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AMADÍS

Amadís

FERNANDO BARTOLOMÉ

Narrativa Nowtilus

Colección: Narrativa
www.nowtilus.com

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Para Isabel,

abnegada presencia

en mis trabajos y mis días.

Para Nico,

hermoso Doncel del Mar,

nuevo Amadís redivivo...

 

Quiero, Sancho, que sepas que el famoso Amadís de Gaula fue uno de los más perfectos caballeros andantes. No he dicho bien fue uno: fue el solo, el primero, el único, el señor de cuantos caballeros hubo en su tiempo en el mundo. […] Amadís fue el norte, el lucero, el sol de los valientes y enamorados caballeros, a quien debemos de imitar todos aquellos que debajo de la bandera del amor y de la caballería militamos.

Don Quijote, I, cap. XXV

Miguel de Cervantes

La guerra es bella porque inaugura el sueño de la metalización del cuerpo humano, desde el caballero andante con sus damas, sus duelos, armaduras y lanzas hasta nuestros aviadores con sus damas, sus duelos, bombas y ametralladoras… Desde Amadís, Orlando o Ettore Fieramosca hasta Richthofen, Baracca o Scaroni.

Prigionieri e vulcani

Filippo Tommaso Marinetti

La época de la caballería ha fenecido; la de los sofistas, la de los banqueros, la de los agiotistas calculadores ha triunfado. Tartufo, el Mentiroso, se pasea por plazas y juzgados.
La Gloria de Europa se ha extinguido para siempre.

Reflexiones sobre la Revolución francesa

Edmund Burke

¿Por qué el Amadís?

Libro Primero

1. En la corte del rey Garínter

2. Nacimiento de Amadís y de quienes fue hijo

3. Los primeros pasos del Doncel del Mar

4. Perión, Helisena y Galaor

5. La princesa Oriana

6. Primeras aventuras de un caballero bisoño

7. Noticias del Doncel del Mar

8. Gaula en llamas

9. En combate singular

10. Hacia Gran Bretaña

11. La investidura de Galaor y sus primeras aventuras

12. El soberbio Dardán

13. En amoroso abrazo

14. Amadís deja las plumas del blando lecho y vuelve a su oficio de caballero

15. El amortecimiento de Oriana

16. El caballero de los leones

17. Donde se vuelven a unir las dos ramas

18. Júbilo cortesano

19. Camino a la Corte de Lisuarte

20. En Vidilisora

21. Adversa fortuna

22. Cortes en Londres

23. ¡Al rescate!

24. Galaor libera a Lisuarte

25. La reina sitiada

26. Briolanja de Sobradisa

Libro Segundo

27. La historia de Apolidón y Grimanesa

28. Amadís ante los prodigios

29. La ira de Oriana

30. Errando entre llantos y florestas

31. Beltenebros, el caballero bruno

32. En busca de Amadís

33. La penitencia de Beltenebros en la Peña Pobre

34. La otra carta de Oriana

35. Desconsuelo en la Corte

36. El triunfo de Beltenebros

37. Placeres y dulzores

38. El triunfo del amor

39. Vísperas de la batalla de los Gigantes o de los Cien Caballeros

40. La batalla de los Gigantes o de los Cien Caballeros

41. De la sanación de don Galaor y los nuevos sufrimientos de Oriana

42. Las profecías de Urganda

43. Amadís contra el mal: Ardán Canileo, el Fiero

44. Mentira y labilidad en la Corte de Lisuarte

45. Donde se multiplican las angustias de Oriana y da fin el pleito de los maldicientes

Libro Tercero

46. Amadís de Gaula

47. Guerra en la isla de Mongaza

48. El niño Esplandián

49. La batalla del Caballero de las Sierpes

50. La frustrada venganza del malvado Arcaláus

51. Infancia y juventud de Esplandián

52. Nuevas aventuras de Amadís

53. La espantable aventura del endriago

54. En Constantinopla

55. La resoluta Grasinda

56. Grasinda, dueña de la hermosura

Libro Cuarto

57. Oriana, señora de la Ínsula Firme

58. La saña de Lisuarte

59. Vísperas de sangre

60. La primera batalla

61. La segunda batalla

62. Haya paz entre los príncipes cristianos

63. La tercera batalla

64. Los frutos de la victoria: concordia y paz

65. Y fueron felices

Un epílogo necesario

Índice onomástico

¿Por qué el Amadís?

El Amadís no fue nunca una obra arcaica. Su texto remozado, reelaborado y refundido tuvo la frescura de estar siempre al día y mantuvo durante siglos su popularidad. Sin embargo, el paso del tiempo lo ha ido transformando en un libro erudito. Un imposible para lectores carentes de una robusta formación filológica. Su extensión, su lenguaje y su narratividad frenética y dispersa, que no sus valores heroicos, le han hecho perder el favor del público. ¿No es continuar legítimamente la tradición original el revisarlo hoy dándole las dimensiones, la expresión y el tempo propios de la novela moderna? El diseño de sus personajes, sus valores (lealtad, fidelidad, amistad fraternal, amor inquebrantable, etc.), tan requeridos por nuestros jóvenes, escasos de marcos de comportamiento dignos y el renovado gusto por la literatura de corte artúrico hacen del Amadís en este cercano V Centenario una lectura digna de ser puesta al día.

Nuestros educandos se han leído tochos enormes (El señor de los anillos, Millennium, la tetralogía Crepúsculo o el más moderno Juego de tronos), pero tienen dificultad con nuestros clásicos que necesitan de una revisión urgente. Preguntados qué les gustaba de sus lecturas modernas, muchas chicas no dudaron en decir que en Crepúsculo, la más leída con mucho, el trato amable y fiel de los protagonistas, así como su belleza, que las subyugaba a través de miles de páginas de más que previsible trama; en El señor de los anillos, se perdían en la narración y las decenas de personajes, pero les gustaban las palabras nuevas: hobbits, orcos, elfos y la blanca túnica de Gandalf; pero sobre todo que era fácil saber que allí luchaba el Bien contra el Mal, así de simple y elemental. De Millennium, su facilidad aparente y la bizarría de su protagonista femenina, suma y compendio del friki que todos llevamos dentro. De Juego de tronos admiran, curiosamente, la fractalidad narrativa, la utilización de la magia y el viaje como camino de perfección. Todo ello apoyado por una serie de televisión de una estética épica muy potente.

Mucho más tiene nuestro texto.

Creo que hay que darle una oportunidad a nuestra primera novela moderna como hizo Steinbeck con su Los hechos del rey Arturo…, que convirtió, hasta hoy, en lectura obligada en el mundo juvenil anglosajón. Hagamos una nueva relectura con la máxima devoción por la obra, suprimiendo episodios secundarios ajenos a los personajes principales, fijemos el texto, quitando frases o palabras que nos parecen objetivamente superfluas para un lector moderno y dejemos fuera el tráfago, muchas veces embarazoso, de detalles menores y personajes insignificantes. Hemos resumido y «afeitado» lo profuso y procurado dar a cada capítulo una unidad narrativa moderna. Ha llegado la hora de quitarle al Amadís algo de su aire vetusto, arrancarlo del ámbito erudito y restituirlo con todo su valor al gran público al que siempre perteneció, al mejor público, a nuestros jóvenes que reclaman héroes positivos de comportamientos imitables. Esperan que les dictemos alguna lección de caballería y quieren ver las plumas del airón en la cimera de un héroe ahormado a sus hechuras. Entre sus libros favoritos está. Aunque ellos no lo sepan.

 

Aquí dan comienzo las grandes proezas y espantables aventuras de

Amadís de Gaula, su amada Oriana, sus hermanos Galaor

y Floristán, el malvado Arcaláus y el lábil rey Lisuarte, hoy

remozadas y puestas al día por el Licenciado Fernando

Bartolomé, infanzón, desde los cuatro libros

del regidor Garcí Rodríguez de Montalvo

del linaje de los Pollino de

Medina del Campo

 

INCIPIT

Libro Primero

PERGAMINO.psd

1
En la corte del rey Garínter

Hacia el fin de los Tiempos Oscuros, algunos siglos después de la muerte de Cristo, tuvo lugar la más sangrienta de las batallas narrada en las viejas crónicas; en ellas se cantó la insígnita gloria alcanzada por un caballero, Amadís de Gaula, que sobrepujaría las hazañas de Arturo por más que el orín del tiempo haya relegado su nombre a los desvanes del olvido. Hoy pretendemos rescatarlo entre las brumas de la memoria.

Nuestra saga comienza en la Pequeña Bretaña, siendo rey Garínter de Guerande, varón cristianísimo y de limpias costumbres. Acompañaban sus días dos hijas en la prestancia de la edad. Cuando empieza nuestra narración, la mayor ya estaba casada con Languines, rey de Escocia, y era conocida como «La Dueña de la Guirnalda», pues su marido nunca le consintió que se cubriera los cabellos, antes bien que sólo los adornara con una riquísima guirnalda de flores, pues creía que eran los más bellos del mundo. Fueron padres de Agrajes y Mabilia, caballero y doncella de amplio protagonismo en nuestra obra. La hija menor, Helisena, de mayor hermosura que su hermana, aunque grandes príncipes la pretendieron, jamás tuvo deseo de casarse; antes bien, de vida santa y un tanto retraída, se orientó hacia la religión y desde muy niña llevó fama de beata. Todos los caballeros que la conocían y admiraban consideraban que era una lástima que mujer de su linaje y calidades humanas, dotada de tan grandes perfecciones y solicitada por tan altos varones, se perdiera en aquel áspero estilo de vida.

El rey Garínter era ya un anciano y, aunque de corajudo corazón y ánimo crecido, ya no estaba para entrar en combate como los caballeros más jóvenes, así que para sosegar sus ímpetus frecuentaba la caza. Un día, alejado de su séquito y en hábito de montero, se desvió por la floresta con intención de rezar sus horas cuando vio una descompensada batalla de un solo caballero contra dos rivales. Conocía a los dos caballeros que combatían de consuno porque eran vasallos suyos, gentes de gran soberbia y altanería, pero no a su rival. Oculto tras unos arbustos, contempló la justa a su placer, a cuyo fin los dos caballeros quedaron vencidos y muertos. Saliendo de su escondrijo se dirigió al caballero vencedor, que a modo de saludo le dijo amablemente:

–Buen cazador, ¿qué tierra es esta en donde asaltan a traición y sin motivo a los caballeros andantes?

–No os espantéis de eso –dijo riendo el rey–, que como en otras tierras aquí tenemos buenos y malos caballeros. Y esos que allí habéis muerto han infligido grandes ofensas, incluso a su rey, que no ha podido ejercer justicia contra ellos por ser linajudos y aforados.

El caballero le respondió:

–Buen montero, pues a vuestro rey vengo buscando desde lejanas tierras para darle buenas noticias. Decidme dónde puedo encontrarlo y os recompensaré.

–No es necesario, caballero –se afirmó con dignidad Garínter–. Yo soy el rey que buscáis.

El caballero entonces se destocó del yelmo y le abrazó al tiempo que decía:

–Mi señor, yo soy el rey Perión de Gaula.

Los corazones de ambos se llenaron de alegría. En compañía del séquito real ya se retiraban al castillo cuando se les atravesó un ciervo que había superado a los batidores. Los dos reyes picaron espuelas para cobrar su presa cuando saliendo de unas espesas matas un león se les adelantó, alcanzó al ciervo y ante sus ojos lo desjarretó con sus potentes y afiladas garras. Con ojos de desafío retó a los perseguidores. El rey Perión descabalgó, apretando el escudo contra su pecho, desenvainó la espada y se fue hacia el león desoyendo las voces prudentes del rey Garínter. Se enzarzaron en una lucha desigual, pero aunque el león lo derribó y estuvo a punto de matarlo, el rey consiguió ponerse bajo su panza y atravesarlo de lado a lado.

El rey Garínter, todavía sobrecogido, decía para sí:

–Con razón tiene fama de ser el mejor caballero del mundo.

Cargaron en dos palafrenes al león y al ciervo y se encaminaron al castillo. Cuando llegaron al palacio, la reina, que ya conocía las calidades de su huésped, les había preparado un suculento banquete. Las mesas así estaban dispuestas: en la más alta tomaron asiento los reyes y su invitado; en otra, cercana y un poco más baja, Helisena, la hija del rey Garínter y todas sus damas de honor. En cuanto la infanta y Perión cruzaron sus miradas, ni la honestidad ni la santa vida de la joven fueron muralla para resistir las flechas del amor que sojuzgaron su corazón y el del rey en un mismo instante. Así fue que los dos estuvieron todo el tiempo que duró la comida absortos, con los sentidos casi perdidos.

Levantadas las mesas, la reina quiso retirarse a sus aposentos seguida de su hija, que se lavó las manos en una jofaina de oro, no sin antes quitarse un anillo que se le cayó al suelo y con gran turbación se agachó a recogerlo, pero el rey Perión, que estaba junto a ella, se inclinó con la misma intención, así que las manos de ambos se rozaron y el rey, más osado, se las apretó entregándole el anillo. A Helisena se le subió toda la sangre al rostro y mirando al rey con ojos amorosos le susurro un ahogado «gracias».

–Señora –le respondió el rey con un hilo de voz–, sólo he de vivir para serviros.

Helisena siguió a su madre, pero iba tan turbada que casi no veía. Llorando y con el corazón llagado, descubrió su secreto a Darioleta, su doncella de confianza, y le preguntó cómo podría saber si el rey Perión amaba a otra mujer. La doncella, espantada por la mudanza tan repentina de su señora, siempre tan alejada de negocios amorosos, sintió piedad de tan cándidas lágrimas y le dijo:

–Señora, bien veo que el tirano dios del amor no ha dejado en vuestro juicio lugar para la razón y el buen consejo. Yo haré lo que me mandáis para que con discreción sepáis lo que esconde su corazón.

Darioleta, amparándose en las sombras de la noche, buscó la alcoba del rey Perión y vio que un escudero estaba preparando las vestiduras reales para el día siguiente. Así le dijo:

–Escudero, podéis marcharos. Yo serviré a vuestro señor.

El criado, creyendo que esto era costumbre de aquella corte, le dio la vestimenta y se marchó. Darioleta entró en la alcoba donde el rey descansaba. Cuando este la reconoció como doncella de Helisena tuvo un pálpito y le dio un vuelco el corazón.

–Buena doncella, ¿qué hacéis aquí?

–Preparar vuestros vestidos, mi señor –dijo ella.

–Eso, más que mi cuerpo, lo necesita mi corazón, que de alegría está desnudo.

–¿Y cómo es así? –inquirió la sagaz Darioleta.

–He venido a esta tierra –dijo el rey– en entera libertad, buscando la aventura de las armas. Pero apenas he entrado en este castillo me siento herido de llaga mortal; si vos, buena doncella, pudierais procurarme alguna medicina para mi mal, yo sabría recompensaros.

–Si supiera qué mal es, señor, me tendría por muy contenta de poder servir a tan alto varón y mejor caballero.

–Yo os lo diré si prometéis no descubrirlo a nadie.

–Mi corazón es buen arca para secretos, no tengáis temor en decir el vuestro.

–Amiga fiel, os confieso que apenas vi la gran hermosura de vuestra señora Helisena, quedé atormentado de angustias y congojas, tanto que si no hallo algún remedio, creo que moriré muy pronto.

La doncella, que ya conocía el corazón de ambos enamorados, se alegró al oírlo y le dijo:

–Señor, si me prometéis por vuestra dignidad real y por vuestro honor de caballero tomar a Helisena por mujer, cuando el tiempo lo disponga, yo haré que vuestro corazón quede tan consolado como el suyo, que aún más se encuentra herido de congoja y dolor.

Con gran solemnidad en el gesto, el rey tomó la espada y, poniendo la diestra en la cruz, dijo:

–Yo, rey Perión de Gaula, juro por la cruz de esta espada con la que fui investido en la orden de caballería hacer lo que vos me pedís cuando vuestra señora Helisena me lo demandare.

Y Darioleta voló a los aposentos de la angustiada infanta, que esperaba su vuelta con el alma estremecida; apenas entró le contó lo que había hablado con el rey. Helisena, con gran alegría, entre abrazos le preguntó:

–Mi amiga y confidente, dime: ¿cuándo veré la hora de tener entre mis brazos a aquel que me habéis dado por señor?

–Por hoy conformaos con esta esperanza. A su tiempo ya os lo diré. Eso es cosa mía.

Y así pasó el día siguiente y, llegada la noche, Darioleta buscó al escudero del rey Perión y con gran secreto le preguntó:

–Amigo, decidme si sois discreto.

–Sí, lo soy e hijo de noble caballero. ¿Por qué me lo preguntáis?

–Porque quiero saber, por la lealtad que le debéis a Dios y a vuestro señor, de qué doncella o dueña está enamorado vuestro rey con ardiente amor.

–Mi señor, como caballero andante, ama y respeta a todas, pero no conozco a ninguna a la que quiera de esa manera que decís.

Y así con esa certeza se lo comunicó a su señora, quien le manifestó que era tanta su alegría que estaba a punto de perder el juicio.

Llegada la noche y dormido el palacio, Darioleta se levantó y sacó de su lecho a Helisena, que sólo en fina camisa estaba, cubriola con un manto y salieron al jardín iluminado por la luz de una luna llena y fantasmal. La doncella miró a su señora, que parecía nimbada por el claror y el ansia amorosa y, abriéndole el manto, recorrió su cuerpo con sus ojos y sus manos y dijo después riendo:

–Señora, en buena hora nació el caballero que esta noche os poseerá y bien decían de vos los que afirmaban que erais la más hermosa doncella de rostro y cuerpo que había sobre la capa de la tierra.

A Helisena le temblaba todo el cuerpo y no podía ni hablar. Cuando llegaron a la puerta de la alcoba, el rey Perión, vencido por la congoja, se había adormecido y entre sueños vio acercarse a su lecho una presencia inquietante, oculta bajo un capuz, que con unas garras afiladas le atravesaba el costado por el que sacaba el corazón palpitante y lo arrojaba al río. Y él, desesperado, preguntaba
entre brumas a qué venía sufrir tal crueldad mientras un coro de seres encapuzados le respondía con pavorosos acentos que otro corazón más habrían de arrancarle. Y el rey Perión se revolvía en el lecho entre crueles dolores. Al punto despertó sobresaltado cuando sintió que alguien andaba cerca de su cama. En el contraluz de la luna distinguió las siluetas de las doncellas; confuso por la pesadilla y temiendo alguna traición por lo recatado de sus pasos, echó mano a la espada y fue contra ellas.

Darioleta, que lo vio de aquella guisa, le dijo:

–¿Qué es esto, señor? Bajad esa espada, que de nada os vale contra nosotras.

El rey las reconoció y al ver a su muy amada Helisena arrojó al suelo el arma, se cubrió con un manto y tomó a su señora entre sus brazos.

Darioleta cogió la espada en recuerdo del juramento que le había hecho y volvió al jardín a vigilar el honor de su señora. El rey, a solas, contempló a su amiga a la luz de tres antorchas que ardían en la cámara y le pareció que reunía en ella toda la hermosura del mundo. Finalmente, abrazados yacieron en el lecho.

Estuvo el rey Perión diez días en palacio entre estos placeres, haciendo el amor con la infanta todas las noches; al cabo de ese tiempo contra su voluntad y las lágrimas de su señora, se vio obligado a partir hacia sus tierras. Despedido con gran boato por Garínter y su esposa, revestido con todas sus armas, echó a faltar su espada y no la halló por más que su escudero la buscó por todo el palacio. Y aunque le dolía mucho su pérdida por las calidades de hoja y temple, no quiso insistir por miedo a descubrir sus amores con la infanta y mandó a su escudero que le procurase otra. Antes de marcharse, Darioleta habló con él y le recordó la gran angustia y soledad en que dejaba a su amada. El rey le dijo:

–Cuidadla como sabéis, Darioleta, que yo os la encomiendo como a mi propio corazón. Y no dudéis de que algún día yo he de saber recompensaros.

Y sacando de su dedo un hermoso anillo, de dos iguales que traía, se lo dio para que Helisena lo llevara como recuerdo y presencia de su amor. Y así quedó la infanta Helisena entre memorias y soledad con la sola ayuda de su doncella, que cada día la esforzaba y le procuraba con su conversación algún descanso con el que mitigar el vacío de su amado Perión.

 

El rey Perión dejó los palacios del rey Garínter con el alma estremecida por la ausencia de Helisena y los malos presagios de un sueño que sólo podía interpretar en clave de futuros infortunios. Pensaba seguir su camino de caballero errante, pero a pocas leguas decidió volver a sus posesiones de Gaula y confiarse a sus sabios estrelleros para que le interpretasen su pesadilla.

Así llegado, habló con ellos de las cosas del reino, pero siempre con semblante triste, lo que daba a todos gran pesar. Cuando despachó los negocios más urgentes llamó a su gabinete a los tres más esclarecidos clérigos y les obligó a jurar secreto y verdad; secreto de cuanto allí se hablara, y verdad, porque nada le ocultaran por grave que fuese. Después les contó minuciosamente el sueño. Todos le quitaron importancia, pero apretados por el rey pidieron un plazo para estudiarlo. Perión les dio doce días, al cabo de los cuales se reunieron de nuevo y los tres dieron de consuno su versión en las palabras del más sabio, llamado Ungán el Picardo:

–Todos hemos venido aquí con una interpretación que las estrellas y Dios nos han revelado como unánime. Tú amas a una dama con tierno amor. Habéis estado unidos en una cámara a la que tu amante entró silenciosamente, las manos que llegaban a tu corazón es la unión entre ambos y el corazón que sacaban significa hijo o hija que tendrá de ti.

–¿Y qué significa que lo echaba al río?

–Eso, señor, es mejor que no lo sepas…

–Dímelo inmediatamente y no temas nada –le intimó el rey.

–Pues debes saber desde ahora que el hijo que tengas será arrojado al río.

–¿Y el otro corazón que me queda, según el sueño? –se atrevió a preguntar el rey Perión.

–Tendrás otro hijo y también lo perderás contra la voluntad de aquella que os hará perder el primero.

El rey quedó aterrorizado, pero el estrellero le dijo finalmente:

–Las cosas ordenadas y permitidas por Dios nadie sabe en qué terminarán, por eso los hombres no se deben contristar, porque muchas veces lo malo como lo bueno pueden terminar como no se espera. Tú, rey, olvida lo te he contado, sé firme, ruega a Dios y pon su confianza en Él. Cuanto hagas, hazlo a su servicio, que Él no te abandonará.

Con el ánimo confuso el rey salió al jardín donde se encontró con una extraña mujer vestida de raros atavíos y de rostro joven y viejo a la vez, que le dijo:

–Sábete, Perión, que cuando recobres tu pérdida, Irlanda perderá su flor.

Y desapareció en la nada sin que el rey la pudiera detener. Desde entonces el ánimo del rey no encontró descanso ni paz interior y vivió temeroso de su sueño y de las palabras de la que parecía bruja o adivina.

2
Nacimiento de Amadís y de quienes fue hijo

Por primera vez Helisena supo lo que era la soledad y la ausencia. La invadió un gran dolor interior, dejó de comer y el sueño se le huyó. Cada día se mustiaba como una rosa cortada y su rostro perdió el lustre y el brillo que acompaña a las jovencitas sanas. El tiempo pasó y una mañana tuvo la certeza de que estaba encinta. Sintió una gran alegría, pues aquel hijo era parte de su amado, pero la angustia borró de un plumazo su alegría, pues una mujer soltera, por elevado que fuera su estado y señorío, si era embarazada sería considerada puta reconocida y reo de muerte. Tal era la brutal costumbre que perduró durante muchos siglos hasta la llegada del rey Arturo. Pero otra angustia le reconcomía las entrañas: la ausencia de su amado, que como caballero andante, por ganar fama y honra, erraba por todas partes y no se detenía en ninguna. Y así, una vez más se confió a Darioleta, quien puso toda su discreción y talento en ayudar a su señora.

En el palacio del rey Garínter había una estancia abovedada, un poco apartada y cercana al río, a la que se llegaba a través de un postigo de hierro y un jardincillo, a la sazón yermo y mustio. En otro tiempo Helisena y sus damas acostumbraban a jugar allí. Helisena se la pidió a sus padres para poder entregarse a la vida solitaria y para rezar sin ser molestada por nadie, como en otro tiempo. Sus padres, viéndola tan desmejorada, le concedieron lo que llamaron el capricho, creyendo que tal vez así recuperaría la salud de su cuerpo y de su alma con la vida en la que durante tantos años se había ejercitado. Y así, acompañada sólo de Darioleta, se aposentó en aquel lugar donde consumían su tiempo pensando qué harían con aquel niño. Las asaltaban mil pensamientos, alguno de ellos extraviado y confuso, más propio de su desesperada situación que de la agudeza de su despejo.

Muchas veces pensaron en matar al infante, pero se imponía el amor al padre ausente y su fruto.

Ya llegaba el tiempo de parir. Y Darioleta, que era doncella muy sesuda y guiada por la gracia de Dios, dio finalmente con el remedio, que fue juntar cuatro tablas recias y largas como una espada, darles forma de arca y embetunarlas para que ningún agua entrase. Aplicó al negocio tal genio que ni el mejor carpintero pudiera superarla. Llenó el arca de ricos paños y la guardó bajo la cama sin que Helisena se enterase.

Pronto llegó el día y sintió los dolores como cosa nueva, extraña para ella, acrecentados por no poder gemir, ni quejarse, ni llamar a su madre, por lo que su angustia se doblaba, a no ser por la industriosa Darioleta que como experta matrona le ayudó y en un momento parió un niño. La doncella lo tomó en sus manos y vio que era hermoso, muy hermoso. Con determinación lo envolvió en pañales bordados y se lo presentó a su madre; a continuación trajo el arca susodicha.

–¿Qué quieres hacer? –preguntó con horror Helisena, que adivinó al instante las intenciones de su doncella.

–Ponerlo aquí y echarlo al río. Si Moisés se salvó, también este lo hará.

La madre, anegada en llanto, se resistía a entregarlo a tan dudoso destino. Finalmente, se impuso la resolución de la doncella sobre la perplejidad de la madre y el niño ocupó su lugar en tan inusitada cuna. Después Darioleta tomó tinta y pergamino y escribió: «Este recién nacido se llama Amadís, hijo de rey».

Bañó en cera la carta y la ató al cuello del pequeño con el anillo del rey Perión. Metió al niño en el dornajo y sujetó a su lado la espada de su padre. Claveteó el arca y de nuevo la calafateó para que no pudiese entrar agua. Finalmente, esperó a la noche para llevarla hasta el río, en cuyas aguas la arrojó.

Como el río bajaba crecido y era la corriente muy viva pronto el arca llegó al mar, que no distaba del castillo ni media legua. La del alba sería que el amanecer anuncia cuando sucedió una maravilla de esas que al Señor le gusta hacer. Y fue que por el mar navegaba un barco en el que iba un caballero escocés llamado Gandales, acompañado de su esposa, que a poco había parido un hijo. Iban de la Pequeña Bretaña a Escocia y en el crepúsculo del amanecer, entre cendales, vislumbraron el arca y el caballero ordenó que la trajeran. Al punto la abarloaron y subieron. Al abrirla encontraron al niño. Por los paños, por el anillo y por la espada, Gandales supuso la nobleza de tan bello infante y maldijo a la madre que con pecho pétreo lo había desamparado. Al instante los dos esposos sintieron gran amor por el huérfano y sin mediar palabra decidieron adoptarlo y darle la teta de la misma ama de cría de su hijo Gandalín. La tomó con ganas, lo que alegró a los esposos, que como regalo divino interpretaron su hallazgo. Con buen tiempo terminaron su viaje y pronto aportaron a una villa de Escocia que tiene por nombre Antalia y desde allí se trasladaron a uno de sus castillos, donde Gandales hizo criar a Amadís como si fuera hijo suyo y así fue creído por todos.

3
Los primeros pasos del Doncel del Mar

Para el veterano Gandales y su esposa aquellos dos niños fueron un regalo divino ante la que se adivinaba cercana vejez, y así criaban con mucho esmero a Gandalín y al niño que habían recogido, y este crecía y se hacía tan hermoso que cuantos lo contemplaban se maravillaban por ello.

Un buen día Gandales, que era muy amigo de madrugar para ejercitarse en el arte cinegético, pues en tiempo de paz la caza era el mejor sustitutivo del combate, salió solo a la floresta. Hemos dicho que ya era un hombre de cierta edad, pero todavía era membrudo y valiente y ningún caballero de la corte del rey Languines se atrevía a discutirle el alferezazgo y debía estar presto siempre para el combate singular. Pronto halló un rastro y persiguiendo a un corzo se encontró en un claro del bosque con una doncella extraña que, alzando la mano, paró en seco a su caballo.

–Gandales –dijo la muchacha–, escucha un momento algo que os convendrá a ti y a los tuyos.

–Doncella –respondió el caballero Gandales, un poco turbado por la repentina aparición–, decidme vuestra cuita que si en mi mano está, yo os remediaré.

–Gandales, cuanto digo es por tu bien. Escucha: aquel que hallaste en el mar será flor de los caballeros de su tiempo. Hará estremecer de terror a los fuertes y destemidos. Terminará con gloria las mayores aventuras donde otros fracasaron; tales acometerá y de ellas saldrá tan honrado que nadie creerá que pudiesen ser hechas por hombre mortal. Derrotará a los soberbios que mudarán su talante con la derrota. Será cruel con los malvados y aún te digo más: este será el caballero más leal en el amor y mostrará su fidelidad en el lugar más exigente para su virtud. Finalmente, debes saber que desciende de estirpe de reyes por ambos linajes. Vete ahora, buen caballero Gandales, y cree cuanto te digo pero mantenlo en secreto, pues si lo descubres el infortunio se abatirá sobre ti y los tuyos.

La sangre se retiró del rostro del caballero que poco a poco fue recuperando el continente para preguntar:

–¡Por Dios, señora, decidme quien sois!

–Gandales, a mí me llaman Urganda la Desconocida y mírame para saberlo.

Y él la vio primero dulce doncella de menos de dieciocho años, al instante la vio tan vieja y cansada que asombraba ver cómo se mantenía cabeceando sobre el palafrén. Ante aquellos cambios Gandales se santiguó. Cuando ella vio tal asombro, volvió a su primera y fresca imagen y con voz firme dijo:

–¿Crees que me encontrarías si me buscases? No pierdas el tiempo intentándolo, que ningún nacido lo haría si yo no lo quiero.

–Señora, por Dios –dijo aterrado Gandales–, os juro que no lo intentaré, pero acordaos del niño, que está desamparados de todos menos por mí.

–No pienses que lo está, pues él será amparo de muchos y lo amo más de lo que tú piensas. Pronto recibirá dos galardones; y ahora me voy. Queda con Dios y sábete que pronto volverás a verme.

Y así volvió a sus heredades a toda prisa y, entrando al castillo por una poterna, vio al doncel; antes de desarmarse lo cogió en sus brazos y comenzolo a besar, derramando tiernas lágrimas.

–¡Mi hermoso hijo, quiera Dios que no te malogres, pues estás llamado a acometer grandes hazañas!

Tenía Amadís a la sazón tres años, y como vio a Gandales llorar trató de limpiarle con sus manitas las lágrimas.

Así lo cuidó hasta que cumplió cinco años, edad en la que Gandales les hizo a sus dos hijos sendos arcos, para que practicaran bajo su mando al tiempo que crecían en fuerza y sabiduría.

Cuando ambos tuvieron siete años el rey Languines visitó el señorío y fue muy bien acogido por el caballero Gandales. Pero a Amadís, Gandalín y a otros donceles los ocultó en un patio cerrado lejos de la vista de los reyes.

Una mañana cuando la reina se peinaba vio por casualidad a los donceles que practicaban el tiro con arco. Pronto le llamó la atención el Doncel del Mar porque descollaba por encima de los demás en apostura y belleza. La reina estaba maravillada y el tiempo se le pasó en un suspiro. Le pareció que aquel joven, por su porte y vestido, era el señor de aquellos rapaces y como no vio ningún sirviente del caballero Gandales a quien preguntar llamó a sus damas y doncellas para compartir con ellas su descubrimiento.

Todas se asombraron de la belleza de Amadís, que de repente sintió sed y dejó en el suelo el arco y las flechas. Otro muchacho mayor que los otros lo cogió e intentó tirar con él, pero Gandalín no se lo permitió, lo que irritó al otro doncel, que derribó al hijo de Gandales de un empujón.

Gandalín llamó con grandes voces a su hermano:

–¡Socórreme, Doncel del Mar!

Y como lo oyó, dejó de beber y se fue contra el doncel mayor y le obligó a soltar el arco, mientras indignado le afeaba su acción:

–¡Desgraciado, ahora verás lo que te espera por pegarle a mi hermano!

Sin mediar más palabras le dio con el arco en la cabeza y el mayor, descalabrado, huyó topándose con el ayo que le preguntó cómo se había hecho aquel chirlo.

–El Doncel del Mar fue –contestó entre pucheros.

Entonces el ayo echó mano a la correa y le amonestó:

–¿Por qué has hecho eso? Mereces ser castigado…

Amadís entonces se hincó de rodillas y ante el viejo profesor dijo:

–Señor, antes prefiero vuestro castigo que ante mí se maltrate a mi hermano.

Y comenzó a llorar de rabia. El ayo entonces tuvo compasión y le dijo:

–Si lo vuelves a hacer, tendré que azotarte. Marchaos tú y tu hermano.

La reina contempló toda la escena y quedó maravillada por la entereza del muchacho al que todos llamaban Doncel del Mar.

Así estando en animada conversación con sus damas llegó el rey con Gandales y le dijo la reina:

–Dime, don Gandales, ¿es vuestro hijo ese hermoso doncel?

–Sí, mi señora –le respondió Gandales con un deje de angustia en su voz, pues tuvo en aquel instante una mala corazonada.

–¿Por qué le llaman el Doncel del Mar?

–Porque en el mar nació cuando yo volvía a Escocia desde la Pequeña Bretaña.

–¡Por Dios, Gandales, y qué poco se os parece! –rió divertida la reina.

Esto se lo decía comparando la belleza de Amadís con el rostro trabajado de Gandales, en el que predominaba más los rasgos cándidos de la bondad añosa que la hermosura. El rey, que hasta entonces no había dicho ni una palabra, miraba y remiraba al doncel. Finalmente le dijo a Gandales:

–Hazlo venir, que quiero criarlo cerca de mí, en la corte.

Eso era lo que temía Gandales y tal era el motivo por el que había ocultado a los jóvenes, pues conocía la afición del rey de rodearse de los mejores jóvenes del reino para formar con ellos una suerte de guardia personal.


–Señor –dijo Gandales–, aún es muy niño, está en la edad en que más necesita a su madre.

–Yo cuidaré personalmente de él –se apresuró a responder la reina.

Y Gandales supo que había perdido la partida, pues no podía contravenir la voluntad de su soberano.

Entonces fue a por Amadís y ante los reyes le preguntó:

–Doncel del Mar, ¿quieres ir a la corte con nuestros señores los reyes?

–Yo haré cuanto me mandéis, padre mío, pero quiero que mi hermano me acompañe.

–Creo, señor –dijo Gandales, pugnando por no llorar–, que habréis de llevaros a ambos.

–Mucho me place –dijo el rey, mirando a su esposa, que asintió complacida.

El rey se alegró mucho, después llamó a un mocete mayor que los dos hermanos y apoyándole su mano en el hombro dijo:

–Hijo Agrajes, quiere mucho a estos donceles. La reina y yo apreciamos mucho a su padre porque es el mejor caballero de nuestros reinos.

A Gandales se le llenaron los ojos de lágrimas y haciendo de tripas corazón se apartó una pieza con los reyes y así les dijo:

–Mis señores, puesto que os lo lleváis, sabed toda la verdad de este doncel.

A continuación les narró toda la historia de Amadís, sin olvidarse de las apostillas de la maga Urganda.

–Y ahora que conocéis su secreto, haced cuanto esté en vuestras manos para protegerlo, que hasta aquí Dios sabe que lo he mantenido con bien, que no se me oculta que proviene de un gran linaje.

–Pues que Dios y yo sabemos que tan bien lo cuidasteis, es razón que Nos, desde ahora, tomemos el relevo para bien guiarlo el resto de sus días.

La reina dijo:

–Mi señor y rey, yo quiero que este doncel quede bajo mi protección, que aún está en edad de servir a mujeres. Cuando sea mayor será vuestro y de las armas.

El rey lo concedió.

A la mañana siguiente se partieron del castillo de Gandales llevando a los donceles consigo. Dicen las crónicas que la reina cuidaba del muchacho como si fuera hijo suyo, pero sus desvelos no eran en vano porque su talento y su noble condición eran tales que todo lo aprendía mejor y más pronto que sus compañeros de juegos, estudios y armas, pero él amaba tanto la caza y el monte que si lo dejasen nunca saldría de la floresta con su arco y sus perros. La reina, que sabía sus inclinaciones se lo permitía, pero no pasaba un día sin que dejara de reclamarlo a su presencia, pues mucho se pagaba de su belleza y apostura.

4
Perión, Helisena y Galaor

Volvamos unos años atrás y vayamos ahora a los palacios del rey Perión, que desde que dejó en la Pequeña Bretaña a su amada, la princesa Helisena, era el varón más melancólico de cuantos vivían bajo la capa del cielo, pues su corazón se entristecía ora pensando en la soledad de su amada, ora dejando volar su imaginación con las interpretaciones que los estrelleros habían hecho de su sueño, por no hablar de las enigmáticas palabras de aquella extraña doncella…

Mil y una veces había estado a punto de atravesar el mar y reunirse con su amada, pero otras tantas los asuntos de la corte le habían embarazado la voluntad, paralizando su deseo, que el oficio de rey es servir más que servirse del cetro. Pero aunque pasaba el tiempo la herida de amor permanecía abierta y lacerante, hasta que un día llegó hasta Gaula un heraldo que le entregó una carta de Helisena. En ella le anunciaba que su padre el rey Garínter había muerto y que sus vecinos se aprestaban a invadir sus tierras.

–Id y decid a vuestra señora que parto hacia la Pequeña Bretaña con un ejército y que resista hasta mi llegada.

El rey preparó una poderosa hueste, la embarcó y se dirigió al puerto de Brest.

Al llegar supo que su amada Helisena había buscado protección en una ciudad amurallada llamada Arcarte y que alguna de sus tierras ya había sido ocupada por sus vecinos. Dividió su ejército y una parte, al mando de su mejor general, Pingantil, fue a batir a los enemigos de su dama, y otra, mandada por él mismo, se dirigió en derechura a Arcarte. A marchas forzadas llegó en dos jornadas, donde fue recibido con toda pompa y boato por Helisena.

Renovaron al instante sus votos amorosos pues mucho se amaban, tanto que el rey le dijo que quería desposarse con ella de inmediato y que ya jamás se separarían ni un solo día. A los pocos días llegó a Arcarte el general Pingantil, que había pacificado el reino y firmado tratados con los reyes vecinos a quienes había derrotado tomando numerosos rehenes. De todo se alegraron los nuevos esposos que habían decidido fijar su residencia en Gaula. El general Pingantil fue nombrado virrey con un buen golpe de tropas con la misión de proteger las fronteras. Como regalo de bodas los nuevos esposos dieron la libertad a los rehenes, gesto magnánimo que fue bien recibido en los reinos vecinos cuyos reyes firmaron tratados de paz.

Después emprendieron el regreso. Perión y Helisena llegaron a la desembocadura de un río donde pensaron descansar. El rey, aburrido de la travesía marina, buscó en la caza un rato de diversión y comenzó a subir ribera arriba con el pensamiento puesto de nuevo en su sueño y sus interpretaciones; absorto en estas cuitas, anda que te andarás, llegó hasta una ermita donde descabalgó para descansar un rato y hacer oración. Cuando entró en el atrio encontró a un ermitaño que se dirigió a él con estas palabras:

–Caballero, ¿es verdad que el valiente rey Perión se ha casado con la hija de nuestro rey?

–Verdad es –respondió Perión.

–Mucho me alegra, porque yo sé que ella lo ama de corazón.

–¿Cómo sabéis eso vos? –se extrañó el rey.

–Por su boca –respondió al punto el ermitaño.

El rey, pensando que tal vez estuviera allí la solución de sus cuitas y preocupaciones, se dio a conocer y abrasó con sus preguntas al clérigo, pero al poco rato este le respondió:

–No me apretéis tanto, buen rey, porque gran pecado cometería y vos me tendríais por hereje si os contara lo que ella me reveló bajo secreto de confesión. Que os baste con saber que ella os ama con tierna y leal fe, pero también quiero que sepáis que hace muy pocas horas apareció por aquí una extraña mujer que a mí me pareció muy sabia y así me dijo cosas que yo no he podido entender y que vos tal vez podáis interpretar: que de la Pequeña Bretaña saldrían dos dragones que tienen su señorío en Gaula y sus corazones en la Gran Bretaña y que pelearían y devorarían a otras bestias de tierras extrañas, aunque manifestarían una variada condición: contra unas serían bravos y feroces y contra otras se manifestarían blandos y humildes. Esto dijo y no sé interpretar sus palabras, buen rey.

Perión quedó absorto y aunque no entendió el mensaje del ermitaño tuvo la certeza de él estaba en el centro de las palabras de aquella enigmática mujer que sin duda era la maga que se manifestaba con mensajes encriptados.

A continuación se despidió del ermitaño y volvió al lecho de su amada Helisena. Tras folgar con más placer del acostumbrado le contó a la reina su sueño y lo que los maestros estrelleros habían interpretado, finalmente mirándola a los ojos la intimó para que le dijera si había parido algún hijo.

La reina, temiendo mil cosas, entre ellas la felicidad de su matrimonio y su propia vida, lo negó, diciendo que nunca pariera.

Al día siguiente partieron a su destino, en pocas jornadas atravesaron el mar y llegaron a Gaula donde todos los cortesanos alabaron la belleza de la nueva soberana, su disposición por aprender nuevas costumbres y la nobleza de su porte. Uno dijo que tal mujer había nacido para ocupar nuestro trono y otro dijo que tales palabras resumían el pensamiento de los ciudadanos de tan noble pueblo. A los meses cumplidos de su matrimonio parió dos hijos, un niño y una niña: Galaor y Melicia.

Pasaron dos años de felicidad para el reino y sus soberanos hasta un día en el que el rey había ido a un puerto de mar llamado Bangil y la reina jugaba distraída con sus damas en el jardín, cuando de improviso entró a través de un postigo que daba a la mar un jayán gigantesco como un ciprés, armado de una gran maza y cubierto de una capelina. Era tan grande y de rostro tan horrendo que a cuantos miraba infundía temor. Todos huyeron de su presencia, incluida la reina, sus doncellas y dueñas, mientras el jayán se internaba entre los arriates del jardín hasta que encontró solo al niño Galaor, pues sus cuidadoras también habían puesto pies en polvorosa al ver aquel ser monstruoso.

Cuando llegó hasta el niño este no mostró el menor temor, antes bien tendió sus bracitos hacia el jayán que lo tomó entre los suyos y se volvió hasta una barca que lo esperaba. La reina, cuando se enteró, comenzó a gritar su desesperación hasta que llegó el rey y ambos lloraron el robo de su heredero. Finalmente, el rey se recogió con su esposa en su alcoba y sosegando su corazón le dijo:

–Señora, todo lo ocurrido concuerda con lo que me leyeron mis estrelleros. Este niño perdido es mi segundo corazón. Decidme si tuvimos otro hijo y se malogró.

La reina, sin miedo a mayor dolor que la pérdida de sus dos hijos, se confesó con su esposo y le contó como arrojó al mar al primogénito.

–Tranquilizaos –dijo el rey–, que aunque poco hemos disfrutado del fruto de nuestro amor no sabemos si ambos han muerto y según mis sabios algo bueno nos ha de venir de estas desapariciones.

Fueron estas palabras bondadosas, que aunque poco, algún bálsamo llevaron al corazón desesperado de la reina Helisena.

El gigante secuestrador se llamaba Gandalac y era natural de un islote llamado Leonís, lugar que tenía dos castillos. Aunque brutal por su naturaleza, no era malvado como la mayoría de los miembros de su raza, antes bien era muy querido por los habitantes de la isla, que eran cristianos perseguidos por herejes y que él, Gandalac, había acogido y proporcionado tierras para criar hermosas vacas y gigantescas calabazas. Un santo ermitaño gobernaba sus espíritus y a él le llevo el niño y entregándoselo dijo:

–Criad este pequeñuelo, educadlo como un caballero y no escatiméis cuidados pues es hijo de rey y reina.

–¿Por qué lo habéis secuestrado si sabéis el dolor que infligís a sus padres?

–Cuando me dirigía a luchar contra Albadán, un gigante malvado que mató a mi padre y nos robó la Peña de Galtares, se me apareció entre la bruma una extraña doncella joven y vieja, con vestiduras ricas y pobres, bella y de horrible rostro, poseedora de una voz que no era humana, paró la barca con un gesto y me dijo: «Eso que pretendes lo hará mejor el hijo del rey Perión de Gaula, que tendrá más fuerza y ligereza que tú». Yo le pregunté si decía verdad y me contestó: «Eso ocurrirá cuando se unan los dos brazos de esta rama rota». Y sacando de su seno un grueso tronco lo partió como quien rompe un junco seco.

5
La princesa Oriana

Por aquel tiempo reinaba en la Gran Bretaña un rey llamado Falangriz, que murió sin descendencia. Los nobles pensaron entonces para el trono en su hermano Lisuarte, varón discreto y valiente, casado con Brisena, princesa de Dinamarca y en cuya corte vivía. Llamado de urgencia, volvió acompañado de la gran flota real de su suegro, el rey danés.

En pocas jornadas aportaron a Escocia donde fueron recibidos con gran honra y boato por el rey Languines. Acompañaba a Lisuarte y a su esposa una hija de diez años llamada Oriana, que era llamada «La Sin Par», pues era la más hermosa criatura que jamás vieran los siglos. Allí la dejaron sus padres para que fuese educada en la escuela de princesas que regentaba la reina de Escocia. En aquellos palacios quedó guardada la niña y la reina Silene, la que en su juventud fuera llamada la Dueña de la Guirnalda, dijo a sus padres:

–Yo os la guardaré como lo haría su madre.

Amadís, el Doncel del Mar, tenía doce años, aunque estaba tan crecido como un muchacho de quince. Todas las damas de la reina estaban enamoradas de él. Cuando llegó Oriana, la reina llamó a Amadís y dijo:

–Querida niña, te entrego a este doncel para que te sirva.

En el punto donde se cruzaron sus miradas Cupido revolvió en su carcaj y lanzó dos flechas de punta de oro y plumas de paloma. Ambos jóvenes quedaron mutuamente enamorados y su turbación fue manifiesta.

Después Oriana con un hilo de voz respondió:

–Que me place, reina mía.

Y a partir de ese instante el Doncel retuvo estas palabras en su corazón y en su memoria pues nunca ya en todos los días de su vida dejó de servir a Oriana y ella a su vez también le otorgó su corazón, y este mutuo amor duró mientras ambos vivieron y ni una sola hora dejaron de amarse.