Portada

 

AQUEL DILUVIO DE

OTOÑO

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Colección: Narrativa Nowtilus
www.nowtilus.com

Título: Aquel diluvio de otoño
Autor: © Carlos Andrade Caamaño

Copyright de la presente edición © 2007 Ediciones Nowtilus S. L.
Doña Juana I de Castilla 44, 3o C, 28027 Madrid
www.nowtilus.com

Editor: Santos Rodríguez
Coordinador editorial: José Luis Torres Vitolas

Diseño y realización de cubiertas: Andrade Asociados
Diseño del interior de la colección: JLTV
Maquetación: Claudia Rueda Ceppi

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

ISBN 13: 978-84-9763-459-5

Libro electrónico: primera edición

 

A Teresa Beteta que siempre me animó a escribir,
a mis hijos; y a mi hermano Vicente Gómez.

ÍNDICE

PRÓLOGO


PRIMERA PARTE


Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V


SEGUNDA PARTE


Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

 

Siempre he deseado agradar. Me ha dolido siempre
la indiferencia ajena. Huérfano de la fortuna tengo,
como todos los huérfanos, la necesidad de ser
afecto de alguien. He pasado siempre hambre de la
realización de esa necesidad. Tanto me he
adaptado a ese hambre inútil que a
veces no sé si siento necesidad de comer.

PESSOA

PRÓLOGO



Hace unos años, cuando Carlos Andrade me leía algunos fragmentos del borrador de su novela ambientada en Nublos, el pequeño pueblo gallego bañado por el melancólico río Lágrimas, yo seguía aquella historia poniendo atención sobre todo en sus personajes y asumiendo sin problemas aquel lugar del norte de España para mí desconocido. Nublos se me antojaba pequeño, agrícola, hambriento y lluvioso. Era como tantos otros pueblos gallegos de la posguerra, un paisaje emboscado por el infortunio. No podía haber nombre más propicio para aquel enclave ni bautizo mejor para aquel río.

Así, durante mucho tiempo asumí que era mi ignorancia topográfica lo que permitió que cayera tan fácilmente en la trampa de su existencia, que me rindiese a la nitidez de su paisaje y a la lluvia pertinaz que iba lentamente llenando de nostalgia y ensueño aquel territorio tan gallego. Pero no era mi ignorancia —o no solo…— sino la convicción y el ímpetu con que Andrade había creado aquella suave orografía por la que discurre la vida de sus personajes, hasta otorgarle el derecho a existir como otra comarca cualquiera. Y es que la sofisticada persuasión que requiere una novela no puede cumplirse si en el creador de ese mundo no hay un intenso fervor y una gran convicción acerca de lo que nos está contando, como ocurre con esta novela. Como sabemos, ello responde a un conocido axioma literario: si el narrador no se cree lo que cuenta, el lector tampoco se lo creerá. Por eso las buenas novelas suelen contagiar ese entusiasmo del narrador hasta el punto de que los lectores terminan persuadidos, entregados sin paliativos a esa certidumbre engañosa en la que se enredan página a página: ganados por esa blanda fiebre es que se produce la necesaria suspensión momentánea de nuestro raciocinio para adentrarnos sin problemas ni objeciones en una buena ficción narrativa.

Debido a ello, Aquel diluvio de otoño es el tipo de novela que suele gustar a quienes exigen de la literatura algo más que un pasatiempo, o en todo caso un pasatiempo que a la vez sea inteligente, arduo y a veces áspero. No porque la novela resulte difícil o enrevesada —al contrario— sino porque demanda una total complicidad por parte del lector, una postura alejada de la indiferencia, una implicación que su conjunto de personajes reclama como carta de ciudadanía.

La historia del pequeño Orestes y la del boxeador Bruno Broa, la trágica vida de Chuco Lagoa o la del catedrático Manuel, así como la de los demás personajes, se va convirtiendo paulatinamente en un retablo que se nos antoja inexplicablemente familiar y conocido, probablemente porque las muchas historias que se entrecruzan y se bifurcan una y otra vez están llenas de entusiasmos, melancolías, derrotas y triunfos —el material del que se compone la vida— o quizá porque todos ellos han sido rozados en algún momento por el ángel del infortunio y sin embargo alcanzan a salvarse casi postreramente gracias a esa callada obstinación con que alguna gente enfrenta su destino: todos los moradores de Nublos y alrededores participan así de un vínculo intenso y oscuro que arroja sobre los lectores la certidumbre de su existencia, de sus secretos y de su pasado: se vuelven reales y tangibles no solo porque están bien contados sino porque de alguna forma nos vemos vagamente similares, de alguna manera parecidos a cualquiera de ellos. Ciertamente, Aquel diluvio de otoño no es una novela de la que se sale indemne. Pero creo que eso es precisamente lo que nos ocurre con las buenas ficciones: permanecen enterradas en lo más hondo de nosotros durante mucho tiempo.

Jorge Eduardo Benavides



Madrid, agosto de 2007

 


PRIMERA PARTE

I

Conocí los sudarios habitados y las bujías del dolor.
ANTONIO GAMONEDA



La luz entraba como un cuchillo por el nido de araña del ventanuco roto. El haz proyectaba en el crío la telaraña a veces deslucida por el ardor del fuego. Afuera se oían los llantos de las plañideras y las nubes enlutaban el claror del día.

Tenía los codos sobre las rodillas y las manos encajadas en la cara. Parecía que aceptase toda aquella penalidad como si de un destino ajeno e indiferente se tratara. De pronto un rayo alumbró la era. Entonces, los meñiques golpetearon el entrecejo y el viento azotó duramente los hilos de la telaraña. Todo lo peor de aquella hacienda, antaño esplendorosa, se le vino encima como si fuera un corrimiento tierra, comentábamos en la taberna.

Dejó de tamborilear. En la casona principal arreciaban los llantos, los vecinos se asomaban, se oían pésames, te acompaño en el sentimiento… Con el pie apartó el librejo de estraza y llevó los dedos menudos como fideos a los troncos de atizar la hoguera, que nunca debía dejar de arder, ya le habían advertido. Pronto vendrían a coserle el botón del luto. Añadió leña al pote y miró con desdén lo que le acompañaba en el derrumbe: el escudo de piedra en el rincón que ahora servía para sentarse a desgranar maíz. Emblemas, blasones familiares, toda aquella panoplia inútil y rota que para qué serviría. No pudo evitar una mirada rápida al armatoste arrimado a la pared, que estaba envuelto en unas mantas viejas. Se puso nervioso: un tirante cruzado, el otro caído, tenía nueve años aún no cumplidos y casi había aprendido a leer y a escribir antes que a mamar.

Escondió en la albarda el diario de estraza y merodeó alrededor de aquel trasto; tocó con la mano la manta zarrapastrosa. De la grima dio un respingo y se revolvió como la manivela de un molinillo de café. Un sudor frío recorrió su cuerpo flaco. Con la abundancia que tuvieron en aquella casa, coño, repetía Che, el tabernero, entre copas, carraspeos y el ruido de las fichas de dominó al golpear contra la mesa.

Orestes no se dio por vencido. Llevado por la curiosidad levantó una esquina de la manta atada con trozos de cordel anudados. Nervioso, tocó la madera, tanteó los clavos, tragó saliva. Estaba dispuesto a saciar la curiosidad que le despertaba el tétrico cajón aunque vomitara el corazón por la boca. El agua del pote comenzaba a hervir; cogió el banquito y lo acercó al torvo artilugio para ver qué era el bulto que sobresalía del resto del cajón. Ya puesto, desató el cordón, aún quedaba tierra de la última vez. Era una cuerda recogida, que con maestría marinera enganchaba una espoleta que abría los cerrojos de las compuertas y tiraba el muerto a la tierra como los reos de un cadalso. Con los buenos entierros que se hacían en esta familia, Alfonso, comentamos en el último entierro, con el ataúd vacío de regreso a casa.

Mientras Orestes desafiaba al tiramuertos, llegaba por la carretera la diáspora de hermanos emigrados por esos mundos de Dios. Venían con sus atillos de ropa bajo el brazo, despeinados después de varios días sin dormir en algún vagón de tercera. Tenían los brazaletes de tela negra cosidos en las mangas de anteriores ocasiones y ellas habían sacado del baúl el percal de riguroso negro.

Frente a la casa abierta de par en par se arremolinaban los de la aldea para recibir a la bandada de negro plumaje que regresaba al nido, al palomar desde donde volaron para ser libres al fin; sí, libres pueden ser los hambrientos, los tocados de muerte, con ojeras negras y cuencas socavadas como nichos, y las caras trémulas y ajadas como mendrugos de pan. Así se compadecía el catedrático don Manuel mientras permanecía asomado al ventanal de la taberna.

Estaba Orestes embobado, con la mirada extraviada en algún lugar indefinido del cielo, cuando entraron a coserle el botón. El viento seguía castigando severamente la casa de la araña y del fuego apenas quedaban unos rescoldos de luciérnaga. La criatura puso el pecho estoico, apretó los dientes y miró al tiramuertos: No te atrevas a llevarte a mi madre.

Con el botón negro bien cosido al jersey observaba cómo los otros se iban hacia la pared y terminaban de desempaquetar el ataúd. No te quedes mirando y echa una mano, le ordenaron aquellos hombres que al parecer eran hermanos suyos. Vaya vida, me falte el cielo, nunca pudo ver a sus padres y sus doce hermanos sentados en una misma mesa, se lamentó Alfonso Mendes, buen amigo de la familia, apurando el último trago de orujo en la taberna de Che, antes del entierro.

Distraído siguió a sus hermanos que llevaban el tiramuertos desde la palloza a la casa principal. Una atmósfera plomiza apelmazaba el velorio, entre tabaco, lamentos, toses y lloros. Por las ventanas refulgía un sol traicionero. Señuelo absurdo, murmullos inútiles, ora pro nobis, Virgen Concebida, ora pro nobis. Los quince misterios pesan como losas en la densidad sofocante. Orestes con los ojos revirados observaba pulular a presuntos hermanos. Va, viene, confunde a unos y a otros que van a besarlo. Con la bocamanga limpia besos desconocidos de Suiza, Alemania y Argentina:

—Yo no soy Emilia, soy Ausencia —Orestes miró el lunar que su hermana tenía en la frente. Era redondo, negro y abombado como su botón y por un momento no supo qué decir.

—Pues usted me perdonará —respondió el niño a la hermana irritada por la confusión—. Siento mucho la muerte de su esposo, sobre todo por la niña Finita.

Ausencia, contrariada, apartó de mala uva al chaval y le dijo:

—Yo ni estoy casada, ni soy la más vieja, vaya con el crío.

Fastidiado se llevó las manos a los bolsillos, le daba un poco de miedo el lunar negro de Ausencia y para distraerse se puso a contar pasos: punta, tacón. Otro que le besaba. ¡Qué hastío! De buena gana hubiese ordenado parar ese tiovivo. Uno, dos, tres, cuatro… Se puso a contar hermanos. Uno, falta uno. ¡Trece! Se golpeó el pecho. ¡Faltaba yo! Satisfecho rondó por la casa fingiendo desprecio por los ay, Dios, no te lo lleves que era muy bueno, devuélvenoslo que deja mujer y niña.

Acorazado paseaba por el comedor donde se velaba al muerto, luego salió decidido a la cocina en busca del viejo diccionario que le había regalado Manuel. Otra vez, frente al tiovivo aquel, se acomodó debajo del alfeizar de la ventana que daba a la carretera, muerto, óbito. ¿Qué tal, hombre? Seguía entrando gente. ¿Y el trabajo? El niño levanta la cabeza, el índice en las definiciones.

—¿Y en el país? ¿Os tratan bien?

—Nos tratan —…deceso, duelo—; ahora que… la comida no será la misma, se come y se ahorra.

Cerró el diccionario, se tapó los ojos hasta cegarse la vista.

—Compadre, que siempre nos tengamos que ver en estas, coño, la leche jodida, hombre, cuánto lo siento.

Una imagen en borrilla. Besos, caricias, cruces, bandas negras en las mangas, velos empañados. Minúsculas oquedades de lágrimas en el aserrín.

Cómo seguir fingiendo, cómo no atosigarse con aquella monótona secuencia, pensó mientras los porteadores se cercioraban de que los cerrojos del fondo del ataúd estuviesen echados. Muerto al hombro, las plañideras aumentaron la cadencia a la salida del cadáver. Los efluvios del anís alcanzaban las cotas más altas. Cierto que el cansancio de las noches en vela acentuaba el decaimiento, pero en ningún lugar de Nublos se lloraban mejor los entierros que en la casa de los Lagoa.

El crío llevó el diccionario hasta el carcomido estante y aunque el jolgorio amargo no le afectaba se metió debajo del hueco de las escaleras. Acurrucado contra el baño de la sal de matanza, enterró los dedos en los oídos, un hilillo de sangre se escurría por una oreja. Tenía los ojos cerrados y los dientes castañeaban. La cabeza vibraba de pura tensión. No le afectaban las emociones, ni los llantos, él sí que era un héroe, le decía a veces al catedrático.

Con las palmas en las orejas para aliviar el dolor de oídos se acordó de Finita. Luego se limpió la sangre de los dedos en aquel jersey que le tenían reservado más para funerales que para fiestas y acobardado sacó el cuerpo fuera. ¿Dónde estará Finita? ¿A qué casa la habrán llevado para que no se entere de que es huérfana?, pensó a la carrera aterrorizado por que los ojos de su hermana Angustias, verdes y grandes como un estanque, le echasen de menos.

Alcanzó al cortejo fúnebre en la taberna de Che: vacía de entierro, gallinas picoteando en el barro, toneles arrimados a la pared. Las nubes amenazantes volaban bajas y negras y el sol se había ocultado. Soplaba Levante y la punta de los rizos encaracolados se le metía en los ojos. Orestes los apartaba. Cómo me asedia todo, pensó. Se desvanecía, mientras el viento arrancaba de raíz matas y flores viejas que luego vagaban libres. ¿Cuándo alcanzaré ese espacio libre del que me habla Manuel?, pensó mientras caminaba tras el cortejo fúnebre que ya entraba en las corredoiras que llevaban al cementerio. Los dedos de los pies, encogidos, sufrían con aquellos zapatos de fiesta que le quedaban patucos. El viento azotaba las veredas, ortigas y zarzas, y amenazaba la estabilidad del tiramuertos de ida y vuelta en los altibajos de la senda.

El cura no dejaba de apremiar: Dense prisa, puñetas, que no tengo todo el día. El llanto fácil y el verdadero se confundían con el ladrido de los perros presos en los cepos y el relincho de una yegua descarada. La comitiva se apiñaba en los estrechos y las espinas se enganchan en la ropa mientras la luna tímida madrugaba alta detrás del campanario que chorreaba sudarios de musgo. No, si nos dará la noche, volvía a lamentarse el clérigo, al tiempo que sacudía con desprecio el agua del calderillo. Lágrimas verdaderas, otras, producto del orujo y el anís, se enterraban en el albero.

Una señora gorda, hoz en mano, segaba hierba enseñando a la luna el trasero bien hermoso; otra, hija o nieta, se agachaba ajena a coger nabizas para el caldo. Al ver pasar a la comitiva, tanto la hija como la nieta se persignan, mientras que la vieja, bautizada en entierros, sigue segando.

Orestes miró al cura y pensó que menudo ser tan despreciable. Los zapatos le recuerdan que nada permanece inalterable. Dios qué dolor de pies, se quejaba, las costuras a punto de reventar.

Llegó la comitiva al pequeño cementerio cubierto de ortigas. Hiedras perversas y otros malditos matojos se alimentaban de viejos marineros de la costa de la muerte; hombres de mar que volvieron secos como la sal del Gran Sol, como el tío Antón, peón caminero, campesinos coceados, parturientas de montes… Y Lagoa, muchos Lagoa criando malvas grandes como eucaliptos.

Orestes miraba abstraído a su madre Milagros llorar cansina apoyada en sus hijas. Rozó una ortiga. Las inmediatas ronchas sobre la piel granate y los picores sustituyen al dolor de pies que le producen los zapatos. El cura continuaba apremiando: Venga, venga, que esta humedad me viene muy mal para la artrosis. Y tú Milagros deja de llorar que no me dejas terminar el responso.

Colocaron el tiramuertos. Dieron un tirón seco, sincronizado, de la cuerda que accionaba la espoleta y se abrió la trampilla. Como un pesado fardo cayó el muerto a la tumba, levantando un montón de polvo. Luego cerraron la trampilla, y después de darle unos puntapiés para sacudirle el barro, apartaron el armatoste y los asistentes fueron tirando puñados de tierra a la fosa.

—¿Por qué tirarle tierra al muerto si luego se va hartar, Alfonso? —protestó Orestes fuera de sí.

Su hermana Angustias, pequeña pero decidida, tachó de irreverente tal pregunta y delante de todo el mundo le enmendó la plana con una paliza del once. Qué grima ver cómo le cae la tierra en los ojos, qué indiferencia les merece todo esto, qué desprecio.

—Hubiese seguido de tener el diccionario a mano —comentó Alfonso Mendes de regreso a la taberna.

El enterrador miró al niño:

—Eh, chaval, tú que eres muy resabio, ¿quieres que le ponga algo en la tapia de la fosa? El cemento aún está fresco.

—Que perdone a todos los que le cegaron con tierra los ojos.

—Eso es muy largo.

—Pues ponga: Hoy queda una tumba menos para cavar la mía.

—¿Tan pronto piensas morir?

—No, porque quien lo firma es usted.

El enterrador, enojado, dibujó una cruz endeble con la punta de la paleta.

—Pues te digo una cosa: niño refranero, niño puñetero.

El chaval se quedó plantado en medio de la nada que era todo aquello. El enterrador recogió los implementos y restos de arcilla y agregó:

—Ale, niño, que esto no es un parque y voy a echar el candado.

Echó a caminar, se preguntó quién querría robar un muerto y se tiró a la carrera. El zapato descosido, los dedos como un perro con la lengua fuera. Se sacó los zapatos y los tiró a un patatal, sin perder de vista a la comitiva con el tiramuertos vacío al hombro. A ver cuándo abren un camino, me falte el cielo, se lamentaba Alfonso. Orestes apretó el paso: parecía un tullido escapado de una de película de Buñuel. Descalzo sorteaba guijarros. Virgen de los Inocentes, la que le iba a caer cuando Angustias le echase la vista encima de aquellos pies sin zapatos.

Alcanzó la carretera general, atrás quedaba la taberna y la casa del sastre: la acera de cemento, la moto apoyada a la pared junto al reluciente coche del cura don José con el motor en punto muerto. Un acelerón imprevisto le violentó; el cura había puesto el vehículo en marcha y el niño corrió a toda mecha, no se fiaba de aquel cura destripaperras, así lo matasen. Corre, neno, que el Garbanzo negro es capaz de aplastarte, le gritó desde la era Cheo el capador, e inició la carrera hasta el portalón de la hacienda.

Aún resonaba en el cielo el sonido de la palas, su madre Milagros se secaba las lágrimas y Angustias no había terminado de descalzarse cuando el coche se detuvo delante de la puerta de los Lagoa. Los hombres, una vez tapado el ataúd, marchaban a la taberna a limpiarse el polvo del gaznate y Ausencia se quitaba el velo dejando al descubierto el lunar oscuro como un lamento. Orestes se hizo a un lado de la puerta para dejar paso a aquel mocho negro, asesino de perras, y le despreció con la mirada.

—Vengo a cobrar, Milagros —tenía la sotana cogida para no mancharla de barro y la faltriquera colgaba tiesa llena de dinero.

—¡Pero, don José, qué pronto ha venido usted! Yo le prometo que el primer dinero que entre en esta casa es para pagar a la iglesia. Ruegue por nosotros, don José, en menos de tres meses, bien lo sabe Dios que habrá cobrado usted.

Milagros lloraba de vergüenza en presencia del niño, quien apretaba los dientes y maldecía al cura aquel que atropelló a su perra y nunca se paró a preguntar por su madre enferma.

—La próxima vez me advierten de que me van a pagar a cachos, que gasto más en gasolina de lo que cobro por el entierro.

Milagros, con la nariz roja de tanto pañuelo, sucumbía ante la autoridad con las manos puestas en su maltrecho corazón. Orestes se abrazó a Milagros y sollozó con la cabeza apoyada en las nalgas.

—Don José, repatriar al muerto nos ha dejado sin una perra, sepa usted que desde que el cartero llegó con el telegrama, hemos empeñado hasta los ojos para traer al muerto de Suiza aquí —Milagros dejó caer el pañuelo y se apoyó a la pared. Con los antebrazos se tapaba el rostro, para no sufrir más vergüenza.

El cura lanzó un escupitajo al suelo, mientras murmuró protestando de camino al coche:

—Que no tengo yo tiempo que perder, que a vosotros os lo dan todo hecho.

Los vecinos asomados a las cercas contemplaban enmudecidos la escena.

—Si al final, la iglesia tendrá la culpa de dónde muere la gente —se cargó de razón el clérigo camino de su escarabajo de importación—. Y vosotros, ¡qué miráis!

—Márchese, maldito Garbanzo, vaya a preñar niñas y deje a mamá en paz, demonio disfrazado con sotana.

El cura enojado se recogió la sotana y subió al coche. Caía una cortina de agua que lo enfangaba todo y las nubes negras tapaban con desprecio el repintar del arco iris.

—Tú, no tardando mucho, te veré en un reformatorio —le amenazó el cura con el puño fuera de la ventanilla—. Pero antes, juro por el Altísimo que te he romper la boca, loco cabrón.

Al fin arrancó el cura que un aciago día le destripó a la perrita Nieves en los límites de la cuneta. Nunca sabremos si fue un accidente u odio que el Garbanzo le tenía al niño por ser amigo de don Manuel, el catedrático. El niño se quedó mirando cómo se alejaba el automóvil blanco de importación. Tenía los puños apretados. Un viento furibundo amenazaba con arrancarle la cabellera mientras, en el ventanuco roto, el nido de telaraña roto flameaba a merced del temporal.

2

Los chavales se habían acomodado sobre un tálamo de hierba seca para el invierno para ver uno de los entrenamientos del hijo de Lagoa: las venas de los bíceps, como sogas varicosas a punto de desgarrarse, se estiraban y contraían ante los ojos alucinados de los niños. Unos dorsales como los arbotantes de la catedral de Santiago, brazos como nervaduras y hombros semejantes a los brocados del pórtico de la gloria. Mirad qué abdominales, señaló Liborio el cartero y todos admiramos aquel cuerpo cincelado, parecido a una enorme concha de tortuga que brillaba sudoroso con el sol.

Desnudo de cintura para arriba, había pasado por delante de la taberna con la chiquillería detrás de aquellos cuatro jamelgos ruinosos, mientras Benedicto Lagoa cantaba a voz en grito con las venas del cuello infladas y una nuez en la garganta grande y puntiaguda: Yo no maldigo mi suerte, porque minero nací, y la cuadrilla de chicos le hacía el coro como en aquella película de Antonio Molina. Me falte el cielo si no se está poniendo cuadrado, murmuró Alfonso Mendes, calándose la boina y el resto, aparte de coincidir, aprobaron que Benedicto Lagoa era un gran chaval. Orestes siente una devoción casi mesiánica por Benedicto, precisó don Manuel con aquella voz suya tan celestial, mientras se ajustaba la pajarita.

En aquella tarde de domingo de julio un sol aliviador se posaba sobre los girasoles amenazados por las lluvias de un invierno largo y las crecidas del río. Así, mientras los de la taberna dábamos cuenta de unas copas de caña, las mujeres sacaban los colchones a orear, y los chavales aprovechaban para acercarse al río Lágrimas.

—Qué va, hombre, en esa casa ya solo queda ruindad — matizó el sastre el comentario optimista de Che, el tabernero, quien murmuró que los Lagoa ya iban saliendo a flote.

A continuación, Adolfo el sastre repuso que a él no le gustaba criticar, pero el libro de fiado lo tenía lleno de renglones con las deudas de Lagoa. Dónde iba que el viejo Chuco no le encargaba un traje, se molestó el sastre.

Liborio se fue a cocer el pan y el sastre aprovechó para, misteriosamente, preguntarnos si sería cierto que el cartero se vestía de noche con los sayos de su madre, y si nos habíamos dado cuenta de cómo había mirado los abdominales del hijo de Lagoa al pasar. Don Manuel dijo que era una costumbre muy fea hablar de quien se va, y de acuerdo con el don nos acercamos al río. Sabíamos que Benedicto aprovechaba las tardes de domingo para perfeccionar la técnica de boxeo, entrenándose lejos de la mirada admonitoria de su padre. Mientras Chuco Lagoa viviese, ninguno de sus trece hijos se encerraría dentro de doce cuerdas a pintar el payaso, ellos eran ganaderos, me cago en la tierra colorada.

Un sol redondo como una hostia enorme lucía alto. Olía a hinojo y las gramíneas, al refulgir, entubaban los pelos largos y ensortijados de Benedicto como luces en un cuadrilátero. Los niños jaleaban, Lolo Vasques, Lamprea, el talludo de Bienvenido, un mocetón que ya se las había tenido tiesas con el cura. También estaba Orestes, quien no le quitaba ojo a su hermano. Observadlo, parece venerar a un Dios, nos señaló don Manuel según estábamos llegando. Efectivamente, así lo parecía. Orestes estaba de rodillas sobre un diccionario, regalo del catedrático don Manuel, con las manos entrelazadas y los ojos entornados para esquivar el fogonazo solar. Miraba a Benedicto ajeno al jolgorio de la chiquillería, y no dejaba de jalear a su hermano:

—Ataca Benedicto, con la izquierda, dobla de derecha.

Lagoa con la guardia alta, era un boxeador a la antigua usanza, aguantaba las andanadas de Bienvenido, que no era mal tipo, pero había tenido una vida adversa y con poca edad ya había pasado por la sombra. Eran épocas de ordeno y mando, de sable y cáliz…, a callar.

Después de unos asaltos de calentamiento, Benedicto cogió un saco y bajó al meandro para llenarlo de arena. Bienvenido encendió un cigarro y le siguió para ayudarle. Entre los dos subieron el saco y lo colgaron de un álamo. Un cruce de navajas brillantes y afiladas se colaba por el enramado. Las moscas revoloteaban alrededor de la boca abierta de Orestes, y abajo en la aldea se oía el canto de los gallos y a las madres llamar a los niños. Una brisa suave comenzaba a cimbrear los eucaliptos.

—Vamos a bañarnos.

Orestes ni apreció el golpe de Lolo en el hombro para que se metiese con él al agua. Distraídamente espantaba las moscas de la cara, sin apartar la mirada de su hermano. Benedicto había empezado a vendarse las muñecas con aquellos trapos, que eran cualquier cosa menos vendas. El niño mantuvo la cabeza ladeada mientras unas velas como cirios le caían por la nariz, sin perder de vista al aspirante a boxeador. Don Manuel, inquieto, le preguntó si quería irse a casa: Orestes, venga, ven. Todos nos miramos. Al catedrático le preocupaba la atención que el niño ponía. Orestes ni le respondió, se levantó y le acarició la mejilla a Benedicto:

—Déjame ayudarte, Benedicto.

—A mí deben disculparme, tengo una reunión en el Pazo. No te demores, Orestes, tenemos mucha lectura que comentar.

—Sí, maestro —Orestes terminó de vendar a su hermano, le acarició la cara y miró a Manuel, sabía que se marchaba preocupado—. No pase pena don Manuel, tengo casi todo el diccionario leído.

Lagoa armó la guardia, una mirada desafiaba al saco por encima de los puños vendados, y empezó a golpearlo suavemente. A medida que las manos entraron en calor, los jabs fueron más potentes, los ganchos más abiertos y secos. Entretanto Bienvenido se colocó detrás para aguantar el saco: los puños se enterraban en la arena buscando flancos de un rival invisible, y el niño, relamiendo los mocos, no dejaba de mirar, de seguir con veneración divina cada golpe de su hermano. Era demasiado lento, pensó.

Los uppercuts en el saco, el jolgorio de los chapuzones, ninguno vio llegar a Chuco Lagoa.

3

La lluvia no cesaba. Orestes, sobrecogido, protegía la enciclopedia Álvarez, mientras esperaba a que escampase acurrucado bajo el capitel de la vieja capilla, temeroso de que se le apareciesen otra vez las visiones que dibujaba en el diario como carta niña libro Honorio. Sobre el barro trazó una cruz para espantar las apariciones y el mal de ojo.

Se recostó contra los portones. Un baldaquín con barrotes policromados cerraba un pequeño altar de verano. No se atrevía a mirar a Santa Lucía, pensó, así me quede ciego que si fuese buena, no viviría el cura. De inmediato se arrepintió persignándose un montón de veces, mientras el autobús con los refineros, mozos y viejos, alumbraba La General. Faltaba media hora para que la negra Elsa abriese la escuela nocturna y le dio por recordar la última vez que sus padres le dejaron que durmiese con ellos. Fuera, Chuco, fuera. Su padre jadeando encima de Milagros. No seas loco, Chuco, ya tenemos trece. Qué calentito estaba con ellos en la cama. Dentro no, Chuco. Ahora que sabía lo que significaban aquellos jadeos, ya no le dejaban compartir cama. Se puso triste al recordar los pezones de mamá, secos como una castaña asada.

Humeaba la chimenea en la taberna de Che. El viento arrastraba del monte un mundo de onomatopeyas: búhos y zorros rivalizaban en la noche. Recordó el viejo reloj de cuco, a saber cuánto hacía que no piaba; el olor a café con achicoria y la mano de mamá Milagros moviendo cadenciosa la manivela del molinillo. Sí, entonces Milagros aún estaba sana, manejaba el ganchillo y hacía tapetes con la corona de los tapones del vino Savin, que ponía en los aparadores y encima del barril junto con presentes inútiles como la torre inclinada de Pisa y otros menos alegóricos como la torre Eiffel. En la mesa había una muñeca legionaria, regalo de Silvestre, el mayor.

Una niebla lisboeta le fue cercando, el viento parecía susurrar los versos de Antero de Quental, el poeta preferido del abuelo: Dejad venir a mí a los que lucharon/ dejad venir a mí a los que padecen. Era culto y dadivoso, ¿verdad Manuel?, conocía de memoria toda la obra del poeta luso, distinguía el rojo de las amapolas y el corazón amarillo de las margaritas.

—Madre, trabajaré lo que quiera pero deme pecho —imploraba—. Déjeme dormir con ustedes.

—Ya eres muy grande para estas cosas, meu fillo.

El silbido del aire, los recuerdos como gotas secuenciales y el cimbreo de los eucaliptos le llenaron de una nostalgia impía y derrotista. Entonces le vino a la memoria la imagen del abuelo José, cuántos versos rimados junto a don Manuel. De eso nada, Manuel, no es tan superficial como tú lo pintas, coño, discutían el abuelo y el catedrático.

Luego evocó el olor a chocolate espeso del día amargo por Navidades.

—Vaya fechas para morirse tiene tu padre, Milagros —se lamentaba el padre de Orestes, Chuco Lagoa—. Orestes nunca conocerá unas pascuas felices ni un día apacible de tormenta, me cago en la tierra colorada.

—Es tan bello un día de sol como uno lluvioso —ponderó el catedrático con la pajarita negra ladeada, mientras fumaba su pipa en el velatorio.

—Vaya, tiene usted salida para todo, don Manuel —respondía su hermana Angustias, con la frente amplia y erguida como una dama isabelina, mientras Orestes se empapaba como una esponja de la sabiduría del catedrático, entre rezos, lloros y lamentos.

El relincho de una yegua le llevó a pensar en su hermano Severino. Era un día tan lluvioso como aquél. Recordó cómo Severino sangraba abundantemente. Le había mordido la burra Catalina en el moflete, ¿por qué no la dejaba en paz? Violador.

—Tú te callas, poetilla mariquilla.

Un rayo iluminó la colina, se estremeció, le amedrentaba tener una de esas visiones. Luego del trueno vino la calma y volvió a rememorar el día en que la buena de Catalina una vez más había sido mancillada.

—¿Qué te ha pasado en esa cara de lechuga, Severino?

—Me corté segando con la hoz, padre.

—Qué cosas tan raras te pasan, apocado —Chuco Lagoa, movió la cabeza, escupió de la boca un junco remordido, lamentándose por los disparates de su segundo hijo más pequeño—. Ponga cuidado no se vaya a rebanar el cuello.

La lluvia, cargada de arenilla, seguía repicando cansina sobre las campanas de la iglesia que incitaban más al recuerdo. Qué de malo había en que viva de recuerdos, Manuel —se enfurruñaba Orestes—, nada le parece bien. Dibujó una sonrisa al recordar al catedrático y llevado por la añoranza retocó mentalmente la foto de familia de arriba de la alacena. Era de su bautizo. Apretujados como piojos, los más pequeños ni respiraban para salir los trece. Ya no reconocía a gran parte de los hermanos emigrados que enviaban postales, y que su madre ponía encima del barril seco. Un goteo de imágenes interminables: de su hermano Silvestre solo recordaba los galones militares.

Comenzaba a escampar. Una cortinilla densa apelmazaba la luz de la taberna. Iba siendo hora, dedujo, y puso el libro debajo del sobaco. Le gustaba la escuela, estar en soledad, sin que Angustias ni los otros le ordenasen trabajos fatigosos. Pensar, pensar, verdad que no es malo, Manuel. En medio de aquella nebulosa resistente como el platino, las cortinillas de la memoria se abrieron como un teatrito: de qué se iba acordar Orestes, mentiroso, si tú eras muy pequeño, le decían los hermanos, y a Orestes aquello le daba una rabia tremenda, porque se acordaba de todo, de cuando el abuelo ciego ya no iba de maestro a la escuela de Carballo, se persignó. Estaba muy unido a su abuelo, a los contos de Álvaro de Cunqueiro que tan bien contaba.

—Mira Orestiños, no me engañes, ¿digo bien, si estas amapolas son de un rojo más intenso, que las del campo de Manuel?

—¡Sí, abuelo! ¿Cómo lo sabes?

—En la vida, más importante que ver es sentir. Haz caso de este ciego —razonaba el abuelo, mientras el niño le levantaba las gafas ahumadas para cerciorarse de que los ojos del abuelo seguían sellados.

Entonces Orestes le tomaba la mano al abuelo y lo guiaba por el campo para que, con la cabeza ladeada, aspirase hondamente, llenándose de fragancia los sentidos. Y si acaso el aroma dulzón le embriagaba, caso de la rosaleda que había más arriba de la cerca, el abuelo se arrodillaba y le rendía pleitesía platicando con ella un rato.

—Mañana cuando pasemos por aquí, ya verás cómo está de hermosa.

Orestes le tomaba de la mano y le limpiaba las rodilleras de pana marrón.

—Vamos a la batalla —le decía encorvado sobre el bastón, y el niño lo guiaba a casa de Manuel por la vereda que había cerca de los tres caños, donde nacía el río Lágrimas. En el camino jugaba a despistarle, a ver si sabía dónde quedaba el poniente.

—Qué ganas de perder el tiempo, fillo. Si sabes que siempre acierto —afirmaba el abuelo mientras olfateaba—. Mira Orestes, huele este pino. ¿Sientes este olor musgoso y húmedo? Es norte, tiene el sabor inconfundible de los mares.

Una introversión estúpida, tan inútil como morder cantos de guijarros, le llevó a preguntarse: ¡Santa Lucía! ¿Cuántas personas soy? ¿De dónde sale toda esta telaraña de imágenes? ¿Por qué me desdoblo tanto? Giró hacia la santa y le pidió que le asistiese, estaba tan cansado como si tuviese por oficio sujetar los puntales de la tierra. Sintió que desfallecía hasta caer inerte, como le había ocurrido a su abuelo la mañana del adiós. Casi desmayado se dejó vencer sobre el portalón de la capilla. Una imagen borrosa como de una película en blanco y negro, sepia tal vez, se proyectaba en la niebla obscurecida. Caminaban por la era, el niño le había llevado a la cuadra para que hiciese sus necesidades.

—Adiós nieto mío, ya no te doy más la lata.

El viejo se desplomó sobre los matojos de estiércol. Entonces surgieron del cielo como haces encendidos; las nubes se apartaron y los relámpagos descargaron toda su furia contra las rejas del corral de los Lagoa. Las flechas de las verjas quedaron carbonizadas y sobre la tierra se abrió un cráter del tamaño de una fosa.

—¡Abuelo! ¡Abuelo! —Orestes movía los labios, mientras rememoraba el momento en que la tierra se abrió antes sus pies. Tiraba del brazo del vejete para arrastrarle hasta las escaleras del hórreo, donde solían sentarse a comer mazorcas de maíz asadas bajo el pote de tres patas.

Se levantó, tenía la boca pastosa. Con el antebrazo limpió lentamente la enciclopedia. Volvía a lloviznar, olía a eucalipto, a tierra mojada: pequeñas gotas quisquillosas caían del los tirabuzones hasta la punta de la nariz. Pensativo, observó la propias gotas caer al vacío y hacerse añicos como ínfimas vasijas de cristal. Se sentía tan frágil. Solo los cuentos de Cunqueiro, que tan bien contaba su abuelo, le hicieron esbozar una sonrisa mohína: Xose Onega, coñecido por Cerdeira do marco pasouse toda a vida co devezo de ter un loro falador.

A la pérdida del abuelo le había seguido la de la perrita Nieves. Miró hacia la carretera. La chimenea de la taberna de Che se fundía con el espesor de la neblina que lo cegaba todo. ¡Qué frágiles somos!, pensó. Comenzaba a tener frío, a notarse las canillas duras, y dentro de los zuecos de madera notaba los dedos entumecidos. Era tarde, había ensanchado el tiempo en demasía y echó a caminar, poco importaban las llagas de los pies como pompas de jabón, tenía que tirar para delante, pensaba, y solo tenía unos pocos años.

Se limpió las lágrimas y abandonó el soportal. Al fondo del camino renació en Orestes la necesidad de fingir que era un niño como los otros. Quiso silbar y no pudo. Había rebasado las ventanas palilleras del frontal de la taberna, cruzado la carretera general, y apurado el paso hasta la casa de Cheo el capador. Después de pasar la senda que se estrechaba en la panadería de Liborio, vislumbró una luz oscilante. La luz esperanzadora surgía de un candil. Era de Alfonso Mendes que iba de camino a casa de Lagoa a echar una parrafada con Milagros, la madre de Orestes Lagoa. Para charlas estaba mamá, pensó detenido, mientras observaba meticuloso cómo se balanceaba de un lado a otro la luz del carburo: sombras sobrenaturales, casas aumentadas, pinos alargados al final del camino. Alfonso, como cada noche, caminaba para dar algo de consuelo a su madre enferma. Y aunque Milagros apenas salía del cuarto de puerta corredera, Orestes sabía que hablar con Alfonso le sentaba bien. Ya estaba Alfonso en la empedrada cuesta que subía a la casa de Orestes, y el niño seguía con la mirada el bamboleo del candil, como un péndulo de reloj que ponía límites a las conversaciones de Alfonso y Milagros. Nadie distinguiría aquella figura con piel de lobo, pero Orestes sabía que era Mendes por la llama débil. Si le das mucho, el reflejo no te dejará ver, respondía Alfonso cuando le acusaba de miserias.

La senda se oscureció. El camino se llenó de sombras. Pensó en la estantía, en la Santa Compaña, en el hombre orquesta. El Popy, desaparecido nadie sabía dónde, era un idealista según Manuel, que se ganaba la vida amenizando verbenas y siempre tenía líos de cuartelillo. La historia del Popy le tenía intrigado. Por mucho que pegase la oreja a los tabiques para comprender la desaparición del esposo de la cubana, no era fácil hacerse con la historia, no conseguía atar cabos, y si preguntaba, le decían que cerrase la boca. Según parece era hijo de judíos, escuchó en la taberna.

Un trueno le desterró el pensamiento. El crío, como una liebre, rebasó la huerta del sastre, atajó por la de Froilán y saltó la tapia del tractorista. Jadeante, se paró a recuperar el aliento; volvió a levantarse un aire silbón y la bombilla del poste de la escuela, nerviosa, permaneció encendiéndose y apagándose. Será mejor que me apure o me caerá un chaparrón, por llegar tarde a la escuela.

Entró a la escuela por la parte de atrás. Toma este paquete, bromeaban. Eran mozos, algunos ya quintos. Orestes intentaba evitarlos a todos menos a Biembe y a Lolo.

—Vamos, todos a clase, venga esos cigarros, fuera —la cubana ocupó con su voz la oscuridad. Ya no tenía el timbre suave, desde la desaparición del hombre orquesta—. Es la última vez que empiezo la clase y se quedan aquí platicando. ¿Pero qué vaina es esta, chicos? Vamos adentro.

Los alumnos eran tipos rudos de campo y algunos como Biembe ya habían dormido un par de veces en el cuartelillo de Carballo. Orestes pasó el cerrojo al cuarterón de abajo y siguió el pasillo para entrar en clase, mientras los quintos bajaban suavemente el humo a los pulmones para observar cómo el niño entraba sigiloso como un zorro. Los mozos se hacían los remolones y esperaron en el umbral de la clase hasta apurar la última hebra del cigarro: uñas amarillentas, boinas agujereadas, para tirar no estaba la cosa.

—Coño, doña Elsa tiene que regañarle a mi maestro que hoy ha llegado tarde —dijo Bienvenido, señalando al chaval que se escabullía entre los corpachones de los gañanes gigantes como bueyes, mientras en la pizarra ya estaba el Careto: manos callosas, pantalones remendados y los machos de los zapatones bien lazados, por si los lobos.

Biembe tomó asiento y le dijo a Orestes que se pasase al día siguiente para que le ayudase con las lecciones, que iba muy atrasado. Así, de paso, le echaba una miradita a su sobrina Azucena que andaría por casa. Orestes, avergonzado se tapó la cara con el antebrazo mientras la cubana le advertía que ya estaba bien de llegar tarde.

—¿Dónde tienes la cabeza últimamente?

Comenzó la clase. Afuera se oían los truenos y por las ventanas se veían los rayos azulones y blancos como las arterias de su mamá enferma.

—Vamos, hombre, tú mismo, la cordillera Cantábrica, ¿dónde está? —la negra Elsa señaló con el puntero un mapa de España pintado en la pizarra.

El Careto, con su cara de zopenco, se encogió de hombros y se puso a mirar desorientado a toda la clase.

—Venga, hombre, que se nos va la noche.

—Y yo qué sé, yo no la tengo —respondió. Elsa le advirtió que estaban en clase y que no quería toros—. Yo le juro por mi madre que no la tengo.

En la vieja casa las carcajadas se mezclaban con los truenos y el temblar de las ventanas. Orestes enmudecido, nada dijo, se estaba poniendo morado, y además los chistes del Careto no tenían gracia porque el muy burro hablaba totalmente en serio.

Arreció una lluvia tenebrosa. El viento siseaba presagios a través de las ventanas traqueteantes. Las contraventanas rotas se abatían desvencijadas y la escuela entera amenazaba con venirse abajo.

—Caramba, chicos, cómo es que en esta tierra suya nunca para de diluviar —dijo Elsa.

Orestes, estremecido, presentía que iba a tener una de aquellas visiones. Se levantó sin decir nada, agarrándose de mesa en mesa. Su cuerpo vibró como en un ataque epiléptico: un hombre caía al suelo de la taberna entre copas de anís. Tío Honorio, murmuró, llevándose varias sillas por delante.

¿Qué le pasará ahora al poetilla?, murmuraron en la escuela.

4

Resguardó los papeles de la lluvia y pensó con sarcasmo que debía proteger al águila imperial. Quizás tiene más de quebrantahuesos que de águila, pensaba al cerrar la trabilla de la gabardina verde. Proteger el matasellos del águila, quién me lo diría.

Manuel continuó camino bajo la llovizna libre y cadenciosa. Guardó con mimo en el bolsillo un libro de sonetos del pesimista Antero, y siguió preguntándose cuándo cesaría todo aquel despropósito de sables. Disfrutaba de caminar bajo la lluvia, le recordaba los tiempos de catedrático en Santiago, los maravillosos ratos de amor con Fausto. Al final, qué traicionero fue y todo por un buen puesto. Sentía las gotas correr anárquicas sobre la nariz sin ningún ánimo de perturbarlas; hilvanaba pensamientos sobre un mundo manifiestamente mejorable; amaba los días de lluvia y así se lo decía al pequeño Orestes.

Dos bocinazos de ómnibus y se apartó a la cuneta para seguir tranquilamente empapándose de recuerdos y manifiestos. Posiblemente hasta la madrugada no pasaría ningún automóvil más, así que tomó el centro de la calzada para empaparse de la belleza de Nublos. Levantó la cabeza, y siguió camino. Con las gafas empañadas apenas divisaba la taberna. Sí, Manuel, lo hecho, hecho está, ningún ser humano tiene la autoridad de Dios para matar a un semejante, la voz del orden debe detener esa ejecución execrable ante los ojos divinos. Era su alegato contra la sentencia de Grimau. La lluvia caía mansa, débil.

Siguió camino y don Manuel, introvertido, ni se percató de que el escarabajo blanco de importación alemana había llegado a su altura.

—Suba, don Manuel —se ofreció el párroco y tiró de la manija de la puerta.

El catedrático miró a don José el Garbancito, asotanado y con gafas oscuras ahumadas, cara de pimentón, mofletes de mala uva.

—Siga, don José —le dijo, él iba a parar en la taberna. El cura consultó el reloj con pulsera de oro.

—Qué más da que vaya a la taberna, ande, suba que yo le acerco.

Las nubes cargadas de agua y empujadas por el viento, cubrieron el campanario de la capilla y Manuel se caló mejor la boina

—Ande, suba, don Manuel, no sea terco —seguía con la puerta del coche abierta; con la otra mano colocó el portarretratos de imán pegado al salpicadero: tres círculos en acero inoxidable con la inscripción “No corras”. El cura dejó el portafotos con los rostros de su santidad Pablo VI, el Caudillo y su madre Mercedes perfectamente alineados y miró a de nuevo a Landeira.

Manuel respondió que no, que ya terminaba de empaparse. El Garbanzo dio un tirón de la manija enérgico y encajó la puerta, era un pequeño mala leche al que no le gustaba que le contrariasen.

—Venga coño, me obliga usted a decir unas cosas, que Dios me perdone —se santiguó el clérigo: gotas de barro saltaban del suelo al coche, el cura bajó la ventanilla y limpió con la mano el vaho del parabrisas—. No sea cabezota —el cura se limpió con un paño—. Deje de ir por ahí interpretando el pensamiento de Dios, que para eso hay gente más preparada que usted y que yo.

El catedrático analizaba al cura mientras este retocaba otra vez el portarretratos. Luego se ajustó la pajarita y dejó que hablase el silencio.

—Ande, suba —insistió el párroco—. No diga que ha hecho votos de silencio.

La ventanilla permanecía abierta y la cabeza del cura recorrió con desprecio, de arriba abajo, el cuerpo de Landeira, envidioso quizás de su ropa elegante, del aprecio que todo el mundo tenía por aquella mente despierta y libre.

—Siga usted, don José, llevamos caminos distintos —respondió el catedrático y tan fina ironía embraveció al cura que metió primera y arrancó con soberbia poniéndole a Manuel los pantalones perdidos de barro.

Entró a la taberna. El humo del tabaco sobrevolaba las cabezas de los peones camineros como nubecillas filamentosas y el olor se mezclaba en una danza invisible con el aroma delicioso de patatas con bacalao que venía de la cocina. Afuera seguía el agua, qué cansina, se quejaba Liborio, el tres en uno (cartero, panadero y pinchanalgas), al abrir la puerta para dejar el correo mientras, impacientes, los peones camineros metían las narices en las tazas de ribeiro, sin dejar de mirar de reojo a don Manuel y a la mesa con los platos vacíos. A esa la iba a poner yo bien, comentaron al ver pasar a Angustias camino de la casa. Y a los futbolistas los traía yo a cavar cunetas, ya verás si corrían, respondió uno al Ferrolano, que dijo que el Barcelona estaba hecho una mierda. Manuel, silencioso, se quitó la gabardina y fue a sentarse cerca de la vieja chimenea cubierta de hollín. Colgó del perchero el impermeable que humeaba al calor de la estufa y se esmeró en limpiar con la manga el libro con los sonetos de Antero. Vaya si le van a gustar a Elsa. Con el pañuelo se desempañó las gafas.

Por un momento las miradas convergieron en Manuel. Uno que era forastero vaciló que a ver quién era ese predicador anglicano con pajarita y americana cruzada con botones de ancla. Alfonso Mendes le advirtió:

—Tú mejor bebe y calla, o te peino a patadas.

—Ande, don Manuel, quítese la chaqueta, que veo que le atrapa una pulmonía, mire que venirse a pie con la que está cayendo.

Landeira enseñó el diente de oro al sonreír, y siguiendo el consejo de Alfonso, se quitó la americana empapada por los hombros, luego llevó el puño a la boca y tosió seco, ronco. Pidió perdón ante la extrañeza de los peones que ignoraban por qué y se puso a leer los sonetos de Antero, herencia del abuelo de Orestes. Llevaba en el meñique un zafiro, era rubio y de piel blanca y se notaba bien su prosapia aristocrática. Absorto en la lectura, puso el pañuelo en el bolsillo superior de la chaqueta con un movimiento acostumbrado, mientras dibujaba arrugas de asombro en cada soneto.

—Para presumir —dijo Che, pasando la fuente de patatas rojizas con un sofrito de ajo y pimentón picante por delante de las narices de los obreros.

—Muy buena pinta, pero sirve, joder —apremiaron los peones apoderándose de las sillas de la mesa.