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BREVE HISTORIA

DE LAS CIUDADES

DEL MUNDO CLÁSICO

Ángel Luis Vera Aranda

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Colección: Breve Historia
www.brevehistoria.com

Título: Breve historia de las ciudades del mundo clásico
Autor: © Ángel Luis Vera Aranda
Director de colección: José Luis Ibáñez

Copyright de la presente edición: © 2010 Ediciones Nowtilus, S.L.
Doña Juana I de Castilla 44, 3º C, 28027 Madrid
www.nowtilus.com

Diseño y realización de cubiertas: Universo Cultura y Ocio
Diseño del interior de la colección: JLTV

Reservados todos los derechos del texto de este libro. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

ISBN-13: 978-84-9763-916-3

Libro electrónico: primera edición

A mi hijo Ángel Luis.

Índice

Introducción

Capítulo 1: Las grandes aportaciones griegas al urbanismo. Atenas y la polis clásica: la ciudad monumental

La polis arcaica

Los cimientos de la grandeza ateniense

Atenas camina hacia su edad de oro

El esplendor ateniense en la época de Pericles

El lento languidecimiento de una polis

La visita del emperador Adriano, el último resurgir de la grandeza clásica

La decadencia y destrucción de una polis clásica

Capítulo 2: Alejandría, un emporio cultural tolemaico en el delta del Nilo

La ciudad de Alejandro

Los primeros Tolomeos

El estancamiento durante los últimos Tolomeos

La Alejandría romana: crecimiento demográfico, apogeo económico y esplendor cultural

Comienza la crisis: el cristianismo y el final de la Gran Biblioteca

El triste final de la Alejandría clásica: los árabes y el islam

Capítulo 3: Las ciudades helenísticas en el Próximo Oriente. Antioquía: la gran olvidada del mundo clásico

La fundación de Antioquía

La Reina de Oriente

Antioquía romana

El comienzo de la decadencia

La furia de la tierra se ceba sobre Antioquía

Capítulo 4: Los orígenes de Roma y el desarrollo del urbanismo romano durante el periodo republicano

Las grandes etapas de la evolución urbana romana

El origen y la consolidación de la antigua Roma

Crecimiento y desarrollo de la ciudad republicana

Una nueva época de expansión

Capítulo 5: La Roma de los césares, el centro del mundo hace dos mil años

El auge y el apogeo de la etapa imperial

Las causas de la decadencia

La época de la crisis

El último momento de esplendor

La ruina de la Roma clásica

La muerte de la Roma imperial

Capítulo 6: Otras ciudades de la antiguedad clásica: Seleucia, Ctesifonte, Éfeso, Pérgamo y Petra

Seleucia, una metrópolis helenística

Ctesifonte, la capital de los partos y los persas sasánidas

Éfeso

Petra

Pérgamo

Bibliografía

Introducción

Grecia y Roma son dos de las civilizaciones que más aportaciones han hecho a la Historia. Con ellas, el mundo antiguo, heredero de los egipcios y de los mesopotámicos, llegó a su esplendor. Durante más de un milenio, los griegos primero y los romanos después llevaron la cultura a un grado de desarrollo que el mundo no había contemplado hasta entonces, y que volvería a tardar otros mil años en contemplar.

Los griegos desarrollaron el pensamiento y el conocimiento. Suyas son las grandes aportaciones teóricas que sentaron las bases de la ciencia moderna. Los romanos llevaron a la práctica los grandes avances de los griegos. Fueron ellos quienes los difundieron y los llevaron a su culmen en todo el ámbito del mar Mediterráneo. Ambas culturas destacaron en muchos aspectos, pero nosotros nos centraremos en su urbanismo.

En un principio, las aportaciones griegas al urbanismo no fueron particularmente destacadas. Hasta el siglo VIII a. C. las polis o ‘ciudades griegas’ , eran pequeños asentamientos de escasa población y con poca extensión. Pero a partir de ese momento, el crecimiento demográfico significará también el aumento de la extensión del espacio edificado. Cuando este crece, la mente organizada e inquieta de los griegos les lleva a plantearse la necesidad de racionalizar ese desarrollo urbano. Hasta entonces, las polis habían crecido de una manera anárquica, sin apenas preocuparse de su planificación o de la organización del espacio, pero los responsables de las ciudades y los propios ciudadanos eran conscientes de la necesidad de diseñar la ciudad del futuro.

En el siglo V a. C. Grecia inicia una desigual lucha contra el mayor imperio que había en ese momento, el persa. Este reacciona contra la sublevación de las ciudades griegas de la costa jonia (en la actual península turca de Anatolia) arrasando algunas polis (en particular Mileto, como represalia a los griegos por haber incendiado anteriormente Sardes, la capital donde residía el sátrapa o ‘gobernador persa’), como castigo por haberse rebelado. Aquella guerra entre David y Goliat acaba sorprendentemente con el triunfo de los que, en principio, parecían más débiles, los griegos. Y, aprovechando aquel momento de euforia, el genio griego se muestra con toda su brillantez y es el urbanismo uno de los aspectos en los que se hace patente.

Pocos años después de la destrucción de estas ciudades, un urbanista griego llamado Hipódamo recibe el encargo de diseñar un plano para la reconstrucción de la ciudad de Mileto. Hipódamo traza una nueva urbe basada en la línea recta, con manzanas rectangulares que se cortan en ángulos de noventa grados, rodeadas de calles que siguen esa misma línea. Es el plano que, en urbanismo, se conoce como ortogonal, ya que todos los ángulos del mismo se cortan con líneas rectas y son, por tanto, iguales. Hipódamo aplica el plano por primera vez en Mileto, y fue tal su éxito que a este tipo de plano lo conocemos como plano hipodámico. El triunfo de ese trazado no solo se reduce al área de la propia Grecia o a sus costas en el mar Egeo. Cuando, en el último tercio del siglo IV a. C., el macedonio Alejandro Magno emprende una de las epopeyas más increíbles de la humanidad, la conquista de todo el mundo conocido al oriente del Mediterráneo, la civilización griega se extiende por todos esos territorios, y con ella también lo hace su concepción del urbanismo.

Cuando Alejandro murió en el 323 a. C., sus generales pelearon duramente por conservar la herencia del gran rey. En esas continuas luchas que tuvieron lugar, los diádocos o ‘sucesores’ se empeñaron en hacer grande la herencia griega, no solo en lo político o militar, sino también en lo cultural. Pocos años después, esos generales acabaron por proclamarse reyes de sus respectivos territorios. Y dado que una de las tareas de todo reino es procurarse una capital digna de ser considerada como tal, los diádocos se preocuparon de construir ciudades que hicieran su gloria imperecedera.

Así aparecieron urbes como Alejandría en Egipto, que ya había iniciado el propio Alejandro; Seleucia o Antioquía, cuyos nombres proceden de algunos de los generales que habían acompañado al rey macedonio en sus campañas. En todos los casos, los urbanistas que llevaron a la práctica los proyectos de sus soberanos, es decir, de los diádocos, copiaron el diseño hipodámico que tantísimo éxito había tenido. La ortogonalidad presidió la planificación urbana de las ciudades que, con el tiempo, acabaron albergando en su interior a cientos de miles de personas.

Siempre se ha dicho, no sin razón, que Roma fue la heredera directa de la cultura y de la civilización griega, y esa afirmación cobra todo su sentido si la aplicamos al caso del fenómeno urbano. En el siglo II a. C., los romanos entraron en contacto con el mundo griego, y en pocas décadas se hicieron con el control del decadente mundo helénico. Pero los romanos, pueblo práctico como pocos en la historia, supieron reconocer la grandeza y el mayor desarrollo de la civilización que habían conquistado, y no solo la hicieron suya asumiendo cuanto pudieron de ella sino que, en la medida de lo posible, la superaron y de esa forma contribuyeron a un nuevo desarrollo del mundo helenístico. Como en tantos otros terrenos, los romanos copiaron también de los griegos los avances del urbanismo y, de ese modo, el pla no hipodámico se extiende por todo el territorio mediterráneo, en forma de colonias romanas y de nuevas fundaciones de ciudades.

Pero cuando Roma asimila la civilización griega, la capital del que luego sería el mayor imperio del mundo antiguo tenía ya detrás una historia de casi seis siglos y, a lo largo de ese extenso periodo de tiempo, el espacio edificado de la misma se había extendido ya considerablemente. Roma había crecido durante todos esos siglos de manera anárquica, y aunque los romanos aceptaron rápidamente la idea de la ortogonalidad aplicada a las nuevas fundaciones urbanas, se resignaron también a la realidad de conservar su gran capital como un conjunto desordenado de calles y de viviendas con escasas posibilidades de transformación.

Hubo algunos grandes hombres en la antigua Roma que intentaron modificar esta estructura del plano, pero todos sus esfuerzos chocaron con la realidad con la que se encontraron previamente. Finalmente, se desistió ante la imposibilidad de crear de nuevo una ciudad que poco a poco se iba acercando a la asombrosa cifra, para aquel tiempo, de un millón de habitantes.

Sin embargo, los romanos aceptaron plenamente el orden urbano de los griegos y decidieron aplicarlo en las ciudades que crearon de nueva planta. Por toda la zona mediterránea fueron apareciendo nuevos asentamientos que repetían, cada vez que el espacio disponible lo permitía, el ya clásico plano hipodámico.

Roma hizo también algunas aportaciones novedosas. Centuraciones, castrum, foro (que sustituyó al ágora griega), cardo, decumano, mundus, etc., son conceptos que aparecen por primera vez en el urbanismo de esta época. Timgad (en la actual Argelia), Tarraco (la actual Tarragona, en España), Volubilis (en Marruecos, hoy día), Cartago (muy cerca de la moderna Túnez), Leptis Magna (junto a la actual Trípoli, en Libia) y una gran cantidad de nuevas ciudades copian este diseño una y otra vez y, en muchos casos, su impronta ha llegado hasta nuestros días con la pervivencia del plano ortogonal, a pesar de los dos milenios que han transcurrido.

En este libro vamos a acercarnos, brevemente, a los dos grandes modelos existentes en época clásica, el ortogonal, que vendrá representado por Alejandría, Seleucia, Éfeso y Antioquía; y el desordenado o irregular, que tendrá como ejemplos a Pérgamo, Petra, Atenas (la más an tigua de todas las ciudades que veremos y, por tanto, muy anterior a las teorías hipodámicas) y Roma, centro del mundo antiguo.

Esta excepcionalidad del urbanismo romano nos lleva a plantear de diferente forma la evolución urbana de la gran ciudad imperial. Por una parte, Roma es probablemente la ciudad más monumental que existe en el mundo, al menos desde la perspectiva que nos interesa del mundo clásico. Por otra, es sin duda la ciudad sobre la que poseemos más información sobre su urbanismo en este periodo histórico. Es por ello que el planteamiento que hacemos en esta obra no puede ser el mismo para el caso romano que para cualquiera de las restantes ciudades. En estas últimas tendremos que centrarnos forzosamente en aspectos más generales, ya que las huellas del mundo clásico son bastante escasas en la actualidad, quizás con la excepción de Atenas, cuya época de esplendor aún es visible hoy día en algunos de los monumentos que hicieron de ella una gran ciudad de la época clásica. En Roma se conservan, en mejor o peor estado, buena parte de las grandes obras que se llevaron a cabo hace dos milenios, y ello nos permite plantear de forma muy distinta y con mayor profundidad los dos capítulos que le hemos dedicado al urbanismo de la ciudad eterna.

En los capítulos que siguen desarrollaremos, por tanto, los aspectos más importantes del urbanismo de todas estas ciudades, centrándonos tanto en su enorme crecimiento demográfico, como en su grandeza monumental, haciendo referencia a aquellas grandes construcciones que con el tiempo se han ido perdiendo o deteriorando, pero que fueron en su época la admiración y el asombro de quienes las contemplaron.

El Partenón y la diosa Palas Atenea, el Olimpeion o la biblioteca de Adriano, en Atenas; la gran avenida de las columnatas o el bosque de Dafne, en Antioquía; el gigantesco Taq i Kusra (también llamado Taq i Kisra) o palacio blanco del rey sasánida Cosroes, en Seleucia-Ctesifonte; el Artemission o la biblioteca de Celso, en Éfeso; la Gran Biblioteca, el Museion, el Soma o el Faro de la Alejandría tolemaica; los foros imperiales, las termas de Caracalla o Diocleciano, el mausoleo de A dri ano, el Circo Máximo o el anfiteatro Flavio, en Roma, son ejemplos de espectaculares monumentos que, o bien han desaparecido, o bien han llegado a nuestros días muy transformados o en condiciones que impiden reconocer en ellos su antigua grandeza.

En este volumen hemos querido dotar de una gran importancia a un fenómeno que habitualmente otras obras que tratan esta temática suelen omitir o describen de una forma superficial, el de la desaparición de estas grandes ciudades y el legado que conservaban en su interior. Por regla general, los autores suelen referirse al mismo de una manera genérica y abstracta, recurriendo a los tópicos al uso: la crisis demográfica, las invasiones de los pueblos bárbaros, la crisis política y económica, etc. Pero no se suele entrar en las causas más importantes que propiciaron su degradación. Es interesante analizar este hecho para comprobar cómo, en muchos casos, fue la propia naturaleza, y no solo el afán destructivo de los hombres, quien llevó a cabo esa tarea. Hay algo muy curioso en este sentido, y es que la mayor parte de las ciudades entraron en crisis en la misma época y, su destrucción, o al menos la pérdida de su legado monumental, tuvo lugar casi al mismo tiempo en todas ellas.

Atenas fue la primera en experimentar la sacudida. En el año 267 d. C., los godos la saquearon de tal forma que ya nunca más se recuperó. Pero fue la labor destructiva de los terremotos entre el 522 y el 551, la que junto con inundaciones del río Erídano, causarán definitivamente el fin de la Atenas clásica.

Por el contrario, en Alejandría fue un suceso poco conocido, pero de un gran dramatismo. En el 365, un gigantesco maremoto sumergió a buena parte de la ciudad bajo las aguas del Mediterráneo, en cuyo fondo permanecen hasta hoy muchos de los edificios más significativos del mayor centro cultural del mundo en la antigüedad. Las luchas entre facciones religiosas entre el 391 y el 415 (que aparecen reflejadas por el director cinematográfico español Alejandro Amenábar en su película sobre Hipatia de Alejandría titulada Ágora) fueron la causa final de buena parte de sus monumentos, cuando fanáticos cristianos procedieron a la destrucción de su legado pagano.

Seleucia-Ctesifonte también desapareció bajo la acción de las aguas, pero en este caso no fue el mar, sino el río Tigris cuyo caprichoso cauce invadió en el siglo V el espacio urbano de la ciudad y lo sepultó bajo varios metros de limo, arrastrando por otra parte cuanto encontró a su paso.

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Estado actual de la ciudad de Éfeso con el teatro en primer plano y la vía Arcadiana que conducía al puerto. Hoy día el mar se halla a cinco kilómetros de este lugar debido a los depósitos de sedimento del río Cayster.

Roma experimentó también terremotos e inundaciones, pero en este caso sí fue la labor destructiva de los hombres la que llevó a la desaparición de la mayor urbe de toda la antigüedad. En el escaso lapso de tiempo que media entre los años 410 y 549, Roma sufrió cinco horribles saqueos, de los que tardó en recuperarse casi mil años. El abandono posterior y su transformación en la principal ciudad del cristianismo hicieron que se perdiera buena parte del extraordinario legado de la época imperial.

Éfeso también sufrió la furia destructora de los godos en el 262, dos terribles temblores en los años 358 y 368 y un imparable proceso de sedimentación de los limos del río Cayster que enterraron la ciudad a más de cuatro metros de profundidad e hicieron retroceder la costa más de cinco kilómetros cegando el puerto.

Antioquía, por último, fue quizás la que peor suerte tuvo. Tres terribles terremotos la sacudieron hasta sus cimientos entre el 526 y el 588, en los que se dice que murieron miles de personas. Entre medio de ellos, la conquista persa en el 538 acabó por destruir la que fue conocida en su tiempo como la Reina de Oriente, y es quizás la ciudad cuyo legado peor se ha conservado de todas, aunque posiblemente todavía quede mucho por descubrir bajo la actual Antakya, en donde la urbanización continúa la labor destructiva iniciada por las fuerzas tectónicas hace un milenio y medio.

En las páginas que vienen a continuación, intentaremos ofrecer al lector una panorámica de los principales acontecimientos que vivieron estas ciudades. Nos dedicaremos en especial a su historia urbana y demográfica, haciendo especial énfasis en el legado monumental que las caracterizó, pero también intentaremos dar algunas pinceladas de la vida política, económica y social de las mismas, aunque siempre en relación con la evolución urbana.

1

Las grandes aportaciones
griegas al urbanismo.
Atenas y la polis clásica:
la ciudad monumental

En el centro de la región del Ática, en el territorio que conocemos como Grecia, se encuentra situada una meseta de unos trescientos metros de largo por ciento treinta y cinco de ancho, aproximadamente. Su altura máxima sobre el nivel del mar es de ciento cincuenta y seis metros, y el perímetro total de la superficie de esa planicie es de unos ochocientos metros. Ese promontorio elevado recibe, desde hace varios miles de años, el nombre de acrópolis, término que en lengua griega quiere decir ‘la ciudad alta’. Hubo acrópolis en muchas ciudades, pero la Acrópolis por excelencia es la ciudad alta de Atenas.

Si buscáramos el origen de nuestra cultura occidental, la respuesta más acertada nos llevaría probablemente a ese lugar, la Acrópolis y, por extensión, a toda la ciudad de Atenas.

Allí, y en el territorio que la rodea, se produjeron, hace unos dos mil quinientos años, cambios y transformaciones que dieron lugar a lo que hoy denominamos la civilización occidental, que no es sino una herencia directa de la cultura clásica grecolatina.

La Acrópolis es hoy un espacio medio en ruinas, rodeado por una gran ciudad en la que viven varios millones de personas. Pero, en su momento de máximo esplendor, la ciudad era muy distinta a la que conocemos hoy. Como si de una triste y trágica rutina se tratara, muchos pueblos llegaron después y, por regla general, se empeñaron con ahínco en la tarea de derribar, destruir y hacer desaparecer los vestigios que aquella brillante civilización griega había creado.

Pero, con todo, esos monumentos eran de tal importancia que ni siquiera siglos de abandono, de incuria y de barbarie consiguieron hacer desaparecer lo que todavía muchas personas veneran como el origen de su cultura y de su civilización.

Hace unos cinco mil años, la Acrópolis empezó a ser habitada. En aquellos momentos, la civilización de la península balcánica se encontraba en la etapa cultural que los historiadores llaman los inicios de la Edad del Bronce, por ser este metal el más representativo de las armas y objetos que se fabricaban en aquel periodo. Aproximadamente en aquella época, empezaron a construirse en la cima de la meseta y en sus laderas, viviendas, pozos, tumbas y también alfares. La meseta estaba estratégicamente situada, ya que desde ella se dominaba perfectamente la amplia llanura del Ática que la rodeaba.

Durante más de mil años, la vida cambió poco en este lugar. Pero hacia el año 1400 a. C. se estaba extendiendo por Grecia una civilización procedente del sur, de la península del Peloponeso, a la que, dado que era Micenas la ciudad desde la que se expandió, llamamos civilización micénica.

En su expansión hacia el norte, los micénicos llegaron al Ática, observaron el pequeño poblado que existía en aquella colina elevada y, conscientes de su importancia estratégica, decidieron ocuparla. Para los recién llegados era evidente que, en una sociedad guerrera como aquella, las elevaciones como la que tenían ante ellos, garantizaban la seguridad ante posibles invasores debido a la dificultad de acceso que ofrecían las zonas altas.

De esta manera, expulsaron probablemente a los antiguos habitantes que vivían en la Acrópolis, la fortificaron con una muralla con aparejo ciclópeo, esto es, de grandes bloques de piedra, y construyeron en su interior un edificio al que llamaron palacio, para que en él se asentara el gobernador o mandatario de las personas que allí se ubicaron.

LA POLIS ARCAICA

Durante un siglo y medio, las condiciones políticas en Grecia cambiaron poco, y el asentamiento existente en la Acrópolis se desarrolló sin especiales problemas. Pero, a mediados del siglo XIII a. C., la situación empezó a cambiar. La inseguridad ante los ataques de pueblos procedentes del norte aumentó, y en la mayor parte de Grecia los núcleos habitados tuvieron que organizarse de diferente forma para hacer frente al peligro creciente.

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Plano de la antigua Atenas, El Pireo y los Muros Largos, que conectaban a la ciudad con el puerto en época clásica.

De esta forma, hacia el 1250 a. C., empezó a reforzarse el muro de la Acrópolis ante el temor de que se produjera un ataque de estos invasores, a los que conocemos genéricamente como dorios. La muralla se hizo más poderosa y en el interior de la misma se erigió, cerca del palacio, un santuario dedicado a la diosa Atenea. Por esta época, se debieron de empezar a realizar enterramientos en el sector que luego sería conocido como el barrio del Cerámico.

A mediados del siglo XII a. C., la situación se complicó mucho más y los pueblos invasores se hicieron con el control de la Acrópolis. Expulsaron a los micénicos, cuya civilización estaba por entonces en crisis y pronto desaparecería. Poco después los jonios, otro de los pueblos invasores, rechazaron a su vez a los dorios y, a continuación, ocuparon también la Acrópolis.

Toda esta situación quedó reflejada siglos más tarde en una de las obras literarias más importantes que se escribieron en la antigua Grecia, la Ilíada, cuyo autor fue el gran poeta Homero. Según la descripción que se hace del Ática en esta obra, Atenas, que era el nombre que ya se le aplicaba a la población en honor a su diosa de la sabiduría, protectora y patrona de la ciudad, era todavía un lugar de poca importancia, al igual que las tierras que la rodeaban, pero no obstante es la primera mención que conservamos sobre la aparición de la ciudad.

En este momento, y durante varios siglos, Atenas debió de ser un pequeño poblado sin apenas importancia que controlaba las tierras de su alrededor. En él, como en tantas otras polis, se inició una dinastía de reyes que duró algo más de un siglo.

A partir de mediados del siglo XI a. C., el poblamiento se iba consolidando en la ciudad. La población ya no solo ocupaba la Acrópolis, sino que se iba extendiendo por la base de la misma, en el sector llamado entonces Asty y que hoy conocemos como el Ágora. En este momento, las calles atenienses eran pequeñas y angostas. No existía ningún tipo de planificación urbana, y las viviendas que había eran pequeñas cabañas hechas con adobe.

El poblamiento seguía siendo aún muy reducido, aunque iba creciendo lentamente. Durante los siglos X y IX a. C., fueron apareciendo un conjunto de poblados agrícolas compuestos por granjas, caseríos y pequeñas aldeas por toda la zona del Ática. La cercana Acrópolis siempre podía ser utilizada como zona de refugio en caso de que la llanura fuese atacada por algún enemigo, algo que sucedió muchas veces a lo largo de la historia. Pero, posteriormente, cuando Atenas creció y fue imposible resguardar su población en el Ática, hubo que buscar nuevas formas de defenderse ante los diferentes ataques y destrucciones que sufrió la ciudad a lo largo del tiempo.

Sin embargo, hacia el siglo VIII a. C. la situación cambió. En Grecia comenzaron a producirse una serie de transformaciones que repercutieron también positivamente sobre la llanura del Ática, donde la población comenzó un proceso de fuerte crecimiento que duraría varios siglos. El comercio se incrementó, la población aumentó, e incluso fue necesario buscar nuevas tierras. Esto se llevó a cabo con el objetivo de que las personas que no podían subsistir en el Ática, debido al excedente de población, partieran hacia otras zonas alejadas que, sin embargo, fueran ricas y tuvieran poca población nativa. Se inició de esta forma el proceso que conocemos como la colonización griega del Mediterráneo.

Esta situación se produjo también en Atenas debido a un fuerte crecimiento demográfico, a partir del año 775 a. C. aproximadamente. La mejora de las técnicas agrícolas permitió en un principio abastecer a esta población creciente. De esta manera, no solo mejoró en lo económico, también en lo político aparecieron cambios que condujeron paulatinamente a una unificación de todos los poblados que hasta entonces existían dispersos por el Ática.

Fue en este momento, en el periodo que denominamos arcaico, cuando empezó a construirse el Ágora en la zona que rodea a la Acrópolis. El ágora era el lugar de reunión pública que existía en todas las ciudades griegas importantes. En él tenía lugar el mercado público, pero también era el centro de la vida política y social, ya que en esta zona se fueron concentrando con el tiempo la mayoría de los edificios públicos y administrativos que hacían que la ciudad funcionase eficazmente. Será, por tanto, en este momento cuando aparezcan edificios como el Bouleuterion, o ‘sala del consejo de la ciudad’; los primeros pequeños santuarios dedicados a dos dioses: Zeus y Apolo; la stoa o ‘pórtico’ del Basileus o del Rey, donde se custodiaba también la antigua legislación de la ciudad; el Pritaneo, donde se reunían los senadores, aunque también era el edificio que se utilizaba como granero público, pues era allí donde se daban las comidas que el Estado ateniense ofrecía a sus ciudadanos más distinguidos; y, finalmente, también se construyó un primitivo tribunal.

Debido a todas estas construcciones, el Ágora ateniense se convirtió rápidamente en el centro de la vida de la ciudad. Con el tiempo, los romanos copiarán su utilización y lo trasladarán a todos sus dominios, aunque ellos le darán un nombre distinto: el foro.

El hecho de que en él se ubicase la plaza del mercado daba también al Ágora un importante carácter económico y no solo político. Talleres, tiendas, templos y otros servicios se fueron instalando en el mismo. Mientras que la Acrópolis se convertía con el tiempo en el centro militar y religioso de la ciudad, el Ágora lo fue de la vida cívica y ciudadana.

LOS CIMIENTOS DE LA GRANDEZA ATENIENSE

En el siglo VII a. C., Atenas ya empezaba a convertirse en la gran ciudad que sería pocas centurias después. La economía seguía creciendo y la población lo hacía también al amparo de esta. Pero no todo era positivo para la ciudad. Con el aumento demográfico, la población agrícola también crecía en gran cantidad y, pese a que la emigración no había dejado de incrementarse, llegó un momento en el que la tierra disponible para el campesinado del Ática no era suficiente para dar trabajo a todos ellos. De esta forma, muchos campesinos empezaron a contraer deudas, y cuando estas se hicieron imposibles de pagar, apareció el terrible proceso que conocemos como esclavitud. Los deudores perdieron su libertad, y fueron sometidos de tal forma que perdieron su rango de hombres libres, pasando a servir a sus antiguos acreedores en forma de esclavos.

La civilización ateniense, que consiguió grandes logros que hoy día siguen asombrando a la humanidad, no fue capaz, sin embargo, de crear un sistema más justo y menos inhumano para la redención de las deudas. La brutalidad y la irracionalidad que suponía convertir a miles de hombres y mujeres en esclavos de otros, perdiendo todos sus derechos y quedando reducidos a la mera categoría de objetos o de cosas, a efectos legales y jurídicos, es algo que hoy día nos sigue causando vergüenza. Algunos legisladores, como Dracón o Solón, intentaron promulgar leyes que evitaran esta situación, pero casi nunca lo consiguieron de forma eficaz. Es más, en el caso del primero de ellos, a pesar de ser considerado como uno de los grandes sabios de Grecia, las leyes que propuso eran tan duras y tan difíciles de cumplir que la expresión «leyes draconianas» la seguimos empleando cuando nos queremos referir a un castigo excesivamente duro y que pretende dar un severo escarmiento a quien ha infringido una determinada norma.

A mediados del siglo VI a. C. la situación comenzó a cambiar. El Ática se estaba especializando en la producción de vides y de olivos, y en la consiguiente exportación de vino y de aceite, mientras que, por el contrario, comenzó a importar trigo de las zonas costeras del mar Negro para alimentar a su hambrienta población. Esta nueva situación de la economía provocó una mayor especialización del campesinado y la llegada de trabajadores cualificados a la ciudad (artesanos, comerciantes, artistas, etc.), hecho auspiciado por el aumento del nivel de vida que experimentó la misma.

Por esta época subió al poder el primero de los tiranos atenienses, Pisístrato, cuyo gobierno se encaminó a la mejora cultural y económica de la ciudad. Es preciso aclarar que la palabra tirano no tenía en aquella época el mismo sentido peyorativo que le damos hoy, sino que era parecida a la que actualmente utilizamos como ‘rey’. En este contexto, Pisístrato inició una serie de obras que, con el tiempo, acabarían convirtiendo a Atenas en la ciudad más culta del mundo gracias a sus artistas, escritores y científicos, así como en uno de los lugares más monumentales de la antigüedad.

Como ejemplo de las grandes obras de Pisístrato, se erigió el Hecatompedón, un templo de treinta metros de largo que se consideraría, a partir de entonces, modelo de los templos clásicos griegos, el primero de grandes dimensiones sobre la Acrópolis, que sustituyó a los primitivos santuarios allí existentes hasta entonces.

Pisístrato también ordenó construir un palacioresidencia en esta misma colina; comenzó las obras del gigantesco Olimpeion, o templo de Zeus Olímpico, que tardaría muchos siglos en ser concluido; erigió la primera fuente pública para dotar de agua fresca al sector norte del Ágora, la cual se canalizaba mediante un acueducto que se construyó para que abasteciera de agua a la sedienta ciudad; mandó que se reestructurara la explanada que existía hasta entonces en la pendiente de la colina ateniense denominada Colonos Agoraios, y finalmente inició la construcción del templo arcaico de Atenea dedicado a Atenea Polias, o Atenea ‘de la ciudad’, ya que se la consideraba la diosa que protegía a Atenas.

Sus hijos, Hiparco e Hipias, continuaron la labor de su padre y mantuvieron tanto el periodo de crecimiento económico, como la tarea de embellecer Atenas y dotarla de nuevos monumentos acordes con la importancia que iba tomando la ciudad. A ellos se les debe también el florecimiento cultural de la misma, pues con su mecenazgo sobre las artes y las letras atrajeron también a numerosos poetas, dramaturgos, arquitectos, escultores, etc.

De esta forma erigieron una nueva fuente pública, esta en el lado sur del Ágora; el altar de los Doce Dioses, que sirvió a partir de aquel momento como punto de referencia desde donde se calculaban las distancias desde Atenas al resto de las ciudades, y ya a finales de su gobierno se inició también la construcción del templo de Afaia en Egina, en las proximidades de Atenas.

A finales del siglo VI a. C. subió al poder Clístenes. Su gobierno es muy importante para Atenas y casi podría mos decir que para el resto del mundo, pues fue Clístenes quien inició las reformas políticas que, poco tiempo después, darían lugar al surgimiento del primer sistema democrático que conocemos.

Quizás la democracia es, de todas las grandes aportaciones que legó la cultura griega (y en particular la ateniense) a la humanidad, la más importante de todas ellas. Su origen tuvo lugar en Atenas, y desde allí se irradió al resto del mundo, aunque en ese lento proceso hubo muchos altibajos y retrocesos, y todavía hoy hay pueblos que no han alcanzado el orden, la racionalidad y el sentido común que el pensamiento democrático y la libertad impulsaron entre los antiguos atenienses.

Clístenes no solo destacó por ser el primero en dar los pasos hacia lo que llamamos ‘el gobierno del pueblo’ (pues ese es el significado de las palabras griegas que dan origen a la palabra democracia), sino que además continuó la política de sus antecesores embelleciendo la ciudad y dotándola de monumentos cada vez más importantes y grandiosos.

Aunque su gobierno no duró mucho (510-507 a. C.), fue en su época cuando se llevó a cabo la primera gran reforma del Ágora, con la realización de una serie de obras, entre ellas el levantamiento del pórtico de Zeus Eleuteros, un nuevo Bouleuterion y el edificio circular denominado Tholos. También continuó las lentas obras del Olimpeion, pero por esta época, hacia el año 500 a.C. solo se había construido el estilóbato o ‘plano superior en el que se debía asentar el futuro templo’, así como algunas de las majestuosas columnas del mismo.

Fue en este momento cuando comenzaron las obras para la construcción del templo de Delfos, situado en un lugar relativamente próximo a la ciudad y que tendría una gran influencia sobre la misma. Esto era debido a que la sibila, o ‘mujer que adivinaba el futuro’, tenía allí su sede, lo que permitió que los atenienses la consultaran repetidamente a lo largo de su historia, y lo que es más importante, hicieron por regla general caso a sus recomendaciones, lo que a veces fue decisivo para la propia Atenas.

ATENAS CAMINA HACIA SU EDAD DE ORO

En el siglo V a. C. tuvo lugar el apogeo de la ciudad, y estamos tentados de decir que también el de la civilización griega y, por extensión, el apogeo del mundo clásico, aunque esta última afirmación sea quizás discutible.

En esos cien años, Atenas brilló como muy pocas ciudades lo han hecho a lo largo de la historia. Y, al menos desde un punto de vista de su contribución a la cultura universal, no parece que haya ninguna otra que lo haya hecho con tanta brillantez y con tanta importancia, como lo hizo esta metrópolis durante la época del más grandioso de sus ciudadanos: Pericles.

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El estado de la Acrópolis en el año 500 a. C. Obsérvese cómo estaba en construcción el primitivo recinto del Partenón, que fue posteriormente destruido por los persas.

El siglo comenzó con vientos de guerra. Las ciudades griegas del mar Egeo se habían rebelado contra el Imperio persa que las sojuzgaba, y Atenas tomó parte en esa lucha apoyándolas. Este hecho acabaría teniendo terribles consecuencias para su caserío y sus monumentos, pero sobre todo hizo que, al menos durante el primer cuarto de siglo, las obras y las actuaciones urbanas se paralizaran en gran medida debido a que el esfuerzo de la guerra canalizó las energías atenienses en otra dirección más urgente e importante.

Por este motivo, la política constructiva se dedicó a proporcionar a la ciudad sólidas defensas y las mejores fortificaciones posibles. En este sentido, los gobernantes de la época, encabezados por Temístocles, fueron conscientes de la necesidad de dotar a Atenas de un puerto seguro en el que se pudiera fondear la escuadra de la ciudad, puesto que esta armada era la base de su poder militar, ya que en tierra los atenienses tenían adversarios que los superaban claramente, como los persas o los espartanos.

Por eso, desde comienzos de siglo, los esfuerzos constructivos se centraron en la creación y fortificación de un buen puerto. El lugar elegido fue un promontorio rocoso en la costa cercana a Atenas, un lugar al que se le conocía como El Pireo. Allí se iniciaron las obras hacia el año 493 a. C. que se prolongarían durante varias décadas.

El Pireo fue construido por el que quizás fue el mayor urbanista de la antigüedad, Hipódamo de Mileto. En el diseño del puerto aplicó su gran invención, el plano regular o cuadriculado, que también se conoce por su propio nombre, el plano hipodámico. Hipódamo levantó una acrópolis en la colina de la Muniquia, de ochenta y seis metros de altura, entre los puertos de El Pireo y del Falero, y rodeó todo el conjunto del puerto con una muralla para protegerlo.

En ese intervalo de tiempo, los atenienses tuvieron que hacer frente al primer ataque persa en el año 490 a. C., y de él salieron victoriosos al repeler al ejército que se dirigía hacia la ciudad, enfrentándose a sus enemigos en la famosa batalla de Maratón, en la que resultaron claramente vencedores. Se cuenta de esta batalla que tuvo lugar en la ciudad del mismo nombre, situada a algo más de cuarenta kilómetros al norte de Atenas, que los atenienses estaban esperando ansiosamente noticias del enfrentamiento. Si sus hombres resultaban derrotados, la población civil indefensa tendría que salir huyendo, pero esto lo harían después de prender fuego a la ciudad, para que, de esta forma, los persas solo encontrasen ruinas en ella cuando la conquistasen. Para evitar esta destrucción, nada más acabar la batalla, se le encargó al mejor corredor que había en el ejército ateniense, un tal Filípides, o Fidípides según otras fuentes, que fuera corriendo a la ciudad para contar la noticia e impedir tanto la huida de sus compatriotas, como, sobre todo, la destrucción de la urbe. Filípides corrió tanto que, cuando llegó exhausto a la ciudad, solo pudo decir «¡Victoria!», y, según esa narración, falleció a continuación debido al supremo esfuerzo realizado. En su honor se celebra hoy día la carrera de maratón, la más larga del pro grama olímpico, que fue instituida en el mismo desde que se iniciaron los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna, en la propia Atenas, en el año 1896.

El triunfo ateniense fue seguido de un sentimiento generalizado de alegría en la ciudad, y esta se propuso agradecer convenientemente a sus dioses protectores por haber ayudado a defenderla y haberla protegido contra el enemigo persa. De esta forma, se procedió al derribo del primitivo templo períptero (rodeado de columnas) del Hecatompedón en la Acrópolis, y en su lugar se inició la construcción de un nuevo templo dedicado a la diosa Atenea Partenos (‘Atenea la Virgen’), protectora de la ciudad, del que se deriva el nombre de Partenón, o ‘templo de la Virgen’.

Pero la derrota persa solo había sido el comienzo de una larga lucha. El poderoso aunque distante Imperio persa no estaba derrotado por completo, sino que solamente había perdido un contingente de soldados relativamente pequeño. De esta forma, un nuevo rey persa, Jerjes I, decidió darle un severo escarmiento a la ciudad que se había atrevido a humillar al orgulloso imperio tras vencer a sus tropas. En circunstancias normales, Atenas habría sido rápidamente arrasada por los persas, al igual que le había sucedido anteriormente a otras ciudades griegas, pero esta vez la fortuna jugó a su favor. Los persas tuvieron que sofocar varias rebeliones que surgieron a la misma vez en su vasto imperio, a consecuencia de lo que algunos pueblos sometidos al yugo persa entendieron como una debilidad tras su derrota en Maratón. Por ello, Jerjes tuvo que pasar varios años luchando contra estas rebeliones, antes de volver su ira contra los atenienses.

Estos eran conscientes de lo que se les venía encima, y empezaron a prepararse para el siguiente ataque persa. Con el fin de implicar al mayor número posible de ciudadanos en la lucha, Temístocles decidió reformar el sistema democrático, dándole mayor poder a la asamblea del pueblo de Atenas. De esta forma, los atenienses se sentirían más motivados aún en la defensa de su ciudad.

En el año 483 a. C., tuvo lugar un hecho imprevisto pero enormemente afortunado para Atenas. A pocos kilómetros de la ciudad, en una zona denominada Laurion, se descubrieron unas importantes minas de plata. Temístocles propuso que con la riqueza que se obtuviera de ellas, Atenas debería construir una importante flota para defenderse contra el previsible ataque persa. No fue fácil convencer al pueblo ateniense de que «su» plata se tenía que invertir en fabricar barcos de madera, pero finalmente se impuso la sensatez y la previsión de su líder, y se emprendió un ambicioso proyecto para poner en el mar nada menos que a doscientos trirremes. Esta decisión sería a la larga la salvación de la ciudad y le permitiría a Temístocles hacerse un lugar en la historia para la eternidad.