que tengo las puertas de la editorial a unos metros de mí, cuando me doy cuenta de que es la primera vez que voy a ver a ciertas personas desde el día de la boda.

Respiro profundamente y, al fin, me decido a salir del coche.

Una sensación de nostalgia recorre mi cuerpo al cruzar las puertas de la editorial, y vuelvo a sentirme tan cohibida como el primer día que pise el edificio. Tal y como hice ese día, recorro con la mirada la moderna recepción. Me detengo en la gran lámpara de araña que cuelga del techo que en ese momento me pareció preciosa e intimidante y que, sin embargo, ahora se me antoja estrafalaria y grotesca.

Tal y como ocurrió hace unos años, el recorrido de mi mirada es finalmente interrumpido por la mesa de recepción, en la que una sorprendida Pilar me observa con los ojos como platos. Sin darme tiempo a reaccionar, se levanta de un salto, lo que provoca que unos visitantes que se encontraban cerca se sobresalten. No soy capaz ni de moverme ni de articular palabra cuando se coloca a centímetros de mí, observándome como si acabase de resucitar de entre los muertos.

—Natalia… —susurra, aún sin ser consciente de lo que ven sus ojos— ¿Qué…? Quiero decir

—Mucho tiempo —digo yo en su lugar, con una sobrecogida sonrisa en los labios, en un intento de romper el hielo, pero lo único que consigo es que sus ojos se abran aún más si es posible, como si el escuchar mi voz fuese un hecho sobrenatural. Observo que asiente lentamente.

—Mucho tiempo —repite, y yo aparto la vista, incómoda por la intensidad de su mirada—. ¿Cómo…? Es decir, ¿Cómo estás?

Mi cuerpo se tensa al escuchar la pregunta, y tengo que esforzarme por reprimir el impulso de resoplar sonoramente. La repetitiva y continua lluvia de preguntas que vino después del atentado estuvo liderada por una cuestión en concreto: cómo estaba. Pilar parece darse cuenta de su error, porque su rostro comienza a adoptar una mueca de horror, pero yo me apresuro a responder lo que todos quieren escuchar.

—Estoy bien —las palabras salen de mi boca como si fuera una grabación que alguien ha insertado en mi cerebro, como si fuese un robot programado para satisfacer las necesidades de los demás en vez de las mías.

Pilar intenta sonreír ante mi respuesta, pero consigue que parezca más una mueca de asco que de felicidad. Y no la culpo, porque eso mismo es lo que debe de pensar todo el mundo de las pocas sonrisas que he esbozado yo últimamente. Baja la cabeza, sin saber qué decir, y yo comienzo a arrepentirme de haber venido.

—Diego y Noa preguntan mucho por ti. Querían saber si te has pasado por aquí en algún momento, como no coges sus llamadas…

—No suelo llevar el móvil encima —respondo, seca.

—Ah —murmura ella, incómoda—. De todas maneras, si dedicaras un momento para…

—Pilar —la interrumpo, y ella vuelve a alzar la mirada, adoptando una pose de perrito asustado que se me antoja infantil e inmadura, y que provoca que mi disgusto aumente considerablemente—. No he venido aquí para eso, la verdad. Llamaré a Diego y Noa cuando esté preparada. Se lo dije en su momento y, es más, puedes volver a repetírselo tú misma. Necesito un poco más de tiempo. Ahora, si me disculpas.

Sin darle tiempo a responder, la rodeo con un rápido movimiento, para impedir que pueda reaccionar a mi repentina huida. No miro atrás, pero soy perfectamente consciente de que me observa mientras me marcho, sin atreverse a detener mi paso.

Al llegar al ascensor, me concedo a mí misma unos segundos de paz. Siento que las lágrimas se acumulan en mis ojos y rezo porque Pilar no haya notado que faltaba poco para derrumbarme. Mi continuo estado de tensión y agotamiento han conseguido que la mínima gota de estrés al conversar con cualquier persona cercana a mí provoque una indomable necesidad de echarme a llorar. Ya ni siquiera puedo hablar con mi madre sin que se me forme un nudo en la garganta, y eso que, últimamente, intenta no tocar ningún tema que pueda causar el mínimo efecto en mi estado de ánimo.

Las metálicas puertas del ascensor dan paso a una amplia sala, únicamente decorada por un mostrador en el que se encuentra Clara, la secretaria de Oliver, que me mira con la misma estupefacción con la que me observaba Pilar. Decido no darle importancia y me dedico a caminar hasta las puertas de madera que me separan de mi jefe, sin prestar atención al leve carraspeo que sale de la garganta de Clara cuando paso por delante de ella.

El ruido de las puertas al abrirse provoca que Oliver casi se caiga de su cómodo sillón. Me acerco con rapidez al escritorio, ignorando por completo al sujeto que se encuentra sentado en una de las butacas del despacho y que me observa con una mezcla de curiosidad y sorpresa. La misma sorpresa que desprende Oliver, el cual no es capaz de quitarme la mirada de encima.

¡Natalia! —consigue exclamar, al tiempo que se incorpora de su asiento.

—Te traigo lo que me pediste —las palabras fluyen de mis labios a la velocidad de la luz. Nerviosa, coloco el pen drive en el escritorio, sin ser consciente de que no he conseguido mirarle a los ojos todavía.

Pasan unos largos segundos en los que Oliver se dedica a alternar la mirada entre el pen drive y mi persona. Yo me mantengo en mi lugar, a la espera de algún cometario por su parte. El desconocido sujeto que descansa en una de las sillas no nos quita la vista de encima, curioso, pero se mantiene en un segundo plano, con prudencia.

¿Es…? —pregunta mi jefe, y yo asiento.

—El guion de la película. Ya está terminado. Siento haber tardado tanto en dártelo.

—No pasa nada, está bien. Mejor tarde que nunca, ¿no? —comenta con lentitud, en un intento de quitarle peso al hecho de que hace meses que no sabe nada de mí. Y, como si mi sexto sentido se activase, percibo un cambio en el tono de su voz que provoca que me ponga en alerta —Natalia, ¿cómo…?

—Tengo que irme —interrumpo con rapidez, nerviosa, a la vez que doy media vuelta para dirigirme a la puerta.

—Natalia.

—Si hay algo que quieras cambiar del guion, hazlo. No hace falta que me consultes nada —ignoro su reclamo y continuo mi camino hacia la salida.

—Natalia, espera un momento —la severidad de sus palabras provoca que la única opción que me queda sea la de girarme de nuevo, hasta quedar cara a cara con él—. Quiero que conozcas a Sergio Medina. Es actor. Es más, ha sido elegido expresamente para tu película. Me ha pedido el gran favor de poder conocerte para que puedas contarle exactamente cómo quieres que sea el personaje. Llevo varios días intentando contactar contigo sin éxito, menos mal que has venido hoy porque si no…

Y, por primera vez desde que entré en la sala, levanto la mirada, al tiempo que el chico que se encuentra a unos metros de mí sale de las sombras y da un paso al frente, acortando la distancia entre los dos.

Y no puedo evitar que un escalofrío me recorra el cuerpo al mirarle a los ojos.

Unos ojos tan fríos como el hielo.

 

 

 

 

Capítulo 2

Al salir de la editorial, acelero el paso para llegar a mi coche lo antes posible sin tener que cruzarme de nuevo con Pilar que, afortunadamente, no se encuentra en su puesto de trabajo. Veloz, saco las llaves y, cuando estoy a punto de acomodarme en el agradable asiento de mi deportivo, una mano desconocida tira de mi brazo, con lo que consigue que mi bolso se precipite inevitablemente hacia el suelo.

—Mierda —mascullo, ahora más alterada aún, al tiempo que me agacho para recoger mis cosas que han acabado desparramadas por la fría acera de la calle—. Lo que faltaba.

—Lo siento —escucho, a unos pocos centímetros de mí. Me decido a levantar la mirada en busca del culpable del estropicio y, tal y como ocurrió unos minutos antes, me quedo muda ante el frío azul de unos ojos que me observan con bochorno—. Deja que te ayude.

Sin darme tiempo a contestar, se agacha y comienza a guardar mis cosas. Me quedo observándole durante unos segundos hasta que reparo en que le estoy mirando fijamente, y aparto la vista, avergonzada, para luego meter en el bolso un último bolígrafo que casi queda olvidado entre las losas. Y, como si alguien hubiera pulsado un botón, nos levantamos los dos a la vez, hasta quedar cara a cara.

—Lo siento —repite, y me dedica una tierna sonrisa. No puedo evitar que un escalofrío recorra mi cuerpo, pero me esfuerzo por devolverle el gesto.

—No pasa nada —digo, y termino de colgar el bolso en mi hombro. Estoy a punto de entrar en el coche, pero mis pensamientos me interrumpen y me obligan a volver a dirigirme al, aún, extraño—. ¿Querías algo?

Sergio se sobresalta levemente, como si, de repente, hubiese recordado algo importante. Entretanto, desbloqueo el coche y abro la puerta, para luego arrojar el bolso al asiento del copiloto con un ya familiar y rápido movimiento.

—Sí, claro —dice él, serio—. No me has dicho cuándo vamos a quedar.

¿Quedar? —pregunto, confusa, a la vez que me giro hacia él con violencia. Mi implacable tono de voz no parece causar efecto en su postura. Pongo cara de pocos amigos cuando le observo asentir con energía, como si la respuesta a la pregunta que acabo de hacerle fuese obvia.

—Sí. Tenemos que quedar para hablar sobre el personaje.

Sus ojos se abren desmesuradamente, en un intento de hacerme ver que es de plena necesidad para él que le dedique unos minutos de mi tiempo. Levanto una de mis cejas. Lo último que me apetece ahora mismo es tener que lidiar con clases de interpretación. Sergio abre aún más los ojos si es posible y, por un momento, temo que sus azulados y frágiles iris estallen en mil pedazos. Lentamente, niego con la cabeza, y su rostro se va transformando en una mueca de decepción a medida que pasan los segundos.

—Te mandaré un correo con las características del personaje, no creo que haga falta que hablemos nada más. Tampoco puedo darte yo muchas técnicas sobre cómo interpretar, ¿sabes? Yo no soy actriz, solo escribo.

Tajante, me esfuerzo por que mis palabras consigan que quiera dejarme tranquila de una vez por todas.

¡Eso no tiene ningún sentido! —estalla él, levantando los brazos con brusquedad, lo que ocasiona que las pulseras metálicas que cubren sus muñecas se zarandeen con gracia. Abro los ojos, sorprendida por su inesperada reacción —¿Quién va a saber mejor que tú cómo es el personaje? ¡Si eres su creadora! ¡Existe en tu cabeza!

¡Sergio! —avergonzada, interrumpo su improvisado monólogo. Las personas que pasean a nuestro lado nos observan con curiosidad. Le reprendo con la mirada, pero no parece que le importe en absoluto, sino que se limita a cruzarse de brazos y a observarme con una testarudez tan intensa que casi provoca que un resoplido escape de mis labios.

Controlo mi impulso de mandarle a algún que otro lugar no muy preciado y me apresuro a imitar su gesto hasta quedar en una postura igual a la suya. Casi imperceptiblemente, levanta una de sus cejas, sin dejarse intimidar por mi actitud. Unos segundos más tarde, continuamos ambos con la guerra de miradas, lo que consigue atraer la atención de varias mujeres de avanzada edad, que nos observan, curiosas, desde uno de los quioscos más cercanos a la editorial. Finalmente me doy por vencida y dejo caer mis brazos, a la vez que niego con la cabeza, un tanto divertida por la situación, que se me antoja tan surrealista como el sujeto que tengo delante de mí. Sergio sonríe, feliz con su triunfo.

—Entonces, ¿cuándo nos vemos? —pregunta por enésima vez. Ladeo la cabeza, con el fin de hacerme un poco la difícil, y me doy cuenta de que desde el momento en el que mi bolso se precipitó al suelo no he pensado ni una vez en Óscar, ni en el inspector, ni en nada que tenga que ver con el que fue el peor día de mi vida

¿La semana que viene? —respondo, nerviosa. Siento la angustiosa necesidad de llegar a casa y envolverme entre mis mullidas sábanas, de desaparecer del mundo de nuevo. Es el día que más tiempo he estado fuera de mi apartamento desde la ceremonia. Y eso, de repente, ha conseguido provocarme una profunda ansiedad. Agarro con fuerza la puerta del coche, que continúa abierta de par en par, lista para introducirme en el vehículo lo más rápido posible. Sergio parece darse cuenta de mi cambio de postura, porque da un paso al frente y acorta la distancia entre nosotros, evitando así que tenga vía libre para meterme en el coche. Entrecierro los ojos, un tanto molesta e irritada.

¿Qué tal mañana? —pregunta, sin dejar de sonreír ni un segundo. Estoy tan cerca de él que puedo ver el pequeño agujero que perfora el lóbulo de su oreja, y por un momento me distraigo pensando en la clase de pendiente que adornaría el orificio —¿Natalia?

¿Qué? —pregunto, a la defensiva, sabiendo que me ha sorprendido examinando su rostro. Puedo sentir que mis mejillas se encienden con velocidad.

—Que si puedes quedar mañana —insiste, y yo suspiro, nerviosa.

—No.

Mi autoritaria respuesta parece dejarle bloqueado durante unos segundos, los suficientes como para permitir que me escabulla hasta el asiento de mi deportivo. Sergio me observa sin saber cómo reaccionar, hasta que el golpe de mi puerta al cerrarse parece devolverle a la realidad. Arranco el coche al tiempo que él da golpecitos en mi ventanilla, solicitando que elimine la barrera acústica que nos separa. A regañadientes, acato su silenciosa petición, no sin antes maldecir por lo bajo su, al parecer, inmortal sonrisa.

—Qué —mascullo cuando la ventanilla se ha abierto del todo. La sonrisa de Sergio se intensifica, como si mi desagrado le fuera divertido. Entrecierro los ojos cuando decide traspasar la ventana para apoyar los brazos.

¿Por qué no puedes? —pregunta, sin apartar la mirada de mis verdes ojos, como si estuviera intentando transmitirme su energía.

—Creo que eso no es de tu incumbencia —respondo de mala manera y, para sorpresa mía, él suelta una sonora carcajada—. ¿Tienes tres años o qué pasa?

—De acuerdo, de acuerdo —dice, al ver que yo no me río—. Tienes razón. Pero sigo pensando que deberíamos quedar mañana. Es lo mejor.

¿Lo mejor? —pregunto, curiosa— ¿Y eso por qué?

—Pues, porque sí. Piénsalo —su pícara sonrisa provoca que, si es posible, desconfíe aún más de él. Las ganas de llegar a mi casa se intensifican por segundos—. Si quedamos mañana, antes resuelves mis dudas, antes desaparezco de tu vida, y antes te dejaré tranquila. Pero, si no aceptas, te perseguiré cada segundo de tu vida hasta que te decidas a tener una conversación de verdad conmigo. Y sí, puedes tomártelo como una amenaza. ¡Denúnciame! Tú decides.

Me quedo muda ante la intensidad de sus palabras, ante la manera de imponerme lo que quiere, ante la imperturbabilidad que muestra su rostro y, a la vez, ante ese brillo de niño pequeño en sus ojos. De chico travieso que juega con las palabras y con las miradas. Como si a través de sus ojos fuese capaz de ver a ese niño atrapado en el cuerpo de hombre que una de las películas más famosas de Disney nos ha querido mostrar.

Finalmente, permito que un suspiro rompa el silencio, a la vez que dejo que mi cabeza descanse sobre el asiento.

—De acuerdo —sentencio, con lo que consigo que su sonrisa se intensifique aún más si es posible—. Quedamos mañana. Nos vemos en la editorial, en el despacho de Oliver. A las seis de la tarde. No llegues tarde.

—Eh, eh. Espera, espera —exclama cuando observa cómo mi ventanilla vuelve a subir. Le miro de reojo, deteniendo el cristal justo cuando considero que está lo suficientemente subido como para que no pueda meter el brazo en el coche, pero no tanto como para no poder escuchar su voz—. Mejor quedamos para comer, ¿no? Así estaremos más tranquilos y será todo menos formal.

Aprieto con fuerza los puños. Siento de repente un sabor metálico en la boca. Es entonces cuando me doy cuenta de que estoy mordiendo la parte interior de mi mejilla. Sacudo la cabeza de manera casi imperceptible y vuelvo a clavar la mirada en los claros ojos de Sergio.

—A las seis. En el despacho de Oliver. No hagas que me arrepienta antes de tiempo.

Sin darle oportunidad para responder, quito el freno de mano y piso a fondo el acelerador. Escucho cómo chirrían las ruedas sobre el frío asfalto y, de fondo, a Sergio, que maldice mi rápida huida.

Mi corazón late tan deprisa que no sería capaz de tomarme el pulso si lo intentara. Es la primera vez en mucho tiempo que siento una chispa de adrenalina recorrer mis venas y, de repente, soy consciente de que mis dedos no paran de tamborilear sobre el volante, siguiendo un ritmo inventado y nervioso. Detengo su movimiento al tiempo que freno el coche en un semáforo en rojo, y me dedico por unos segundos a observar mis uñas. Recuerdo los días en los que el simple hecho de tener un pellejo descontrolado o la manicura imperfecta me volvía loca. Y, ahora, no solo no las tengo pintadas, sino que, además, están mordidas y desniveladas. Si Noa las viese se llevaría las manos a la cabeza.

El sonido del claxon me saca de mis pensamientos. Suspiro y vuelvo a poner el coche en marcha, reanudando el camino hacia mi apartamento. Me paso el resto del trayecto pensando en Sergio, y en que es la primera persona que ha conseguido que acceda a salir de mi piso para algo más que para ir a ver al inspector Ruiz. Aunque haya sido solo para que me deje en paz.

Las puertas de mi garaje me reciben de la forma habitual y espero pacientemente a que terminen de abrirse por completo para introducir mi deportivo en su plaza correspondiente. Tardo unos minutos más en, finalmente, apagar el motor. Resoplo, cansada. En mi antiguo apartamento tenía un garaje para mí sola y podía dejar el coche donde quisiera. Pero fue mi decisión mudarme después del accidente.

Observo mi reflejo en el viejo espejo del ascensor que me transporta hasta mi piso. Mi mirada recorre mi rostro y mi cabello, ahora recogido en una desordenada coleta que casi alcanza mi cintura. Levanto el brazo, llevando mis dedos hacia mi mejilla, y la acaricio lentamente. Siento la piel seca y acartonada, lo que, junto con las ojeras que adornan mis ojos, me da un aspecto casi de muerta viviente. Llevo la punta de los dedos a mis labios y los rozo suavemente. Instintivamente, esbozo una sonrisa triste y falsa que provoca que las grietas que deterioran mi boca se abran y me causen un dolor al que ya me he acostumbrado.

El viejo ascensor emite un breve sonido al llegar a la última planta. Cuando las puertas se abren, una sonriente anciana me recibe desde el descansillo.

—Buenas tardes —me saluda, a la vez que se introduce en el ascensor. Nuestros brazos se rozan unos segundos al cruzarnos y el fuerte olor de su colonia penetra en mi nariz, recordándome por un momento los días que pasaba en casa de la abuela de Diego—. Que tengas un buen día, preciosa.

—Igualmente, Isabel —me esfuerzo por esbozar una sonrisa que corresponda a la de mi amable vecina, pero estoy segura de que es capaz de percatarse del dolor que se esconde detrás de ella. Al fin y al cabo, esta situación no es nueva para ella.

—Y dile a tu chico que la comida huele genial, a ver si sobra algo y puedo probarlo yo después.

Las puertas del ascensor terminan de cerrarse antes de que me dé tiempo a reaccionar a sus palabras. Siento como si todo mi cuerpo se helara y noto cómo una gota de sudor frío recorre mi espalda. Mi respiración se acelera y, rápidamente, me dispongo a buscar desesperadamente las llaves del apartamento. “¿Chico? ¿Qué chico?”. El corazón me da un brinco cuando la posibilidad de que Óscar haya encontrado mi refugio cruza mi mente. O peor: Javier. Un gemido de desesperación escapa de mis labios, y no es hasta que mis dedos atrapan el frío metal del llavero cuando dejo escapar un imperceptible suspiro de alivio. Y, entonces, cuando consigo introducir la pequeña llave en la cerradura, me percato del delicioso olor a boloñesa que envuelve el edificio.

—Hugo —susurro, entre aliviada y confundida a la vez.

Giro la llave lentamente hasta que escucho cómo la cerradura se abre, y procedo a deslizar la puerta, despacio. El vacío salón me recibe, y echo una rápida ojeada antes de adentrarme en él. Busco con la mirada algún tipo de pista que me ayude a entender qué hace alguien en mi casa, pero no encuentro nada importante salvo el olor que se desprende desde la cocina.

Escucho con atención el sonido de los utensilios siendo usados, y me doy cuenta de que es la primera vez que han sido sacados de los cajones desde que llegué a este edificio.

Me detengo unos pasos antes de llegar a la puerta de la cocina. Está cerrada, pero la luz llega hasta mí a través del traslúcido cristal, sin dejarme ver más que una oscura silueta tras ellos. Trago saliva antes de girar el pomo y abrir la puerta, tan despacio que creo que el tiempo se ha detenido por completo. Tan silenciosamente que creo que puedo escuchar cómo explota mi corazón.

—Hugo.

El sonido de mi voz provoca que se sobresalte, lo que causa que Hugo deje caer al suelo la cuchara de madera que empuñaba en su mano derecha. La salsa de tomate rompe la pureza del frío mármol de la cocina.

—Natalia —noto cómo cada vello de mi espalda se eriza al escuchar mi nombre brotar de sus labios, en un susurro tan mudo que por un momento pienso que es fruto de mi imaginación—. ¿Qué haces aquí? Pensaba que Oliver

—Como que qué hago aquí —toda mi timidez se esfuma de inmediato, como si hubiera despertado de una ensoñación. Aprieto mis puños con fuerza, enfadada. ¿Es que Oliver le ha llamado?—. Será qué haces tú en mi casa. ¿Cómo has entrado?

Hugo se da cuenta de mi cambio de actitud y comienza a agacharse muy lentamente para recoger la cuchara del suelo. Mi mirada no deja escapar ningún movimiento de su cuerpo, y me estremezco levemente cuando mis pupilas se encuentran con las suyas.

—Solo he venido a hablar, no era mi intención asustarte. Es más, creía que…

—Pues podrías haberlo pensado antes de colarte en mi casa, ¿no crees?

Esboza una pequeña sonrisa ante el tono acusador de mi voz. Comienzo a sentir una gran presión en el pecho. Mis pulsaciones se aceleran e, inconscientemente, mis dedos aprietan con más fuerza la palma de mi mano, hasta el punto de que noto las uñas clavarse en mi piel.

—He intentado llamarte —da un paso al frente, pero se detiene al ver que yo echo el cuerpo hacia atrás, alejándome de él como un animal asustado. La mueca de angustia que esboza provoca que las lágrimas comiencen a acumularse en mis ojos. Aprieto los dientes con fuerza. Necesito controlar mis emociones—. Natalia…

Con cautela, vuelve a intentar acercarse a mí. Esta vez no me muevo, pero mi respiración se detiene. Nuestras miradas se mantienen clavadas la una en la otra. Pasan varios segundos hasta que da el siguiente paso, no sin antes tantear mi posible reacción. Le tengo tan cerca que su olor natural ha conseguido sustituir al de la comida.

Con una profunda inhalación, me permito el lujo de disfrutar de su aroma una vez más. Ese que he echado en falta más de lo que he podido admitir últimamente.

—Te echo de menos —susurra, a centímetros de mí, pero sin llegar a tocarme. Suspiro a la vez que una lágrima que escapa de mis ojos empapa mi piel a su paso.

—Hugo…

—Echo de menos cómo me hacías sentir —cierro los ojos. Puedo percibir su aliento en mi frente, e incluso intuyo cuándo traga saliva. Yo sigo sin moverme, totalmente petrificada—. Vuelve conmigo.

Es entonces cuando eleva su mano para alcanzar mi rostro. Mis ojos se abren desmesuradamente cuando sus dedos rozan mi piel y, como si me hubiera alcanzado un rayo, retrocedo con brusquedad hacia la pared, hasta que siento que los azulejos sostienen mi espalda. Hugo me observa sorprendido desde el otro extremo de la cocina.

—No —tartamudeo, alterada.